25 jun 2016

TOSHISHUN


TU REGALO


                 La historia que te traigo hoy ha sido reclamada por numerosas fuentes, en Japón un campesino la cuenta porque la oyó de un monje errante, en China un soldado que compartió bebida y descanso con una cortesana, hasta en la lejana India la relataba un enjuto maestro a su asombrada audiencia. Todos tenían su parte de razón, y no sería de extrañar que cada uno de ellos terminara aportando su pequeño ladrillo en este muro interminable. Quisiera regalártela, que a partir de hoy fuese tuya pero que no te la quedaras mucho tiempo. Me gustaría que la compartieras con tus seres queridos, con algún conocido, con cualquiera. Siento no poder asegurarte ninguna bendición por ello, no vas a hacerte rico, ni vas a ser más feliz pero harás que este pequeño cuento deje de pertenecerte sólo a ti, lograrás que otro pueda disfrutarlo y a su vez transmitirlo. Permítete ser el autor y el público, el público y el autor. Y sobre todo piensa y mientras lo haces deja que las palabras entren en ti y obren el milagro que pretenden.



DE RICOS Y POBRES


                 El protagonista de este relato decía llamarse Toshishún, aunque posiblemente no fuese ese su verdadero nombre. Era hijo de un hombre muy rico y en su alocada juventud despilfarró toda su fortuna, gastó tanto e hizo tan poco que no disponía ni lo más mínimo para subsistir y su aspecto era lamentable. Esa noche, como en las anteriores, se limitó a sentarse a un lado del camino principal que da acceso a la ciudad, contemplando a los viajeros. Pasó mucho tiempo observándolos y echando de menos todo lo que tuvo y perdió. Tras el paso de una bella dama que guiada por unos sirvientes montaba en un hermoso corcel blanco suspiró. Levantó su mirada hacia el sol poniente, y se lamentó:

            -“Estoy hambriento, no me ayuda nadie, todos me cierran sus puertas y no tengo donde ir ¿No sería mejor arrojarme al río y así acabar de una vez con esta vida de humillaciones?”


            Al poco apareció un viejo que portaba un largo bastón y un sombrero que le cubría parcialmente el rostro, que a su vez mostraba una poblada y descuidada barba blanca y un parche que le tapaba uno de los ojos.



            -“¿Qué estás haciendo aquí joven? ¿Y por todos los demonios en qué estás pensando con esa cara de muerto andante?”- espetó el anciano.

            Toshishun bajó avergonzado la mirada.

            -“No tengo donde ir, pensaba en lo que podría hacer, pero me siento demasiado triste como para pensar”- contestó.

            -“Oh, una verdadera lástima”- dijo el viejo- “permíteme ayudarte, ponte ahora mismo frente al sol poniente, cuando tu sombra se proyecte en el suelo recuerda bien el punto exacto donde estaba tu cabeza. Cuando llegue la medianoche cava un agujero en ese lugar y encontrarás suficiente oro como para llenar un carro entero.”- vaticinó el hombre.

            Se giró para agradecerle sus palabras pero éste ya había desaparecido, Toshishun se sentó y esperó hasta la medianoche, las palabras del anciano le habían reconfortado y llenado de nuevas esperanzas.


LOS BUITRES VISTEN DE SEDA


                 Con el recién adquirido tesoro Toshishun compró un gran palacio, ordenó que en su casa jamás faltase el vino, ni la carne, ni cocineros que preparasen tan suculentos manjares. Levantó un exuberante jardín con flores traídas de lejanas tierras y en el que soltaron diez pavos reales. Coleccionó piedras preciosas de todos los tamaños y colores. Sus muebles eran de maderas perfumadas y marfil de la India.

            No tardaron en llamar a su puerta sus antiguos “amigos”, los mismos que no hace mucho se negaron a recibirle. Todos se adornaban de sus mejores y más falsas sonrisas, se inclinaban cuan cañas durante un tifón y le adulaban usando adjetivos que, por demasiado elaborados y exagerados resultaban ridículos al oído.

            Toshishun les recibió a todos y organizó fiestas, todas las personas importantes de la ciudad acudieron a alguna de ellas. Se sirvieron exóticos platos y se tocaron canciones nunca oídas con instrumentos desconocidos. Veinte mujeres de singular belleza bailaron para todos y un prestidigitador persa tragaba largas espadas ante el asombro de todos.

            Dos años duró la fiesta, pronto el joven se quedó sin nada. Toshishun acudió a pedir ayuda a aquellos que le habían estado visitando a diario. Todos le ignoraron, pretendían no conocerle cuando se cruzaba con ellos en el mercado y le negaron hasta el agua para beber.

            De nuevo se vio sentado a un lado del camino principal, y una vez más volvió a ver al anciano, que le hizo la misma pregunta:

            -“¿En qué piensas?”

            Dos veces repitió la pregunta, pues la vergüenza que sentía Toshishun le atenazaba la garganta.

            -“No tengo donde dormir, no tengo nada”

            El anciano suspiró.

            -“Está bien, sitúate frente al sol y observa tu sombra, al llegar la media noche cava a la altura de tu pecho, encontrarás oro suficiente para llenar un carro”.

            Toshishun esperó, sintiendo profundos remordimientos, como un niño que sabe que ha hecho algo malo. A la hora indicada cavó, volvió a encontrar oro y de nuevo se convirtió en el hombre más rico del lugar.

            Todo volvió a ser como antes, las fiestas, los lujos, las mujeres, la piara de aduladores Esta vez la fiesta duró tres años, ni un día más.


SANTOS Y DEMONIOS


                 -“¿En qué piensas?”-  preguntó de nuevo el anciano.

Toshishun, por tercera vez en el camino le respondió sin vacilar, de una forma u otra aguardaba su aparición.

            -“Lo he perdido todo, no tengo nada”.

            -“Ya sabes lo que tienes que hacer, cava en esta ocasión a la altura del vientre y encontrarás oro suficiente para llenar un carro.”-  dijo monótonamente el viejo.

            -“Ya no quiero dinero, señor”- contestó Toshishun.

            El anciano arqueó una ceja y le preguntó:

            -“¿Ya te has cansado de vivir como un príncipe, de los lujos, las comodidades y los placeres?”

            -“No, no es eso”- se sinceró el joven- “es que ahora siendo un profundo desprecio hacia los seres humanos. Cuando tengo dinero o algo de lo que ellos se puedan aprovechar se vuelven sumisos, lisonjeros y rastreros, pero cuando no tengo nada, cuando necesito su ayuda ni siquiera una sonrisa me muestran, sus corazones se cierran como las puertas de un castillo, así que ya no quiero ser rico”- explicó.

            -“Ahá, así que a partir de ahora vas a vivir felizmente sin dinero”- se burló el viejo.

            -“No señor, quisiera que me enseñara su magia. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que no es una persona corriente, usted debe ser un hechicero muy poderoso y sabio, además conoce la compasión, así que también es un hombre bueno”

            -“hmmm tenéis razón, soy un ermitaño y vivo en esa montaña de allí, mi nombre es Tetsukanshi y si ese es tu deseo te tomaré como discípulo”- accedió el anciano.

            Toshishun tocó varias veces el suelo con su frente y agradeció efusivamente el gesto.

            -“No me des las gracias todavía, el hecho de que te acoja como aprendiz no quiere decir que vayas a tener éxito y adquirir mis poderes, eso dependerá únicamente de tu esfuerzo, si no lo logras no será asunto mío. De momento sujeta mi bastón y agárrate fuerte a mí”

            Al hacerlo el bastón pareció alargarse y de un fuerte impulso cruzaron el cielo. Toshishun aterrorizado vio cómo el camino, la gente, toda la ciudad desaparecía entre un mar de nubes, solo se divisaba el pico de la montaña como una diminuta isla, y entre tanto el viejo hechicero cantaba a voz en grito mientras su larga cabellera blanca y sus barbas bailaban con el viento.


NI UNA PALABRA


                 Llegaron a la sima, no se oía ni un ruido, todo el lugar resultaba tan irreal como un sueño. Tras descansar un poco el anciano se dirigió a su nuevo discípulo.

            -“Ahora tengo que partir, debo atender asuntos de gran importancia, no obstante quisiera que comenzaras tu entrenamiento de inmediato así que te encargaré una sencilla tarea, deseo que te sientes de espaldas al precipicio y permanezcas inmóvil y en silencio, sobre todo en silencio, no abras la boca, no digas ni una palabra ocurra lo que ocurra, si lo haces habrás fallado y no me quedará más remedio que expulsarte de aquí. ¿Me comprendes?”- aseveró Tetsukanshi.



            Toshishun asintió con la cabeza, el viejo sonrió y se despidió con un gesto de su mano, luego agarró fuertemente su bastón y saltó al vacio.

            Pasaron las horas, llegó la noche y con ella un viento helador, una voz surgió de la oscuridad:

            -“¿Quién anda ahí?”

            Toshishun no contestó.

            -“Si no hablas tendré que matarte”- Amenazó la voz.

            De la oscuridad surgió un enorme tigre blanco, con los ojos rojos como el fuego, al mismo tiempo oyó sisear a una gigantesca serpiente, ambas fieras se prepararon para abalanzarse sobre la misma presa, él.

            El joven discípulo cerró los ojos a la vez que el tigre saltó, la serpiente también avanzó con sus fauces abiertas, ambas bestias chocaron y se enzarzaron en una terrible lucha hasta que las dos se precipitaron hacia el vacío. Toshishun abrió temeroso los ojos, seguía solo y en silencio.



            La paz duró poco tiempo, de repente el cielo se tornó oscuro, nubes negras cubrieron la luna y las estrellas y tremendos truenos retumbaron por todas partes, una lluvia densa comenzó a caer sobre él y súbitamente un rayo destrozó parte de la montaña muy cerca de donde se encontraba, salpicando agua y piedras a partes iguales sobre el aterrorizado Toshishun. Los relámpagos parecían que iban a destruir la montaña y al joven con ella. De nuevo se hizo un ovillo y aguantó estoicamente. Tan rápido como apareció la tormenta se detuvo y la calma volvió a la cima.

            Transcurrió otra hora, en esta ocasión se presentó ante el discípulo un imponente guerrero vistiendo una intimidante armadura toda hecha de oro y blandiendo una lanza de tres picos.



            -“Esta montaña me pertenece desde el principio de los tiempos, ¿Cómo ha podido llegar un insignificante humano a este lugar? Has de tener algún don extraordinario que yo desconozco.”- le dijo el guerrero.

            Al no obtener respuesta se enfureció

            -“¿No me contestas?  ¿Quién eres tú? Habla ahora o mi ejército te destrozará”.

            Alzó su lanza y un fuerte destello cegó por un momento al acongojado Toshishun. Al recuperar la visión vio cómo una escolta fantasmal flanqueaba al guerrero.

            -“De acuerdo, si eso es lo que deseas

         Con un fugaz movimiento la lanza atravesó el pecho de Toshishun, éste aterrorizado se llevó una mano a la herida de la que ahora manaba abundante sangre, quiso ahogar el grito en su garganta, cosa que no le resultó difícil, su boca escupió gran cantidad del líquido vital. El dolor era real, demasiado, Toshishun no pudo más que mirar con estupor al guerrero mientras la vida se le iba escapando por momentos.


TORMENTO


                 Toshishun sintió cómo abandonaba su cuerpo destrozado, se elevó flotando como una pluma impulsada por un gélido viento, una densa oscuridad le rodeaba por todas partes. Parecía dirigirse hacia un gran palacio. Nada más acercarse un numeroso grupo de demonios voló hacia él y le agarró por brazos y piernas. Le arrojaron a los pies de una titánica figura, un ser enfundado en un brillante kimono de seda negra, cara oscura y larga cabellera blanca, una maciza corona dorada adornaba su cabeza. Toshishun reconoció de inmediato a Emma-Ho, Rey de los infiernos. El joven permaneció arrodillado sin saber qué le iba a pasar.



            -“Qué estabas haciendo sentado en ese monte?” – La voz de Emma-Ho era como un trueno, reverberaba por las paredes, hacía vibrar el alma misma.

            Toshishun iba a contestar, pero recordó las palabras del hechicero “No hables pase lo que pase”, y así hizo, respiró profundamente y guardó silencio.

            Sorprendido, el rey de los infiernos rugió:

            -“¿Pero dónde te crees que estás? ¿Eres consciente de quién te está hablando? Si no respondes sufrirás los castigos del infierno”

            Con ferocidad Emma-Ho hizo una señal a sus demonios, éstos condujeron al desgraciado Toshishun al monte de las puntas de espada, donde le desgarraron el pecho e infligieron mil heridas, le ahogaron en el estanque de sangre, sumergieron en el mar de hielo y pasado por el valle de las llamas, le golpearon con martillos de acero, le metieron en una olla de aceite hirviendo, una serpiente venenosa le sorbió los sesos y un buitre le arrancó los ojos y a pesar de todos esos padecimientos no consiguieron sonsacarle ni una palabra lo que dejó atónitos a los demonios.

            Volvieron a llevarle ante el rey, los demonios se disculparon:

            -“Señor este criminal no tiene intención de hablar”.

            -“Está bien”-  contestó el rey- “traed inmediatamente a su madre. 

Escúchame bien, si no confiesas porqué estabas en el monte sagrado la castigaré”

            Toshishun guardó silencio.

            -“Eres un indeseable, un maldito egoísta, permitirás que tu madre sufra con tal de no hablar. ¡Qué miserable!”.

            Los demonios volvieron conduciendo a empujones a unafigura desnuda y escuálida con las manos atadas con fuertes nudos y un saco en la cabeza. Al retirárselo Toshishun reconoció la cara de sus madre muerta no hace mucho.

            -“Y ahora azotadla, golpeadla, mordedla, destrozad su carne, romped sus huesos!!”- Bramó Emma

            El castigo comenzó, tres veces preguntó el rey si quería hablar, tres veces se negó. Toshishun rompió a llorar y el Rey Emma alzó la mano para que los demonios pararan.

            El joven se arrojó a los brazos de su agonizante madre.
            Con un hilo de voz le dijo:

            -“Hijo mío, no te preocupes por mí, no hables si no quieres, mi único deseo es que seas feliz, se fuerte, no desfallezcas, estoy tanorgull”.

            La mujer expiró, pero su rostro, lejos de dolor o sufrimiento mostraba una gran paz. No mostraba rencor a pesar de ser él el causante de su martirio, le dio la vida y al volver a morir pareciera querer volver a dársela. Toshushin entendió el amor incondicional de una madre, la entrega absoluta. Cuan diferente de aquellos que le rodeaban cuando nadó en la abundancia. Deseó no haber encontrado el oro, ni haberlo despilfarrado, ni haber encontrado al viejo hechicero, deseó no haber hecho sufrir a su madre, ni en la vida ni en la muerte, sintió ira, descontrolada y de su garganta escapó un grito desgarrador: “MADREEEEE!!!!”




REDENCIÓN


                 Toshishun volvió a encontrarse en el camino que conducía a la ciudad, a su lado se encontraba el anciano apoyado en un árbol mientras le observaba con su ojo sano.

            -“Has fracasado”- dijo despreocupadamente.

            El joven, aún con lágrimas en los ojos sujetó las manos del anciano.

            -“Señor, no me importa, me resultó imposible aguantar el sufrimiento de mi madre, no podía quedarme allí mirando sin hacer nada, pero me alegro profundamente de no haberlo conseguido”.

            El viejo Tetsukanshi le miró fijamente y dijo:

            -“Si te hubieras quedado callado”- hizo una solemne pausa-“si te hubieras quedado callado habrías muerto, ése al que viste era Enma-Ho, el rey de los infierno y nada de lo que has vivido ha sido una ilusión. Yo sabía, nosotros sabíamos desde el principio que fracasarías, pero fuiste tú quien insistió”

            Toshishun tragó saliva intentando asimilar todo lo experimentado.
            -“Sólo me queda una duda-  dijo el anciano- “Está claro que nunca serás un hechicero y tampoco deseas la riqueza. ¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿A qué te dedicaras a partir de ahora?”

            -“¡A cualquier cosa! Pero sea lo que sea, viviré honestamente, seré una persona con principios, no deseo nada más”- contestó Toshishun.

            -“Recuerda bien lo que me acabas de decir joven aprendiz, pues a partir de ahora no volverás a verme nunca más”-sentenció

            Apenas emprendió el camino cuando detuvo sus pasos y se volvió de nuevo.

            -“Ah!, una cosa más, si cruzas toda la ciudad por el camino principal, la abandonas por la puerta este y caminas durante veinte minutos verás una casa rodeada de huertos, es la única que tiene melocotoneros y deben estar a punto de madurar, hasta ahora solía vivir allí, necesita trabajo pero la tierra da buenos frutos, si quieres quédatela


            El viejo hechicero Tetsukanshi se alejó caminando bajo la luz de la luna mientras tarareaba una alegre canción.



19 jun 2016

SAMEBITO


DE HOMBRES, PECES Y OTRAS COSAS RARAS


                            Érase una vez, no, así no. Esto es uno que va así tampoco, Vamos a ver como empiezo, Hace mucho tiempo ¡diantres, tampoco así! En el capítulo anterior que desastre, válgame Dios. No hace mucho que vivíasi, eso me gusta más.

            No hace mucho que vivía un acaudalado joven llamado Tawaraya Totaro, un diletante soñador que a sus 29 años aún seguía soltero y no porque le faltasen candidatas ni fuera feo, simplemente nuestro protagonista era muy exigente y no había encontrado a la mujer que habría de ser su esposa. Pasaba los días paseando por la orilla del lago Biwa, cuyas vistas se le antojaban a Totaro como una suerte de pintura en movimiento, y es que para él no había lugar en el mundo más hermoso que la provincia de Omi y el gran lago que la bañaba.



            Y fue una mañana de verano cuando Totaro se encontró con lo imposible al cruzar el puente de Seta. Ante él se hallaba una extraña criatura. Parecía un hombre, con la piel muy negra y brillante, los ojos de un verde profundo y una barba roja como las que había visto en los dibujos de dragones cuando iba a rezar al templo.

            El ser permanecía agachado y con ambas manos se sujetaba la cabeza y en su rostro se adivinaba un gesto de gran preocupación. Totaro, lejos de asustarse se acercó a la criatura y le dio los buenos días. Ésta le miró unos instantes y volvió a hundirse en un profundo ensimismamiento.

            -“Perdone señor, o lo que quiera que sea usted”- dijo Totaro- “parece preocupado, ¿Se encuentra bien? ¿Tiene algún problema?”

            -“Samebito”- Respondió de súbito la criatura.

            -¿Cómo dice?- preguntó sorprendido Totaro.

            -“Soy un samebito, o al menos es así como ustedes me llaman, un hombre-tiburón y le agradezco su interés pues si que tengo un problema, uno muy grave”

            Totaro se sentó a su lado mirándolo con renovado interés.

            -“Soy un servidor de rango medio en la corte de los Ocho Grandes Reyes Dragón”- inclinó la cabeza a modo de respeto mientras miraba hacia el agua- “pero cometí un error imperdonable del que no deseo hablar, he sido expulsado y no se me permite volver, soy muy desgraciado, me he quedado sin trabajo, sin casa, tengo hambre y echo de menos a mis amigos”

            Totaro se sintió conmovido por lo que acababa de oír y de inmediato se dispuso a consolar a aquel ser.

            -“Oh señor Samebito permítame echarle una mano, vivo cerca y en el jardín de mi casa tengo un hermoso estanque de koi, si usted quisiera aceptar mi hospitalidad podría quedarse allí el tiempo que fuese necesario, además podemos comer pescado, aunque ahora que lo pienso, siendo usted, ya sabe, ¿¿le gusta a usted el pescado??”

            El samebito le miró con expresión seria, y tras un extraño gorgoteo dijo: “Me encanta el pescado


……


            Y así transcurrió medio año, el joven y la criatura pasaban las tardes enfrascados en las más pintorescas discusiones, el samebito chapoteaba feliz en el estanque mientras Totaro le obsequiaba con los más suculentos manjares marinos.



           Acudió a la vecina ciudad de Otsu un nutrido grupo de mujeres en peregrinación al templo y Totaro no dudó en vestir sus mejores galas y acudir a tal evento, en el fondo seguía siendo un sentimental, si rezaba con devoción y se lo proponía de veras es posible que la diosa Benten le bendijera con la mujer de sus sueños.

            Y así fue que de entre todas las muchachas se fijó en una de ellas, con la piel blanca como la nieve, con los labios del rojo de las hojas en otoño y con una gracia y hermosura propias de un cerezo cuando libera sus pétalos al viento.

            Se llamaba Tamana, era hija única de un señor muy importante, le pareció un ángel. Tuvo que recurrir al maquillaje para disimular sus ojeras, pues no pudo conciliar el sueño esa noche ni tampoco la siguiente. Creyéndose un samurai de leyenda acudió con todo el valor que pudo reunir a la casa donde se hospedaban los padres de la muchacha. Delante de ellos declaró su amor por Tamana y aseguró estar dispuesto a otorgarle una vida de dicha y felicidad si accedían a que su hija se casara con él.

            Diez mil gemas.

            Totaro volvió a casa desconsolado, los padres de la joven eran nobles y aunque él mismo era muy apuesto y vivía con cierta holgura no estaba a la altura de Tamana. Le exigieron una suma desorbitada por la mano de la muchacha, diez mil piedras preciosas, una cantidad imposible de reunir, una excusa descarada para deshacerse de invitados indeseables. Por primera vez en su vida había sido rechazado.

            El samebito celebró el regreso de su amigo pero este apenas le hizo caso, se volvió más huraño, apenas comía y no tardó mucho en caer enfermo.

            Ningún médico u hombre santo encontraba explicación ni cura para su mal, Totaro no deseaba vivir, la enfermedad del corazón roto que implacablemente acaba con la vida de quien la sufre.

            Un débil Totaro llamó al samebito, el cual no acostumbraba a entrar en la casa. Esos días estuvo cuidándole y preparando sopas y cataplasmas aunque parecían no hacerle ningún efecto.

            -“Amigo mío, mi vida se apaga”- susurró Totaro- “Y sin embargo mi principal preocupación eres tú, desde el principio te he cuidado, alimentado y acogido, temo que tras mi muerte no quede nadie que se encargue de ti, lo siento tanto

            El samebito apenas pudo contener su pena y lloró desconsoladamente. Lo que parecían gotas de sangre comenzaron a deslizarse por sus oscuras mejillas, pero en cuanto dejaban de tocar su piel sus lágrimas se tornaban duras y golpeaban ruidosamente el suelo, eran rubíes perfectos.

            Totaro abrió de par en par sus ojos, estaba atónito y preguntó qué clase de milagro era ese.

            -“¿Milagro? No es ningún milagro, vosotros los humanos también lloráis piedras, pero más pequeñas, vuestras lágrimas son sal. Milagro es el color rosado que acaba de adoptar vuestra cara.

            Totaro se incorporó de un salto y volvió con un cuenco vacío, lo llenó de los rubíes que rodaban por el suelo y luego acercó el recipiente al samebito.

            -“Llorad amigo mío, vamos, llorad más”

            -“! Pero bueno!, ¿no estabais enfermo? Apartad eso de mi cara ahora mismo por favor”- replicó molesto el samebito.

            Totaro comenzó a bailar por la habitación, sabía que tenía una mina en su casa, pronto sería inmensamente rico y podría casarse con Tamana. Con gran júbilo animaba a su amigo a que llorase. La criatura, indignada apartaba el cuenco cada vez que el joven trataba de acercárselo a la cara.

            -“Señor, celebro vuestra súbita recuperación física pero os ruego que dejéis de bailar por toda la casa, empezáis a preocuparme, tomad estas ropas, no sé os habéis dado cuenta pero estáis completamente desnudo
                                   

……


            Sentados en el borde del estanque prosiguieron con su ahora redundante discusión.

            -“Venga, llorad un poquito”

            -“¿Pero vos creéis que yo puedo llorar cuando a mi me apetezca? ”

            -“Vamos, pensad en algo triste, ¡vuestra casa!”

            -“Me gusta esta”

            -“! Vuestra familia!”

            -“Tengo ciento cincuenta hermanos, no recuerdo los nombres de la mitad”

            -“Perdona, repite eso de los ciento cincuenta hermanos”

            -“Soy una criatura marina, nacemos de huevos, miles de ellos”

            -“Pues algo habrá que hacer”

            Totaro no paraba de rascarse la cabeza mientras el samebito maltrataba a un koi

            -“! Ya lo tengo!”- exclamó Totaro- “Mañana iremos al lago, beberemos sake, mucho, compraré el mejor, allí hablaremos de cosas tristes, te aseguro que te haré llorar”

            El samebito hizo una mueca rara y no le contestó

            -“Se que es indignante, y créeme que lo entiendo, sácalo todo de dentro, desahógate si quieres”- le dijo mientras le acercaba el cuenco.

            La criatura se sumergió en el estanque y Totaro se dio por vencido ese día, mientras regresaba le gritó:

            -“¿Ciento cincuenta? ¿En serio? ¿Alguna hermana guapa?”

            -“Idiota”- pensó el samebito.


……


            -“Esta situación es de lo más rocambolesca”- Se quejó la criatura, mientras apuraba otra escudilla de sake.

            -“Me encanta la manera que tenéis los hombres-tiburón de expresaros, ¿Qué significa rocambolesca?”

            -“La verdad es que no lo sé, yo solo digo lo que el escritor de este artículo  quiere”- Reflexionó mientras giraba su cabeza hacia la pantalla.

            -“¿Qué estás mirando?- dijo Totaro.

            -“Oh, nada no te preocupes, vosotros los humanos no entenderías ciertas cosas”.

            -“Nunca me quisiste contar lo que te pasó allí abajo, he respetado tu intimidad en todo momento, pero confieso que siempre me lo he preguntado, es posible que como tú dices no entienda ciertas cosas pero créeme,sea lo que sea te comprenderé y aceptaré, no importa lo que hayas hecho o quien fueras, no importa el color que tenga tu piel o si tus ojos son verdes, rojos o amarillos, ni siquiera que llores diamantes, zafiros o rubíes, en ti he encontrado un amigo de verdad y eso no lo cambiaría por nada del mundo.”

            El samebito miró sonriendo a Totaro, sus ojos volvían a estar húmedos, una catarata de gemas llenaba la orilla.

            -“Te contaré mi historia



            Al terminar se oyó un estruendo en el agua, una columna de espuma se elevó ante ellos y sobre su cresta voló un impresionante dragón y aunque ni de lejos era el más grande no dejaba de ser impresionante a la vista de los mortales.

            Una voz atronadora, más mental que física retumbó en sus cabezas:

            -“Soy un enviado del Reino de los Ocho Dragones, mi señor ha escuchado tu historia y ha decidido perdonarte, sujétate a mi lomo y te llevaré de vuelta a casa, tus faltas han sido perdonadas”.

            El samebito miró emocionado a su amigo, éste sonrió y asintió con la cabeza.

            -“Gracias por todo lo que has hecho por mí, espero que tu vida sea larga y feliz”-  Dijo a modo de despedida, luego el hombre tiburón se sumergió en el lago para siempre.

            Totaro se quedó solo, aún asombrado por lo que había sucedido, a sus pies la columna de espuma del Dragón se había transformado en una montaña de diamantes, el joven unió sus lágrimas al conjunto, tan solo era sal, eso fue lo que su amigo le dijo, solo sal.

            Un mes más tarde el joven Totaro contraía matrimonio con la bella Tamana,  sus padres, entre el asombro y la felicidad recibieron las diez mil gemas, y aún sobraron muchas más. El joven, ya a solas y de camino a casa sujetó a su amada por la cintura y le susurró al oído:


            -“¿Oye guapísima, te gusta el pescado?