11 dic 2018

ERASE UNA VEZ UNA CAJERA


             
          Se llamaba Reiko, y tras permanecer dos años en la casa de sus padres en la rural Tsumago  decidió por fin a sus veinte años de edad retomar sus estudios, y aunque aún no tenía muy claro la carrera que quería emprender se dejó llevar y como una pluma a la que arrastra el viento se matriculó en una universidad de segunda categoría de Tokio, de esas que son accesibles a pobres provincianas ignorantes como ella (al menos así era como ella lo veía). 

            Una vez allí trató de adaptarse de la mejor manera que pudo. Se inscribía a todo tipo de actividades extra-curriculares pero solía dejarlas tras unas semanas.  Saltaba de club en club buscando algo que le atrajese pero todo esfuerzo fue en vano.

            Tras agotar sus pocos ahorros, para poder seguir pagando el alquiler y las matrículas buscó trabajo. Lo encontró rápidamente, un puesto de operaria en una fábrica. A los tres meses se sentía tan hastiada de sus monótonas labores que apenas podía mirar a los ojos a su supervisor. Trabajaba con desgana, su cuerpo se movía mecánicamente pero su mente estaba ausente. 

            -Si continúo aquí más tiempo- pensó- enfermaré o me volveré loca.

            Tras un par de días abandonó la fábrica.

            Su siguiente empleo fue de repartidora pero aquello no resultó ser como ella esperaba. Seis meses después lo dejó.

            Lo intentó como encuestadora para una empresa farmacéutica pero sentía que aquello poco tenía que ver con ella.

            - Esto no es para mí.



            La misma pauta de comportamiento se repetía una y otra vez incrementándose la lista de empresas en las que decía no encajar y reduciendo poco a poco los posibles empleadores que estuvieran dispuestos a contratar a una trabajadora tan poco voluntariosa. Reiko era consciente, sin embargo,  de la necesidad de trabajar para poder mantener el costoso nivel de vida de la capital.

            Sus padres, preocupados por el errático comportamiento de su hija sugirieron que volviera a casa, que ellos cuidarían de ella y que no había otro lugar mejor en el que estar que en su hogar rodeada de las personas que la amaban. Pero Reiko no podía tolerar el regresar con el rabo entre las piernas, eso supondría un notorio fracaso y humillación.

            Acudió a una empresa de empleo temporal pero ni aún con esas soportaba las tareas que se le asignaban y al menor problema o incomodidad se daba por vencida. 

            Un día le ofrecieron un puesto en la línea de caja de un pequeño supermercado de barrio. 

            - Ni hablar- respondió -yo no he malgastado mi tiempo estudiando para acabar siendo una vulgar cajera.

            -No es una opción Reiko-san, es una última oportunidad, en caso de rechazar este puesto nos veremos obligados a darla de baja indefinidamente, no disponemos de ningún puesto que se adecue a su perfil, esto es todo lo que tenemos, tómelo o déjelo.

            Olvidé comentaros que nos encontrábamos a principios de los ochenta, y en aquella época las cajas registradoras eran poco más que enormes calculadoras en las que había que marcar el importe de los productos manualmente, nada de códigos de barras  ni pagos con el móvil. Llevaba algo de tiempo acostumbrarse a su manejo y memorizar los precios de todos los productos, era (y aún hoy lo sigue siendo a su manera) un trabajo duro. 

            Reiko  se tomó su nueva tarea como un castigo. Era en verdad una chica bastante inteligente y no le supuso mucho esfuerzo el dominar la máquina y no podía evitar ese sentimiento que la oprimía en el pecho, frustración, rabia. 

            - Yo, una cajera, una simple, estúpida cajera. ¿Qué será lo siguiente?¿Limpiar retretes?

            Por otra parte, nació en ella otro sentimiento, uno de culpa, de disgusto hacia sí misma por haber cambiado tantas veces de trabajo, por haber fracasado una y otra vez. Cuando aquello ocurría se prometía aguantar un día más, solo uno más.

            Pero le resultaba demasiado duro, quería rendirse, regresar a casa, sentarse en un rincón y llorar hasta que no le quedaran lágrimas.

            Una de esas noches, tras volver agotada a casa recibió una llamada telefónica.

            -Ya es suficiente hija mía, no necesitas torturarte más, ya es hora de que regreses a casa.

            La calidez de las palabras de su madre la hicieron tomar una decisión y nada más colgar se dispuso a preparar la maleta, metería en ella lo imprescindible y tiraría el resto a la basura, a la mañana siguiente iría al supermercado y anunciaría su marcha.

            Lo cierto es que había acumulado gran cantidad de cosas durante su estancia en Tokio. Vaciando uno de los cajones encontró por casualidad un viejo sobre que contenía  el diario que escribió cuando era niña. Al principio de llegar solía leerlo para no sentirse tan sola en aquel sitio tan grande y nuevo. 

            Lo abrió echó un vistazo a sus ajadas páginas. En una de ellas leyó: 
            ´Quiero ser pianista´.

            Aquel era su sueño de juventud. En el instituto practicaba todos los días para convertirse en el futuro en una gran artista.

            Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Por alguna razón tocar el piano era una de las pocas cosas que podría haber seguido haciendo pero por alguna razón, apenas sin darse cuenta acabó dejándolo. 

            Comparó aquellos días en los que perseguía con pasión sus sueños con su vida de ahora y se sintió profundamente decepcionada consigo misma.

            -¿Qué ha pasado conmigo?¿Donde han ido a parar todas mis esperanzas e ilusiones? 



            Su diario de adulta no era más que una larga lista de empleos descartados. En lugar de escribir sueños se limitaba a registrar todos sus intentos y fracasos. Era consciente que las cosas no le habían ido bien pero no sabía lo tremendamente hundida que estaba.

            -Y ahora mírame, estoy huyendo de un simple puesto de cajera.

            Así que cerró el diario, llamó a su madre y le dijo que prefería quedarse allí un poco más.

            Enjugándose las lágrimas se prometió ir a trabajar el día siguiente y obligarse a ser feliz pulsando aquellos aburridos precios en aquella aburrida máquina registradora.

            -Dentro de unos días sabré si realmente quiero continuar.

            Y no fueron pocas las veces en las que las dudas y la inseguridad asaltaron sus pensamientos.

            -Cuando tocaba el piano- recordó- me equivocaba una y otra vez, pero seguía intentándolo hasta lograr que mis dedos se movieran casi solos y ya no necesitaba mirar las teclas.

            Recordando aquellos días se propuso una meta:

            -Está bien, dominaré esta máquina de la misma forma que lo hice con el piano.

            Estudió concienzudamente las combinaciones de botones que le facilitaban ciertas tareas, memorizó más y más precios y una vez hecho siguió practicando.

            Varios días después ya era capaz de teclear sin mirar y empezó a centrar su atención a los clientes.

            -Oh! esa señora vino ayer...

            Como con voluntad propia sus dedos teclearon el precio de una docena de huevos.

            -... solo que hoy ha traído a sus niños.

            Ahora era capaz de ver mucho más, sus manos danzaban sobre las teclas como la pianista que siempre quiso ser, mientras que con sus ojos analizaba a los clientes, aquello se convirtió en su pequeño placer secreto. Poco a poco aprendía más y más sobre ellos.
  


            - Ahí está el señor solo-compro-ofertas, y que me aspen si detrás no le sigue Doña siempre-vengo-antes-de-cerrar. Oh! La siguiente es la honorable Compro-cosas-caras.

            Un día, la anciana Doña Compro-cosas-casi-caducadas se acercó a la caja, solo que esta vez traía un gran pescado fresco.

            -Vaya! ¿Qué es lo que celebramos hoy?- preguntó Reiko.

          La señora le dijo- Mi nieto ha ganado un campeonato de natación y vamos a celebrarlo juntos, ¿A que es un buen pescado?

            -!Claro que sí, es precioso, enhorabuena!- dijo, sin percatarse de la enorme sonrisa que le decoraba el rostro. Y fue así como descubrió el placer de comunicarse con sus clientes.

            Empezó a recordar sus caras, y también algunos de sus nombres. A veces incluso les ayudaba con las compras.

            - Señora Tanaka ¿Está segura que quiere llevarse ese chocolate? Hoy tenemos uno mejor y más barato en el pasillo tres. Además es mejor que no compre pollo hoy, hay buenas ofertas en la pescadería.

            Todos los clientes apreciaban sus indicaciones y las tomaban en cuenta cambiando sus productos por los que Reiko  les aconsejaba. Mientras más se comunicaba con los clientes más le gustaba trabajar en el supermercado.

            Un día notó que había más trabajo de la cuenta pero ella no le dio importancia y siguió disfrutando de las charlas hasta más allá de su jornada.

            El encargado habló por megafonía:

            -Pedimos disculpas por las largas colas, si son tan amables pasen por la caja número dos.

            Unos minutos después repitió:

            -Señores clientes, por favor pasen por la caja número dos.

            El encargado, al sentirse ignorado observó la larga línea que se había formado en la caja de Reiko  mientras que otras tres cajeras permanecían ociosas y sin nadie a quien atender.

            Se acercó a la última clienta de la fila y le indicó que si pasaba por la siguiente caja no tendría por qué esperar.

            -Oh, cállese ya- contestó la señora Itou, que solo llevaba un par de botellas de leche- El único motivo por el que vengo a comprar aquí es por esa jovencita- dijo señalando a Reiko.

            Al oír esto Reiko estalló en lágrimas.

            La señora Itou prosiguió: -´Hay otro supermercado más barato en esta misma calle, pero yo vengo a charlar con ella, así que si no le importa me quedaré aquí´.

            Reiko  lloró tanto que apenas podía continuar trabajando normalmente. Por primera vez supo lo maravilloso que podía ser tener un trabajo.

            No pasó mucho tiempo hasta que la ascendieron a jefa de cajeras.
            Hoy en día Reiko  enseña a las nuevas empleadas y sigue disfrutando haciendo feliz  a todos los clientes y compañeros.

22 jun 2018

MUÑECAS MALDITAS (1ª PARTE)


 

AMIGAS PARA SIEMPRE


            Era tres de enero de 1977. Como cada año en esas fechas Hiruko se disponía a hacer limpieza. Era tradición el aprovechar esos días de asueto para purificar el ambiente de la casa, tirar las cosas viejas, desgastadas y feas, así como eliminar el polvo y la suciedad, para que cosas nuevas y bonitas puedan entrar y traer alegría y fortuna a aquel que durante dieciséis años había sido su hogar. 

            Seleccionó cuidadosamente las ropas que según dictaba la moda aún podía aprovechar y descartó las que estaban rotas o sencillamente no le gustaban. Hizo lo mismo con los perfumes e incluso con las fotografías en las que, según su criterio, no salía ´guapa´. Le tocó el turno a los juguetes, esos cayeron prácticamente todos, total como no tenía hermanas y sus primas vivían demasiado lejos ¿Qué más daba? Se paró al observar una antigua muñeca ´Licca-chan´ Los recuerdos afloraron en su mente, casi pudo sentir el mismo regocijo que el día en la que su padre se la regaló por su sexto cumpleaños !y casi recién salida de fábrica! el juguete era toda una novedad, una muñequita preciosa, con ojos grandes y redondos y una hermosa cabellera rubia, todo al estilo occidental. Licca disponía de una tecnología revolucionaria, !podía hablar! ¿Cuántas eran capaces de hacerlo en esa época? !Y por si eso fuera poco, la empresa que la fabricaba, había abierto una línea telefónica en la que la propia Licca-chan atendía las llamadas!  Sabía perfectamente que eran mensajes grabados, no era tonta, pero le encantaba marcar el número que venía en la caja y escuchar las cosas que le decía y si no fuera por su malhumorado padre hubiera pasado así las tardes enteras. Aunque al poco ya se sabía de memoria todas las frases sentía que a veces su conversación era más interesante que la de algunas de sus compañeras.


  
            La ola de nostalgia pasó pronto, no llegó a romper en sus ojos, como tampoco lo hace una ola cuando no hay demasiado viento, así que con un gesto indiferente la muy ´chic´ Licca acabó de cabeza en el cubo de la basura.
           
            Poco tiempo después la ciudad donde vivía Hiruko sufrió un terremoto. Afortunadamente no hubo grandes pérdidas pero la fábrica donde trabajaba su padre quedó dañada y los dueños quisieron aprovechar la coyuntura para reconstruirla totalmente. Aquello iba a tardar bastante, por lo que los trabajadores fueron trasladados a otra factoría que aunque no quedaba demasiado lejos sí que requería una mudanza. Las jornadas de su padre eran duras de por sí y añadirles un tiempo extra al transporte perjudicaría bastante su calidad de vida. Ella podía seguir viendo a sus amigas los fines de semana, había una línea de tren que la llevaba justo donde solían reunirse así que no le supuso un gran problema.

            Una mañana Hiruko se disponía a acudir al instituto. Su padre salió temprano, como siempre hacía. Su madre apenas media hora después. Había encontrado un trabajo a tiempo parcial en una tiendecita cerca de la estación y no volvía hasta pasado el mediodía con algunos alimentos y algo de dinero que usaban para cubrir los gastos de la mudanza. A punto estaba de cerrar la puerta cuando de repente el teléfono sonó.



            Hola´- dijo una voz metálica- ´soy Licca-chan, estoy en un cubo de basura, me han abandonado pero pronto volveré a casa´.

            Hiruko colgó, se sintió algo molesta, alguna de sus amigas le habría gastado una broma, qué estúpidas.

            El teléfono volvió a sonar.

            -´¿Papá?- preguntó.

            Hola, soy Licca-chan, estoy en la estación. Muy pronto estaremos juntas otra vez´.

            Volvió a colgar, esta vez dando un buen golpe. Empezó a sentir cierto desasosiego, aquello no tenía ninguna gracia. 

            Permaneció allí quieta, sin poder moverse. En realidad no transcurrieron ni un par de minutos pero a ella le parecieron horas.

            Por tercera vez el aparato sonó. Con las manos temblorosas Hiruko agarró el auricular.

            -´¿¿Q...quien eres??´- casi gritó - ´Hola, soy Licca-chan, estoy en tu calle, ¿me has echado de menos?´.



            Con lágrimas en los ojos y muy asustada marcó el número de teléfono del trabajo de su padre, necesitaba contarle qué estaba pasando y pedirle que viniera a buscarla. Se escucharon los tonos, largos, lánguidos, monótonos, indiferentes.

            * click* Alguien descolgó: -´Hola, soy Licca-chan, estoy afuera, abre la puerta´.

            Dejó caer el auricular al suelo. No pudo retener las lágrimas y un hilo de voz, a modo de grito apenas contenido se escapó de entre sus labios. Quería escapar, pero ¿dónde? Esa cosa, o quien fuera, decía estar allí, a escasos metros de ella, tras la puerta. La puerta, la había cerrado, ¿verdad? Ella... ella estaba a punto de irse cuando... cuando recibió la primera llamada y entonces... las llaves, no... no giró las llaves, ella... era todo tan confuso.

            Y de repente el teléfono volvió a sonar, justo delante de ella, lo estaba viendo, el auricular aún colgaba rozando el suelo, no puede ser, así no funcionan estas cosas.

            Muy lentamente, derramándose poco a poco su cordura como lo hacían sus lágrimas acercó el teléfono a sus oídos.

            ´Hola, soy Licca-chan, ahora mismo estoy....DETRÁS DE TÍ.´





MUÑECAS


         Estáticas, de mirada hierática, sabedoras de su eternidad, eternamente hambrientas de calor humano. Están ahí desde tiempos inmemoriales deseosas de que las abraces, las acaricies y les susurres secretos que nadie mejor que ellas saben guardar. 

            Son buenas compañeras mientras les des lo que piden, pacientes incluso, pues un achuchoncito de vez en cuando las suele aplacar. Pero su paciencia es finita y les duele el abandono, el olvido y el polvo, sobre todo eso. Si hay algo que odian sobre todas las cosas es el polvo.



            Como despechadas amantes encuentran consuelo en los brazos de otros dueños aunque a veces, solo a veces, no están dispuestas a perdonar. 

            Se trata de las muñecas de tu infancia, la Barbie, la Nancy, barriguitas, los Masters del universo, la chochona, incluso esas aberraciones llamadas muñecas repollo. Tus amigas de la infancia, las primeras y verdaderas, las que nunca te han fallado. Las que te seguirían hasta la muerte... aunque sean ellas mismas quienes te la provoquen.

            Tengo por aquí unas cuantas, quedaos un poco y os las iré presentado. ¿Quién sabe?, lo mismo alguno no vuelve solo a casa.


LICCA-CHAN, LA MUÑECA DE TRES PIERNAS


         Licca-chan, o Rika es la muñeca más popular entre las niñas de Japón. Ya desde  su lanzamiento por la compañía juguetera Takara a finales de los 60  se convirtió en un éxito de ventas y aún hoy lo sigue siendo, contándose por millones las unidades despachadas. 

Licca-chan, modelo original de 1967.

            Licca viene a ser lo que Barbie es para Estados Unidos. Una muñeca de largos cabellos rubios, grandes ojos oscuros y de proporciones más o menos asiáticas. Algunas de ellas alcanzan un elevado precio en el mercado de los coleccionistas al tratarse de ediciones limitadas o conmemorativas. Sin embargo una de estas ´tiradas raras´ no está a la venta, no que yo sepa al menos.

            Según se cuenta una de las remesas salió de fábrica con un peculiar defecto: en lugar de dos, cada unidad tenía tres piernas. Para dejar zanjado el chiste fácil he de aclarar que por aquel entonces NO existía el wassap... La compañía se apresuró en retirarlas y destruirlas aunque una parte sí que llegó a comercializarse. 

            No se sabe de nadie que la posea, es prácticamente imposible encontrarlas y si en alguna ocasión te topas con una es porque ella te ha encontrado a ti.

            Suelen aparecer en los lavabos públicos femeninos. Cualquiera que se acerque y  la recoja podrá apreciar que ésta tiene una tercera pierna de color purpúreo, en ese momento la muñeca girará su cabecita y dirá: ´Hola, soy Licca-chan y estoy maldita, estoy maldita, estoy maldita´. A partir de ese momento la víctima no podrá dejar de oír esas palabras, como un susurro, dentro de su cabeza, repitiéndose una y otra vez como un insano mantra hasta volverla loca, se mutile los tímpanos o ambas cosas.

´Muñequita con sorpresa´ Licca-chan fue una adelantada a su tiempo.

            Puede pasar que en lugar de huir la persona opte por deshacerse de ella, arrojándola al  inodoro por ejemplo. En ese caso no oirá la desquiciante cantinela y todo parecerá haber terminado ahí. Pero no pasará mucho hasta que el sujeto sufra un grave accidente que le cause la pérdida de una de sus propias piernas y durante su convalecencia morirá a causa de unos extraños tumores rojizos que empezarán a crecerle en el muñón, como si de verdad le estuviera creciendo una nueva e inhumana extremidad.

            Si no disponéis de uno de estos modelos trípedos siempre queda la opción de jugar con una Licca-chan corriente, pero no a las casitas ni a los médicos con los Action Man de tu hermano, no, mejor hacemos otra cosa.
            

HITORI KAKURENBO


            Así que os habéis quedado solos en casa, son casi las tres de la mañana, vuestros amigos están demasiado ocupados y encima habéis perdido la conexión de internet lo que os deja tremendamente aburridos y sin la posibilidad de visitar páginas web cochinas raras. Bueno, nos os preocupéis, no todo está perdido, siempre podéis jugar a hitori kakurenbo, o lo que es lo mismo el escondite en solitario. Si, no pongáis esa cara, también existe el tenis para uno. ¿Y cómo se juega a eso?  Muy fácil. Sólo requiere algo de preparación y seguir ciertas reglas a rajatabla, es como cuidar a un gremlin, divertido hasta que se te pierde el manual de instrucciones.

            Lo primero que nos ha de quedar meridianamente claro es que para jugar a esto debemos estar completamente, absolutamente, plenamente, enteramente, íntegramente y un montón de adjetivos acabados en -mente, solos. SOLOS DEL TODO. Eso incluye a personas, animales y políticos. Nada que respire excepto vosotros, dejad vuestras mascotas fuera.

            Lo segundo es no jugar a esto demasiadas veces ni mucho tiempo, con una horita es suficiente y si no pasa nada solo habréis perdido el tiempo y creedme, es un buen resultado.

            Lo siguiente es jugar a oscuras, no tiene gracia con las luces encendidas, tampoco abandonéis la casa antes de tiempo ni interrumpáis el juego. No es aconsejable hacerlo si sois personas sensibles, asustadizas o sufrís incontinencia. 

            Por último y no menos importante, no es broma, tomaos un café, debéis esperar a las tres de la madrugada y os ayudará a permanecer despiertos antes y durante el juego.

            Bien, una vez advertidos (esto es como una prueba médica, firme aquí su consentimiento, gracias). Podemos comenzar con los preparativos.

            El componente principal del juego es una figura antropomorfa, esto es, que tenga los elementos característicos de un ser humano: un tronco, una cabeza, dos brazos y dos piernas. Esto nos servirá de receptáculo para la entidad contra la que vamos a enfrentarnos. Es recomendable evitar figuras demasiado humanas, como por ejemplo una Licca-chan bípeda. Si ignoramos esto es posible que la entidad se sienta identificada y decida ´habitar´ dentro de su nuevo cuerpo. Lo ideal es un osito de peluche o una muñeca de trapo.



            Sacamos un poco de relleno del interior del peluche y lo sustituimos por arroz. De esta forma aplacaremos a los seres a los que vamos a molestar. Ya he hecho numerosas referencias en artículos anteriores al ritual del segaki, mediante el cual se realizan ofrendas de comida con el fin de tranquilizar a los espíritus hambrientos. ¿Si no por qué os creéis que se sigue arrojando arroz después de una boda? !Para que vuestro cuñado no coma ni beba demasiado durante el banquete!

            Después introducimos una parte de nuestro propio cuerpo, un pelo o una uña bastarán. No utilicéis partes de otras personas, no es un muñeco vudú, para eso es mejor realizar el ritual de Ushi  no toki mairi.

            Ya está listo nuestro recipiente. Lo siguiente que necesitamos es un objeto punzante con el que provocaremos al espíritu, mas tarde el muñeco nos perseguirá y tratará de utilizar ese mismo objeto contra nosotros así que por vuestra seguridad evitad cuchillos, tijeras o agujas de punto.

            Con un lacito  de tela o cordel de color rojo rellenaremos los orificios que le hayamos causado al peluche. Esto imita los hilillos de sangre de las supuestas heridas que le causamos. Atamos el resto del cordel alrededor de la cintura para tenerlo bien sujeto. Agua salada en abundancia, muy importante esto,  y un recipiente lleno de agua corriente. Si no podéis usar una bañera un barreño o un cubo serán suficientes.



            Ya podemos empezar.

             El objetivo del juego es invocar a un espíritu para que se introduzca dentro del muñeco, escondernos y evitar perder la cabeza o que el muñeco nos encuentre y nos apuñale hasta la muerte, para ello debemos seguir los siguientes pasos:

            Le daremos a nuestro muñeco un nombre pero no puede ser el nuestro ni el de ninguna persona conocida, a partir de ese momento nos dirigiremos a él con ese apelativo y no otro. 

            Nos lo llevaremos al cuarto de baño y con los ojos cerrados repetiremos tres veces: ´Ahora es el turno de...´ y decís vuestro nombre, luego sumergimos al muñeco en la bañera, el cubo u otro receptáculo al que previamente habremos llenado de agua.



            A continuación saldremos de la habitación sin mirar atrás en ningún momento. De hacerlo corremos el riesgo de presenciar cómo el espíritu entra dentro del peluche. Si esto sucede podría percatarse de nuestra presencia, nos perseguirá y el juego finalizaría abruptamente.

            Una vez fuera contaremos lentamente desde el diez hasta el uno, luego regresamos al lugar donde dejamos al muñeco, lo agarraremos, diremos ´Te he encontrado (y el nombre que le hayamos dado)´ y lo pincharemos varias veces.

            Volvemos a cerrar los ojos y repetimos tres veces ´Ahora es el turno de (nombre)´ depositamos el muñeco donde estaba junto con el mismo objeto que usamos para apuñalarlo. 

Jamás utilicéis muñecas de verdad ni cuchillos.

            Es hora de que corramos a nuestro escondite y permanezcamos allí sin movernos ni hacer ruido. Para evitar que el muñeco nos encuentre llenaremos la boca con agua salada. Tened siempre cerca una buena provisión de la misma, evitad dejar la boca vacía demasiado tiempo. Como medidas de protección adicional podéis colocar en vuestro escondrijo alguna figura religiosa o mantened con vosotros un objeto sagrado (rosarios, crucifijos, el carné del Betis, etc.).

            Una vez transcurrido un tiempo prudencial daremos por sentado que el muñeco no nos ha encontrado y podremos salir pero tened cuidado, aún no hemos acabado, dirigíos al punto de partida sin mirar atrás y evitando espejos o superficies reflectantes.


 
            Para finalizar el juego debemos localizar al muñeco (es posible que no esté donde creemos), beber un trago de agua salada y verter la sobrante a su alrededor hasta formar un círculo. Cerrad los ojos y repetid tres veces ´He ganado´. Si lo hemos hecho correctamente el espíritu abandonará su cascarón y el peluche volverá a ser un inofensivo (y destrozado) objeto inerte. Debéis deshaceros de él enterrándolo junto con un buen puñado de sal, si no lo hacéis es posible que otra entidad lo ocupe y quiera reanudar el juego más tarde.

          Si no encotráis el muñeco no os preocupéis preocupaos. Llamad a un exorcista inmediatamente. El espíritu os seguirá acechando y se hará más fuerte a cada momento. Es posible que os sintáis observados, perseguidos, ansiosos. Os provocará alucinaciones, fiebre y con el tiempo la muerte. Con vuestro último suspiro una extraña voz os susurrará al oído ´He ganado´. 




 

¿QUERÉIS SEGUIR JUGANDO?


            Si es así permaneced atentos al próximo artículo. Nuevas e inquietantes historias nos demostrarán que jugar con muñecas no es cosa de niños.