23 dic 2016

ESPÍRITUS HAMBRIENTOS (1ª PARTE): GAKI

HAMBRE


            Quizá fue el resplandor de la llama que ilumina la habitación la que me atrajo hasta tu ventana. Esos tonos amarillentos y a veces rojizos que dan calor a tu carne y a tus huesos. Afuera hace frío. Lo sé porque nieva, aunque yo siempre tengo frío. Si pudieras tocarme notarías una sensación gélida, por suerte para ti no puedes porque yo, aunque estoy aquí no existo, no soy de este mundo y son muy pocos los que llegan a verme.

            Yo una vez fui como tú, tuve una vida, una familia, una casa como la tuya y hacía las cosas que tú haces cantaba, bailaba, reía y comía...oh si...comía. La llama, si, estás cocinando algo, un buen montón de arroz blanco humeante, con verduras tal vez, unas coles, un poco de rábano y un... ah... un poco de venado. Cuan dichoso eres mortal que puedes deleitarte con tan suculentos manjares  estallando en tu boca, sabores que apenas ya recuerdo, notar la comida recorrer poco a poco tu garganta, sentirla en tus entrañas, la comida... oh la comida...

            Daría cualquier cosa por poder entrar, agarrar con mis manos lo que sea que atesores en esa olla, apretarlas hasta que me quemen, embriagarme con su olor. Un buen puñado, y luego otro y otro y otro hasta que no quedara más, luego gritaría, desaparecería el hambre y yo bailaría, daría vueltas y más vueltas siiii!!!!.

            Pero no puedo, aunque dejases la puerta abierta de par en par y descuidases tu valioso tesoro. Aún estando servida en un cuenco abandonado por alguna urgencia que hubieras de atender, aún estando al alcance de mi mano no podría.

            Porque yo, mortal no puedo comer. Mi cuello es demasiado delgado, mi boca es una leve ranura por la que apenas cabe nada. Pero siempre tengo hambre mortal. Mi estómago está hinchado y me siendo débil. Casi no me sostengo y algunas veces debo arrastrarme. Le ruego a todo el que pasa que me dé algo de comer pero nadie me escucha, no me oyen. Les veo pasar con sus bocas llenas y sus barrigas gordas mientras la mía ruge como una fiera, y con la misma fuerza siento sus mordiscos en mis tripas huecas, aspiro con fuerza y la garganta se me cierra, ya ni de aire puedo llenarlas.



            Que afortunados son los mendigos, pues a veces sus ruegos son atendidos y alguien les arroja algún resto que pueden mordisquear, envidio sus manos, sus fuertes cuellos, sus robustos brazos, de tenerlos agarraría a cualquiera con quien me cruzase. Le apretaría la garganta, le mordería con fuerza la cara, devoraría toda su carne, le roería los huesos y luego los hendiría y le chuparía el tuétano. Qué suerte la de los pobres pues tienen boca para comer.

            Pero un momento, yo te conozco. si, ahora me acuerdo. Fue hace mucho tiempo, cuando yo aún respiraba. Eras solo una niña de unos cuatro o cinco años, tus ropas estaban sucias y olías fatal. Tus padres habían muerto. Ese año la peste se había llevado la vida de cientos de desdichados, lo cual bien mirado no está mal, siempre es bueno que los dioses quiten de en medio a unos cuantos indeseables, es limpio y después siempre queda más espacio y hay más para todos. Me agarraste de una manga con tus sucias manos, un traje nuevo de lino a estrenar  ahora echado a perder.  Fui indulgente contigo, te golpeé un poco  nada más. No avisé a las autoridades. ellos hubieran sido mucho más duros, ya sabes cómo se las gasta la nueva policía con los pordioseros. Decías que tenías hambre y sed, que te morías de frío. ¿Puedes imaginar tamaña desfachatez? ¿Es que ya no se podía pasear tranquilo por la calle disfrutando de un maravilloso día sin que un desgraciado te lo arruinara diciendo que tiene hambre?  !Compréndeme! !Los pájaros también tienen hambre, y los conejos, y las serpientes, y no van rogando por ahí! !Ellos se buscan la vida como lo hacemos todos! Además mírate ahora, te casaste, tuviste hijos, ahora ya no tienes frío. No te fue tan mal al fin y al cabo.



            Quise darte una buena lección, te agarré por uno de tus enjutos brazos y te arrastré hasta la letrina más cercana, allí te hundí la cabeza en el fétido agujero, ¿No querías comer?, pues adelante ¿No tenías frío?,  allí dentro no lo tendrías.

            Al año siguiente la peste me llevó a mí. La mayor de las injusticias. Toda una vida de duro trabajo, de esfuerzo y sacrificios para nada. Una existencia de penurias auto impuestas en vano. ¿Cuántos placeres habré dejado de disfrutar para amasar la pequeña fortuna que logré reunir? ¿Dónde quedaron las disputas, los regateos, los engaños y desengaños, todo para que un día no tuviera yo que agradecerle nada a nadie? Para poder envejecer tranquilo sin depender de otros, alejado de todos esos lisonjeros que solo deseaban quitarme lo que tenía.

            Y al final lo consiguieron, si, entraron en mis propiedades, se llevaron mis ropas, los tejidos importados, los muebles lacados, hasta los rollos pintados con tinta china de la pared. Se lo llevaron todo.

            No se molestaron en usar una parte para oficiar un funeral digno. Decían que había sido un avaro, cruel y desalmado pero ellos no eran mejores. Eso  no se le hace a un muerto, y menos si se trata de mi.

            No elaboraron tablillas en mi honor, nadie dejó ofrendas ni un grano de arroz ni una gota de sake (Según la tradición budista, el alma tarda cuarenta y nueve días en abandonar este mundo, durante este periodo de tiempo se ofrecen dádivas al difunto consistentes en algo de comida y bebida, la ceremonia se repetirá anualmente  los siguientes siete años y luego una vez cada siete años, todo ello en el periodo de cuarenta y nueve años). Por cincuenta días agonicé, pasé hambre y sed pero lo soporté, la ingratitud de los hombres es pasajera, la misericordia de los dioses es eterna.

            Se me prohibió contar lo que vi pues no es de la incumbencia de los mortales. Me vetaron todas las puertas, acabé vagando por una planicie yerma infestada de criaturas deformes que reptaban y suplicaban patéticamente por algo que llevarse a sus desdentadas bocas. Patéticos remedos de personas de cabezas peladas y ojos saltones provistas de cualquier atisbo de gracia o dignidad. No me miraban, no querían nada de mí. No me rechazaron, tampoco me aceptaron, simplemente estaban allí y mi presencia no supuso para ellos ninguna diferencia. Fue entonces cuando me di cuenta. Les resultaba familiar y eso sólo podía significar una cosa: ahora yo era como ellos.

            Desde entonces deambulo entre dos mundos, esa llanura estéril que no es cielo ni infierno y la tierra de los mortales. Busco algo que poder comer y de vez en cuando lo encuentro en los santuarios, un poco de arroz o alguna fruta donada por los devotos. Hoy me dirigía a Teramachi cuando te vi cocinar. Me has hecho recordar muchas cosas, el hambre obnubila mi mente, mortifica mi vientre lo mismo que tu imagen tortura ahora mi mente. Esta noche me quedaré contigo, esperaré pacientemente a que tu estómago haga su trabajo. En algún momento saldrás a desechar lo que cuerpo ya no necesite. No estarás sola cuando entres en la letrina y aunque notes mi presencia no podrás verme pero no te preocupes pequeña, tu no me importas. Aguardaré a que termines y entonces sumergiré mi cabeza en el agujero y me daré un buen festín. Me acurrucaré entre tus desechos, sé que allí no hace frío.



            Por un momento me ha asaltado la duda. ¿Qué hubiera ocurrido si no hubiera sido tan cruel con aquella niña? Menuda tontería, eres tú quien provoca en mí ese sentimiento, eres tú la que está siendo cruel conmigo. Te pavoneas con tu sonrisa, tu bonito traje, en realidad es horrible, y tu humeante olla. Te odio, te odio, TE ODIO!!!


GAKI


            Los gaki son, según la tradición budista, espíritus atormentados por un hambre y sed insaciables provocados por sus pecados, generalmente codicia, gula o lujuria. Su aspecto es el de una criatura humanoide con extremidades cortas y delgadas, abdomen abultado y cuello estrecho y largo con el que difícilmente pueden tragar. Sus bocas son pequeñas y sus ojos hinchados y fuera de sus órbitas, carecen de labios y párpados lo que les otorga un aspecto aterrador. Sin embargo la mayoría de ellos son inofensivos, son seres trágicos que están sufriendo y raras veces se inmiscuyen en los asuntos de los mortales.

            Viven en un plano de existencia llamado Gakido  o mundo de los espíritus hambrientos situado solo un grado por encima del Jigokudo o infierno y dos niveles por debajo del Ningendo, donde habitan los seres humanos, estando entre ellos el Chikushodo  o mundo de los animales y el Shurado , un lugar donde se libra una batalla donde los caídos se alzan una y otra vez en una guerra eterna. Así pues un alma que haya padecido los tormentos del infierno y pagado parte de su karma puede ser liberada en el gakido y seguir penando allí. Del mismo modo y como castigo por sus malas acciones en vida puede una persona reencarnarse en un gaki.  



            Estos seres están divididos en dos grupos: los gaki-sekai-fu que permanecen en el gakido  y los nin-chu-fu que deambulan entre nosotros y pueden, a veces, ser vistos.

            Con respecto a su nivel de padecimiento existen tres grados: los Muzai-gaki que sufren hambre y sed constantemente, nada de lo que coman podrá saciarlos nunca. Gran parte de los que se quedan en el gakido pertenecen a esta clase. Los Shozai-gaki  pueden calmar su apetito devorando sustancias impuras (sangre, agua estancada, carne en descomposición, excrementos...). Los más afortunados son los Usai-gaki, pues se les permite alimentarse de restos de las sobras de comida dejadas por humanos o animales así como las ofrendas a los dioses o ante las tablillas funerarias de los antepasados.



            Se conocen hasta treinta y seis tipos de gaki dependiendo de su dieta, causa de la transformación e incluso aspecto así por ejemplo aquellos que robaban objetos de valor de los templos acabarían transformados en Jiki-man-gaki  que se alimentan exclusivamente de las pelucas con las que se decoran algunas estatuas de los santuarios budistas.  Los que donaban comida podrida a monjes o peregrinos regresarían como Fujo-ko-hyaku-gaki  que solo comen carroña  o aquellos que osaban apropiarse del sake o el arroz sagrados lo harían como Cho-ken-ju-jiki-netsu-gaki  que rondan por los cementerios tragando ceniza y restos de huesos de las piras funerarias. Está claro que si alguna vez visitáis un templo budista procurad no tocar nada sin permiso o acabaréis con un nombre muy largo y unos hábitos alimenticios nada saludables.

            La mayoría de los gaki están relacionados directamente con  la putrefacción y la muerte. Muchas de las enfermedades desconocidas en la antigüedad eran atribuidas a estas criaturas. Se cree que los Shikko-gaki  devoraban cadáveres y propagaban la peste y que los Jikki-kwa-gaki  o devoradores de fuego podían introducirse en el cuerpo de la gente para robarles su calor. No obstante debido a su particular régimen los gaki suelen rondar por lugares insalubres donde las epidemias ya están presentes y por lo tanto no son responsables de su contagio.

            Si el pecado cometido fue leve el gaki podrá adoptar la forma de un insecto, y aunque no se especifique cual es de suponer que se trate de moscas, gusanos o cualquier otro que se alimente de inmundicias y despojos.


             Es famoso un suceso acaecido en Kioto hace trescientos años. Un comerciante llamado Kazariya Kyubei  regentaba un próspero negocio en la popular Teramachi  (lugar de visita obligada situada en el centro de la ciudad, famosa por sus tiendas, templos y animada vida nocturna). A su servicio estaba una joven llamada Tama. Era muy trabajadora y servicial pero descuidaba su aspecto. No parecían interesarle los vestidos, los festivales o los apuestos muchachos que solían pasear por las calles de la capital. Llevaba pelo sucio y sus ropas estaban desgastadas y remendadas.

            Un día Kyubei le reprochó su actitud, avergonzada le explicó que tras morir sus padres y al ser hija única sobre ella recayó la responsabilidad de oficiar un funeral digno. Siendo de origen humilde no pudo costear el rito, en lugar de eso guardó las tablillas mortuorias y juró ahorrar hasta reunir las cien monedas de plata que necesitaba. Impresionado por la sinceridad de la chica Kyubei prometió no hablar más de ese asunto y permitió que vistiese como ella quisiera, a la vez que incrementó un poco sus emolumentos.

            No mucho tiempo después vio cumplido su deseo y pudo al fin depositar las tablillas de sus padres en el cercano templo de Jorakuji. El monje, sabedor de la historia de la chica solo le cobró setenta monedas así que ella le pidió a la esposa de Kyubei que le guardase las treinta restantes. Poco pudo disfrutar de su obra, el undécimo día del primer mes del decimoquinto año de Genroku Tama abandonó este mundo aquejada de unas repentinas fiebres.

            Diez días después del fallecimiento una mosca de gran tamaño entró en la tienda y no paró de incordiar al comerciante. Éste se extrañó de que hubiera moscas durante los meses de invierno. Como Kyubei era un hombre piadoso y devoto budista no le hizo ningún daño, la atrapó y con suma delicadeza la echó fuera pero su esfuerzo resultaron inútiles, el insecto volvía a entrar una y otra vez.



            La esposa sugirió que tal vez se tratase de Tama que había regresado.

            ´Solo hay una manera de averiguarlo´- dijo Kyubei.

 Tras cazarla una vez más la marcó con carmín utilizando un finísimo pincel, después la liberó a una distancia considerable de la casa.

            Al día siguiente una mosca con un característico color rojo volaba alrededor de la atribulada pareja.

            ´No hay duda, es ella´- reconoció él.

            ´Aún conservo sus treinta monedas´- recordó la mujer- ´Quizá haya vuelto para reclamarlas, llevémoslas al templo y pidamos a los monjes que recen por su alma´.

            Una vez dicho esto la mosca se dirigió hacia la ventana y justo antes de salir cayó muerta. Kyubei la recogió y la depositó en una cajita y fueron hasta Jorakuji  . Allí el monje les dijo que habían obrado bien. Aceptó el dinero y se ofreció a realizar el ritual del segaki  para aplacar al espíritu de la difunta chica.

            Tras las exequias colocaron la tablilla mortuoria de Tama junto a la de sus padres y enterraron la cajita con la mosca y así pudo al fin reencarnarse de nuevo.


SEGAKI


            Es un ritual budista que busca mitigar el sufrimiento de los espíritus hambrientos, es eficaz tanto para los gaki como para los muenbotoke  (fallecidos sin familia). Suele realizarse durante los meses de verano, coincidiendo con los festivales O-bon. La ceremonia consiste en colocar ofrendas de arroz y agua en un pequeño altar llamado gaki-dana y rezar unas plegarias. Todos los espíritus serán capaces de ver la comida y podrán paliar su hambre, a cambio deberán regresar al gakido . Estos obedecerán aunque nada les impide que vuelvan a escaparse.



            Por toda Asia se celebra en verano el mes de los fantasmas hambrientos y es costumbre quemar billetes falsos, comida o ropa para satisfacer las necesidades de los muertos en el otro mundo.





CASOS PECULIARES


            Algunos tipos de gaki merecen una mención aparte. Aunque siguen teniendo el mismo origen su aspecto o comportamiento les diferencia claramente del resto.

            Los Jiki-ketsu-gaki  o bebedores de sangre son muy agresivos, buscarán víctimas indefensas a los que extraerle el fluido vital sintiendo predilección por los niños y ancianos. Este gaki no acabará inmediatamente con su víctima sino que la irá debilitando lentamente hasta matarla, tras lo cual buscará a otra. No se sabe exactamente cómo se alimenta aunque es posible que adopten la forma de un mosquito. Llamados erróneamente ´vampiros japoneses´ a veces se les confunde  con los Shinko-gaki, que se caracterizan por tener la boca repleta de dientes muy afilados, una mala pasada sin duda de la imagen preconcebida que tenemos de su análogo occidental. Se le asocia a la enfermedad de la anemia.

            El Yoku-shiki-gaki  es el único que presenta un aspecto hermoso y saludable, se alimenta de sexo. Es capaz de cambiar de género a voluntad así como su tamaño o peso y puede colarse por cualquier abertura por pequeña que esta sea para llegar a sus víctimas y yacer con ellas. Una vez satisfecho se transformará en insecto y tratará de pasar desapercibido. Al igual que los bebedores de sangre el objeto de sus visitas se enfrentará a una muerte lenta. En este caso las similitudes con el incubo y el súcubo occidental son evidentes.

            Aquellos que en vida utilizaron o comerciaron con venenos acabarán convertidos en Jiki-doku-gaki y buscarán sorber cualquier tipo de sustancia tóxica. Es el único gaki que puede llegar a resultar beneficioso pues es capaz de extraer la ponzoña del interior de los cuerpos y evitar así sus efectos nocivos.

            Por último destacar a los Jiki-fu-gaki, comedores de viento y a los Jiki-ke-gaki, comedores de olores. Os dejo a vosotros dilucidar de qué se alimentan exactamente.



            En el siguiente artículo os hablaré de otros tipos de espíritus hambrientos, de sus hábitos e idiosincrasia, de sus orígenes y leyendas. Me dejo a muchos tipos de gaki en el tintero pero al ir a mojar la pluma me lo he encontrado vacío, seguro que uno de esos desvergonzados ha estado rondando por aquí. ¿Sabíais una cosa? En Japón la expresión ´Kono gaki da!´  significa ´Malditos niñatos!´ pero hay que decirlo con cara de enfado y voz grave, venga, repetid conmigo ´KONO GAKI DA!´ Así es, muy bien. Y ahora con vuestro permiso voy a descansar un poco, creo que me está entrando hambre.
           


3 dic 2016

EL CONEJO QUE SALVÓ A UN TREN


            Todas las fábulas comienzan con un ´Erase una vez´, suelen hablar sobre animales y personas extraordinarias y ocurren en lugares o épocas lejanas. La historia que os voy a contar reúne casi todos esos requisitos pero lejos de ser un cuento con moraleja es una lección de vida. Los lugares, los hechos y las criaturas (humanas o no) son reales y demuestran que si un pequeño conejito fue capaz de salvar a un tren no hay empresa en este mundo que no sea realizable, solo hacen falta ilusión, ganas, esperanza y mucha, muchísima imaginación.

            Así que señoras, señores, vamos al lío.


VÍAS SOLITARIAS


         La compañía ferroviaria de Yamagata (Yamagata tetsudou ) era una pequeña empresa de más de 100 años de antigüedad que operaba al noreste del país. En su día daba servicio a toda la prefectura conectando la capital con la zona rural. En un tiempo donde poseer un vehículo era privilegio reservado para una selecta minoría la llegada del tren supuso un gran impulso a la economía del lugar.

            El paso de dos guerras mundiales y la posterior despoblación del campo azotaron duramente a la compañía. La crisis que sufrió Japón a principios del siglo XXI puso contra las cuerdas a la Yamagata Tetsudou. En el año 2009 su plantilla se redujo a 34 empleados y su flota a un obsoleto tren diésel que realizaba 24 servicios al día en la última de sus líneas, la ´Flower Nagaisen´ , llamada así por la peculiar decoración de su único vagón, repleto de flores autóctonas sobre un fondo azul.


UNA CHICA DE CAMPO


            Matsuyama Ai  había crecido en la granja familiar. Era feliz, le gustaba aquel rústico ambiente, incluso se licenció como perito agrónomo, aunque si había algo que realmente amaba eran los animales, sólo en casa de su abuelo habitaban dos perros, diez gatos y dos pájaros. No es de extrañar que Ai terminara dedicándose a la ganadería. Y así hubieran podido terminar sus días, contenta y rodeada de bucólicos paisajes, amables labriegos y boñigas de vaca de no ser por un infortunado accidente que la dejó incapacitada para la dura vida campesina. Pero era una chica fuerte y a sus 29 años no iba a darse por vencida. Decidida a retomar las riendas de su destino se despidió de los suyos y partió hacia la ciudad en busca de una segunda oportunidad. Sabía que ya no era joven y no le sería fácil encontrar un trabajo, y menos en esos días, pero Ai no estaba dispuesta a tirar la toalla, no señor, no sin luchar.

Matsuyama Ai

            ¿Departamento de marketing en una empresa ferroviaria? ¿Eso era todo lo que había para ella? Bueno, pensó, hubiera deseado algo que tuviese que ver más con los animales, auxiliar en alguna clínica veterinaria por ejemplo, con su currículum y experiencia... Pero está bien, mejor esto que nada, además se piensa mejor con la barriga llena así que ya se me ocurrirá algo más tarde.

           

LA ENTREVISTA


            La idea de incorporar cuatro nuevas personas a la plantilla de una empresa al borde de la quiebra partió del director Nomura. Muchos pensaron que era una locura, pero comprobaréis que esta historia está llena de ideas descabelladas en apariencia y geniales en el fondo.

            El señor Nomura pensó que la compañía necesitaba savia nueva, era como un enfermo que requiriese urgentemente una transfusión y estaba dispuesto a hacerlo a ciegas, si erraba el tipo de sangre el paciente moriría, en caso contrario podría salvarse, era un todo o nada y él estaba dispuesto a arriesgarse.

            Durante la entrevista, el director preguntó a cada candidato qué creía que haría falta para atraer más pasajeros. La mayoría dio una respuesta genérica, del tipo que un director ejecutivo le gustaría oír, cosa que no le satisfizo pero al llegarle el turno a Ai la contestación de esta no dejó le dejó indiferente:

´Me gustaría montar un pequeño zoológico en alguna de las estaciones´.
El director la miró sorprendido, revisó sus credenciales y comprobó que la chica no tenía ninguna experiencia en el sector del transporte o de la administración. Parecía muy segura de sí misma, algo ingenua tal vez. Sonrió condescendientemente y le dijo que dudaba mucho de la viabilidad de tal idea.

´Pero yo sé que es posible´ insistió Ai, -ya se ha hecho antes- dijo  a la vez que le mostraba unos recortes de prensa en los que se podía apreciar la foto de un gato -´Mírelo, se llama Tama y es la atracción principal de una de las estaciones de Japan Railways, !Nada menos que la JR! Si ellos han sido capaces nosotros también. Señor Nomura usted busca a gente porque cree que es posible reflotar esta empresa, !y yo también lo  creo!  Solo le pido la oportunidad para demostrarle que soy digna de su confianza. Señor Nomura acépteme y le aseguro que no se arrepentirá.´

            El viejo director ejecutivo, que estuvo aguantando la respiración durante tan apasionada exposición, soltó el aire poco a poco como una olla a presión a punto de reventar. Parpadeó un par de veces y tendiéndole la mano dijo:

            -Está bien señorita Matsuyama, bienvenida a Yamagata Tetsudou.

El director Nomura. Matsuyama Ai es la segundaa la derecha


EL CONEJO BLANCO


            Ai pasó los primeros meses intentando adaptarse a su nuevo puesto, pudo comprobar de primera mano lo mal que iban las cosas, lo dramático de la situación y de la precariedad de los recursos de los que disponían. Un ambiente de pesimismo inundaba el lugar pero ella se negaba a dejarse contagiar por el desánimo, su cabeza era un hervidero de ideas e intentaba encontrar la manera de fusionar su actual trabajo con su verdadera pasión, los animales.

            Un día mientras repasaba las rutas Ai se fijó en que una de las paradas llevaba el nombre de shirousagi  que en japonés significa conejo blanco. Era la señal que estaba esperando, la había tenido delante todo el tiempo, escondida entre tantos números. El conejo blanco, como el personaje del cuento de Carroll. ´!Ay Dios, ay Dios, voy a llegar tarde!´ Cómo le había gustado esa parte cuando era niña. ´! Y con lo lento que va este tren no me extraña que llegue tarde!´- rió maliciosamente.

            Ni corta ni perezosa se puso manos a la obra, visitó las tiendas de mascotas de la zona. Encontró conejos, por supuesto, pero no del tipo que ella quería, uno completamente blanco, sin manchas pero todos presentaban algún tipo de imperfección. Le ofrecieron conejillos de indias, jerbos, incluso algún que otro roedor exótico pero ella sabía exactamente lo que quería y no iba a aceptar otra cosa.

            Pasó al lado de una escuela de secundaria, recordó esos días felices de su juventud, donde todo era más fácil y los problemas de la vida eran invisibles a sus inocentes ojos. Fue entonces cuando recordó a su querido profesor de agricultura, tal vez él pudiera ayudarla. Con paso renovado se dirigió a su casa, con las manos vacías y la cabeza repleta de ideas. Se había olvidado de comprar algo para la cena pero sonreía como una colegiala, así era Ai.

            ´Creo que tengo lo que buscas´- le dijo el viejo profesor. La condujo a un edificio prefabricado donde criaba a un gran número de animales de granja. Se dirigió a una conejera y con sumo cuidado extrajo de ella a una hembra visiblemente preñada.

            -´Aquí está, va a parir dentro de poco, puede que en una semana o diez días´

            Ai le miró contrariada ´Pero esta coneja es de color marrón y yo busco un conejito blanco´

            El anciano maestro sorió. ´Ai-chan, siempre has sido una chica muy cabezota´.

            Ai le miró sin entender muy bien lo que quería decirle.

            ´Tú solo ves lo que quieres ver, y eso te impide ver lo que necesitas ver. Vuelve a mirarla y dime, ¿De verdad  crees que los conejitos no serán blancos?´- inquirió el profesor.

            ´Pero la madre es marrón y...´- hizo una pausa- ´...ya le entiendo, no lo sabremos hasta que nazcan !y no hay que perder la esperanza!´- flexionó las rodillas varias veces de pura excitación- ´!Gracias maestro!´. Exclamó mientras salía del edificio a toda velocidad dejando atrás a un cariacontecido anciano.

            Dos semanas más tarde Ai recibió una llamada de teléfono  en su oficina, era el profesor, ella le preguntó cómo conocía ese número, el viejo le dijo que en su última visita, con las prisas se dejó olvidado el tarjetero y ahora tenía un buen montoncito de tarjetas de visita de color crema y ligeramente perfumadas, se sonrojó y siguió al teléfono. Todos se sobresaltaron cuando de repente gritó: ´!!!!BLANCOOO, HAY UNO BLANCOOOO!!!!


LA ESTACIÓN


            Habían nacido cinco conejitos y uno de ellos era blanco como una bola de nieve. ´Me lo llevo´- le dijo al profesor ´ah, y ese marrón con cara de pillo también... aunque ese otro... es tan mono...´.

            Mochi, Peter y Ten se convirtieron en los tres nuevos compañeros de Ai.

            Al día siguiente llevó a Mochi , que era el conejo  blanco, a la oficina. Lo llamó así por los típicos dulces a base de pasta de arroz. Los compañeros, que no terminaban de acostumbrarse a las excentricidades de su nueva colega la miraron con incredulidad, aunque todo hay que decirlo, el animalito causó sensación. Todos querían acariciarlo, acunarlo en sus brazos, hacerse fotos con él. Ai vio en ello el preludio de lo que debía ser un éxito rotundo para sus planes, creía haber dado el primer paso.

            Pero lo dio con el pié izquierdo. Y es que el director tras escuchar pacientemente el proyecto para la promoción de la estación shirousagi con ayuda del conejo Mochi negó con la cabeza. Mostró a Ai fotografías y planos de la estación. Era diminuta y estaba totalmente automatizada, no había personal que la dirigiera, el último revisor fue sustituido por una máquina expendedora de billetes para ahorrar costes y la sala de espera era diminuta. Mandó a la decepcionada empleada a su mesa y le indicó que volviera a verle cuando se le ocurriera alguna otra idea un poco más viable.

La estación Miyauchi

            Supuso un duro golpe para nuestra chica, todos miraron hacia otra parte cuando a duras penas trató de aguantarse las lágrimas. Mochi no volvió a pisar las oficinas nunca más.

            Ai continuó con su trabajo, su siguiente idea si que fue aprobada, contratar a un animador que fuese contando historias y cuentos a los pasajeros, no dudó en incluir entre los mismos las aventuras del conejo Mochi y sus hermanos Ten y Peter.

            Los resultados no fueron los esperados, la cantidad de pasajeros no aumentaba y cada día que pasaba les acercaba un poco más al abismo. Ante lo desesperado de la situación quiso igualmente adoptar medidas igualmente desesperadas. Se acercó a la mesa de Ai con una carpeta, la dejó en la mesa y suspiró:

            -´De acuerdo Matsuyama-san, ahí tiene su estación´.


DIOSES, HOMBRES, GAZAPOS Y TORTUGAS


            Cabría suponer que Ai tendría motivos para estar contenta pero no era alegría lo que mostraba su cara, su compañero de departamento no lo comprendía, había conseguido lo que quería, un lugar donde emprender su proyecto ¿Qué mas daba si era en una estación u otra?

            ´No, en la estación Miyauchi  no, ahí no´- repetía nerviosamente.

            Para que el plan tuviera éxito necesitaba la estación Shirousagi, la del conejo blanco, por eso la había elegido, no tendría sentido de otra manera. No podía exigirle al director una inversión demasiado fuerte y por otro lado le había dado una tarea, le había confiado esa estación y ahora no podía fallarle. Ai se sentía desolada.

            Su compañero quiso invitarla a almorzar en un restaurante de soba (fideos japoneses) que había cerca de la estación, de esa manera tendría la oportunidad de ver el lugar con sus propios ojos y de paso tomar un poco el aire.

            Al llegar a Miyauchi Ai deseó que se la tragase la tierra. El edificio se encontraba en un estado lamentable, incluso habían utilizado la otrora sala de espera en un almacén improvisado donde los reyes eran el polvo, los trastos viejos, el óxido y las ratas.

            Se dirigieron al restaurante y allí una desconsolada Ai explicó a su compañero que aquel no era lugar para albergar animales y además ¿Quién querría venir hasta Miyauchi para ver a unos conejos? Hasta ella misma se daba cuenta de la estupidez de su idea.

            ´Se equivoca señorita´- dijo alguien a sus espaldas- ´Ha venido usted al lugar perfecto´.    
       
            La voz pertenecía al dueño del local que junto con un cliente observaban divertidos a la trajeada pareja.

            ´Siguiendo la carretera principal´- prosiguió- ´llegaréis al santuario de Kunamo, id allí y preguntad al kannushi  (sacerdote shintoista) por el secreto que allí guardan... y no olvidéis nombrar a los conejos´- apostilló entre risas.

            Ai decidió ir sola, su compañero optó por regresar visiblemente molesto por la actitud de aquellos provincianos. Aunque no estaba lejos el trayecto se le hizo duro, caminó en línea recta hasta los pies de una pronunciada colina y desde allí tuvo que ascender por un sendero salpicado por escalones labrados en piedra.

            El santuario de Kumano cuenta con más de mil años de antigüedad. Su tsurigane (campana) es centenaria, durante la guerra el noventa por ciento de las campanas de los templos se fundieron para fabricar tanques y cañones, el emperador mismo la indultó y su relevancia cultural es hoy día incuestionable.

El gran santuario de Kumano

            Cuando Ai hubo terminado de contar su historia el kannushi hizo una leve inclinación y le dedicó una amable sonrisa. Era un hombre joven y a Ai le pareció bastante guapo, vestía su kariginu (ropa tradicional).

            -´Así que adoptasteis a los tres conejos´- dijo el sacerdote

            Ai asentía tímidamente y no paraba de toquetearse el pelo entre sonrisas nerviosas.

            -´Acompañadme´.

Kannushi del santuario de Kumano



            El sacerdote se incorporó con un movimiento suave pero firme, con sus ropas daba la sensación de estar flotando. Salió al patio trasero sin girarse ni una sola vez. Ella le siguió torpemente, tal y como le habían ido las cosas hasta ahora lo mínimo que se esperaba era algún sermón moralista sobre lo efímero de la vida y la inutilidad de resistirse a... Ensimismada casi tropieza con el sacerdote, el cual se había detenido bruscamente y ahora giraba grácilmente sobre sí mismo. Señalando una piedra le indicó con la palma abierta que se sentara, cosa que hizo. Luego le señaló la parte más alta del edificio, en ella lucía un magnífico friso de madera que representaba una gran variedad de animales tanto reales como mitológicos.

            -´El gran santuario de Kumano guarda el secreto de la felicidad, en ese grabado se ocultan unos pequeños animales, tres conejos para ser exactos, encuentralos y será tuya.´-  explicó el kannushi.

            -´Tres conejos´- pensó Ai- ´los mismos que yo misma adopté, y están aquí, junto a la estación Miyauchi!´. De repente todo empezó a cobrar sentido.

el retablo donde se ocultan los tres conejos

            El sacerdote le sonrió como si de alguna manera hubiera podido leer sus pensamientos, luego se alejó lentamente para que realizase la tarea que le había encomendado.

            Justo antes de ponerse el sol Ai entró en el templo. Vio al kannushi arrodillado de cara al altar sumido en una profunda meditación. Le dedicó una profunda reverencia y en voz muy baja, temiendo sacarle de su sagrado .trance le dio las gracias.

            Al día siguiente Ai encargó imprimir unos folletos promocionando la linea Flower Nagaisen destacando en ellos a la estación Miyauchi, donde podía visitarse su milenario templo y como no, a sus tres nuevas mascotas. Por falta de fondos ella misma los repartió se esforzó al máximo pero no podía evitar un sentimiento de inquietud  y tristeza cada vez que pasaba por la estación y la veía en ese estado tan lamentable.

            Uno de esos días observó algo extraño en Miyauchi, le pareció ver gente dentro, pulsó el botón que activaba la parada de emergencia y corrió a lo largo del andén. Allí encontró junto a un montón de maderos apilados ordenadamente a un grupo de personas que parecían estar trabajando. Algunos barriendo, otros pintando y algunos más cortando tablones. Todos la saludaron alegremente. Ai creyó reconocer a algunos pasajeros habituales entre ellos, a otros les había visto en el restaurante de soba, en cambio el joven con el pañuelo en la cabeza que parecía dirigir todo aquello... no cayó en la cuenta de quien era hasta que la miró y sonrió, sin su traje ceremonial parecía un chico cualquiera. Ai no pudo reprimir unas lágrimas de alegría.

            El director no daba crédito, de hecho apenas sí lograba comprender el torrente de atropelladas palabras que le lanzaba la iluminada cara de su peculiar empleada. Hablaba de la estación, de mucha gente trabajando, las fotografías que le mostraba con su teléfono móvil dejaban claro que una gran reforma estaba teniendo lugar, cosa que le preocupó ya que él no había autorizado tal cosa y los costes que tal obra supondría se salia con creces del ajustado presupuesto del que disponía. Intentó decirle que aquello no era posible y que siguiera con el plan de actuación previsto.

            -´¿Pero es que no lo entiende señor director? !Ya está pasando!´.- exclamó Ai.

            -´Matsuyama-san en el supuesto caso de que esas reformas estuvieran terminadas en el plazo previsto la compañía no podría permitirse el contratar a más personal permanente ¿No pretenderá que también trabajen los animales?´

            Cuando Ai asintió con la cabeza el director se llevó una mano a la cabeza y con la otra trató de encontrar en el cajón sus pastillas para la tensión.

            Y así fue como Mochi llegó a serjefe de estación, junto con sus hermanos Ten y Peter que ocuparían otros cargos de gran responsabilidad. Los tres conejos del templo de Kumano que darían la bienvenida a los pasajeros cuando llegaran a Miyauchi y como aquellos de la leyenda serían portadores de felicidad.

            La reforma de la estación finalizó en solo tres semanas, los trabajos se realizaron de manera voluntaria. Todo el que pudo se acercó y colaboró. La empresa se comprometió a pagar los materiales utilizados y aún así la cifra desembolsada se alejaba enormemente de los ocho millones de yenes que hubiera costado la obra. Nadie pidió nada a cambio, a excepción de una persona, el dueño de la tienda de soba, que preguntó si había lugar en la estación para una empleada más, se trataba de kamekichi  una vieja tortuga a la que le encantaban los fideos. Aceptaron encantados y que en Asia siempre se ha considerado a este animal como símbolo de buena fortuna.


LA INAUGURACIÓN


            El uno de agosto del 2010 tuvo lugar la reapertura de la estación de Miyauchi. Ai sujetaba entre sus brazos a Mochi, en su cabeza lucía un sombrerito que ella le había tejido a mano, a su lado otros dos empleados hacían lo propio con Ten, Peter y Kamekichi.

            Nadie esperaba la acogida que tal acontecimiento tuvo. Todos se asombraron cuando al llegar al lugar lo encontraron abarrotado de personas, muchos habían venido incluso de provincias vecinas, y los niños, !había decenas de ellos! Esperaban impacientes poder ver con sus propios ojos a Mochi, el jefe de estación. Lo conocían de las historias que les contaban sus padres al volver del trabajo, las mismas que Ai escribió, también de los dibujos que incluyó en los panfletos que ella mismo repartió. La multitud les recibió con una gran ovación, coreaban sus nombres. Mientras tanto, al fondo, un viejo cocinero de soba y un joven sacerdote intercambiaron una mirada cómplice y ambos sonrieron. La alegría había vuelto, esta vez para quedarse.





EL TREN DE LAS FLORES


            A partir de ese día el número de pasajeros fue aumentando, eran cada vez mas aquellos que no perdían la oportunidad de visitar la pequeña estación y ver a su particular personal. Los colegios de las localidades vecinas organizaban excursiones, el vagón renovado y repintado, se escribieron canciones y se fabricaron peluches, todos querían llevarse a casa un conejito con un sombrero de estación. La Flower nagaisen, la linea de las flores convirtió cada trayecto en una fiesta y aún hoy día sigue repartiendo risas e ilusión allá por donde pasa.

           


SOÑAR  AGOTA


            Tras el gran terremoto de Tohoku la estación de Miyauchi sufrió daños y el servicio se interrumpió temporalmente aunque tras las reparaciones pertinentes la linea retomó su ruta y hoy día la Flower nagaisen funciona con absoluta normalidad.

            A partir de infausto suceso el conejo Mochi no ha querido volver a ponerse su uniforme, aunque sigue dirigiendo la estación como el buen profesional que es.

            Mochi también es famoso en la red e incluso ha abierto su propia cuenta de twitter, donde podéis dejarle vuestros mensajes.

            Aquí acaba nuestra historia. Como dijo un buen amigo mío ´soñar agota, pero no pienso dejar de hacerlo´. Matsuyama Ai consiguió que un conejito salvara a un tren, quien sabe de lo que seríais capaces vosotros.




            Ah, se me olvidaba, ´y fueron felices y comieron... zanahorias!