20 nov 2016

UBUME


LA HIJA DE NADIE


                _ ¿ Y la encontrásteis así, sin más?- Inquirió el magistrado con cierto gesto de incredulidad.

            - Ocurrió tal y como os lo he expuesto mi señor- Se reafirmó Yoshimi.

            Yoshimi había ejercido de yoriki  (cargo semejante al de policía durante el japón feudal) durante once años y su fiabilidad había quedado muchas veces demostrada. Él mismo se sentía un poco turbado por los hechos que acontecieron la jornada anterior y la expresión, entre burla y excepticismo del magistrado local no hacían sino mortificarle aun más.



            - Está bien, en ese caso que así conste. Yoshimi-san, te pido que repitas tu historia para que el escriba la anote y quede registrada en los archivos del clan. En cuanto a nuestro ´pequeño problema´- Hizo una breve pausa a la vez que echó una mirada a un bultito de ropa que descansaba ante ellos- ´Bueno, decidiré que hacer con él mas tarde´.

            Se hizo el silencio en la estancia a la vez que el escriba humedecía su 
fude (pincel) en tinta china. Con un gesto de cabeza indicó al magistrado que estaba listo y este a su vez apuntó con su abanico a Yoshimi que recibió el permiso tocando el suelo con su frente.

...


            Encontrábame yo de guardia esa noche cuando a mis dependencias llegó un criado. Al parecer un atribulado comerciante reclamaba mi presencia urgentemente, Acudí raudo a recibirle no sin preguntarme qué tipo de asunto le habría llevado a requerir de mis servicios a una hora tan intempestiva.

            Parecía muy preocupado, estaba sucio y apestaba a sudor y miedo. He sido testigo en muchas ocasiones de lo que el temor puede hacerle a un hombre y créanme cuando  digo que no hizo falta presionarle demasiado para que la verdad fluyese por su boca como el Shinanogawa lo hace del monte Kobushi.


LO QUE ME CONTÓ EL COMERCIANTE


            Yoriki-sama, os pido mil disculpas por molestaros tan tarde pero es mi obligación como buen vasallo el informaros de un incidente del que he sido víctima y de la posibilidad de que otros más graves hayan podido sucederse.

            Si, os preguntaréis qué hacía yo por los caminos pasada ya puesta de sol. !Y no os falta razón mi señor! Ese día se me hizo algo tarde en la posada que hay junto al puente, negocios sin importancia remojados con un poco de ese magnífico sake que se sirve en estos dominios. Pensé que si apretaba un poco el paso podría alcanzar mi destino y aún estar a tiempo para ofrecer mis mercaderías a primera hora de la mañana.

            Apenas había pasado la hora de la rata cuando  salió al paso una mujer que hacía gestos con la mano para que me acercase. No es la primera vez que me asaltan en un camino, aunque jamás en estas tierras que tan bien defendidas están por nuestro buen señor. Así que decidí ignorarla pero ella lejos de darse por vencida comenzó a a aproximarse. Me detuve a cierta distancia para poder observarla con mas detenimiento.

            Vestía una túnica raída, rasgada en algunos puntos y con unas extrañas manchas de color parduzco a la altura de los muslos. No tenía agujas en el pelo, lo llevaba suelto y sucio. Su rostro revelaba una palidez propia del que sufre una grave enfermedad pero se mantenía erguida y su paso era firme. Señaló mis bienes con su enjuto dedo. En ese momento me habló por primera vez, o eso creí, pues su vista permanecía clavada en los bultos y jamás en todo el encuentro me dirigió la mirada. Era como si cada uno mantuviese un diálogo con una tercera persona y ninguno de nosotros estuviera realmente allí.

            Me pidió que le mostrase lo que llevaba, y así lo hice, pero vigilando muy de cerca dónde ponía sus manos. Agarró con ansiedad una considerable cantidad de comida, sobre todo pasta de arroz y dulces, también un pequeño muñequito multicolor con unos cascabelitos, el último de una serie de cuatro que intercambié con un colega cerca de la carretera de Tokkaido.

            De algún modo la mujer se percató de mi preocupación, pues aseguró que me pagaría. !Y por todos los kami que moran en el cielo y la tierra que lo hizo! De una desgastadísima bolsa sacó un buen puñado de ryo (monedas de oro), suficientes para pagar no menos de quince veces todo lo que se llevó! !Y aún creí ver dentro de la bolsa muchas más!

            Confieso que en aquel momento pensé haberme topado con un kami que vino a recompensar mis esfuerzos en esta sacrificada vida mía. Retomé el camino alegre, aliviados el peso de mi cuerpo y mi espíritu.

            Nada mas llegar al pueblo entré en la taberna que hay junto al templo y ordené una bien merecida comida pero cual fue mi sorpresa que cuando fui a echar mano a las monedas estas habían desaparecido. !En su lugar solo había un puñado de hojas secas, ramitas y tierra! Esa zalamera me había engañado, se había llevado gran parte de mis pertenencias y aprovechado de mi buen corazón. Pero por mi honor, señor yoriki que las monedas que vi eran reales, incluso las toqué y os aseguro que conozco bien el oro, pues no siempre fui tan pobre como me veis ahora. Empecé a preguntarme de dónde habría podido sacar esa pordiosera tal cantidad de dinero. Sin duda lo habría robado a algún samurai, o peor aún !podría haberlo asesinado! Ruego a su señoría que vaya a buscarla y la capture, ya no solo por lo que me ha robado, sino por la seguridad de todos. Se que sois un hombre valeroso y no será tarea difícil dar con ella.

...

            Me puse en camino sin perder tiempo con la esperanza de resolver todo este asunto con celeridad y poder volver a casa antes de despuntar el alba. Coloqué en el cinto mi jitte (estilete sin empuñadura y con un saliente utilizado para trabar las hojas de las espadas utilizado ampliamente por las fuerzas policiales) y me hice acompañar por el comerciante para que me sirviera de testigo e improvisado porta-linterna.



            No tardamos mucho en llegar, el mercader se detuvo unos pasos tras de mí, resollando como un caballo tras una batalla. El silencio inundaba el lugar. Si alguna vez hubo alguien allí estaba seguro que se habría marchado hace ya tiempo.

            Comencé a rastrear el borde del camino, sustituyendo el miedo por precaución tal y como indicaba el maestro (en este caso se refería Miyamoto Musashi  y su Go-rin-no-sho, o libro de los cinco anillos, famoso tradado sobre táctica y esgrima). Esperaba encontrarme de bruces con algún cadaver o con alguna otra escena mas dantesca si cabe. No quedé del todo defraudado, y un escalofrío recorre mi espalda cada vez que recuerdo aquella visión. Resguardada tras unas rocas yacía el cuerpo sin vida de una mujer, manchas de sangre seca teñian sus ropas y el suelo circundante, pisé una rama seca y su crujido fué seguido de unos chillidos agudos. Mi acompañante arrojó al suelo la lámpara y huyó despavorido. La luz tintineó formando sombras con formas diabólicas y los grititos reverberaban en las rocas dotando del lugar de una atmósfera ultra terrena.

            Afortunadamente la linterna no se apagó la alcé y su luz logró imbuirme algo de valor. La figura permanecía inerte y reconocí aquellos sonidos como el llanto de un bebé. Busqué con vehemencia su origen y no tardé en encontrarla, una niñita envuelta en unos ropajes sencillos, apenas contaba con unos días de vida, los mismos, supuse, que llevaría muerta la que sin duda había sido su madre. Por sus manchas deduje que murió desangrada mientras daba a luz. Aún me pregunto cómo pudo sobrevivir sola tanto tiempo, tampoco me explico qué hacía la niña rodeada de restos de bolas de arroz y cuencos con marcas de leche seca. Nada encontré en ellas que pudieran identificarlas, pues la mujer no llevaba más que lo puesto, no sería de extrañar que hubiera sido víctima de algún bandido sin escrúpulos que tras asaltarla abandonara a la pobre parturienta desvalida y tal vez herida. A parte del viejo trozo de vestido, la niña estaba desnuda, en su muñeca izquierda llevaba un pequeño rosario, y con su derecha abrazaba un muñequito hecho de tela multicolor con cascabeles en sus puntas.

...

            -Está bien Yoshimi-san- interrumpió el magistrado- Siempre has sido un sirviente leal y doy fe de la sinceridad de tus palabras, Por mi parte no veo en este caso crimen alguno, es obvio que el mercader bebió más de la cuenta esa noche y perdió en el camino parte de sus pertenencias y ahora pretende que nosotros sufraguemos sus pérdidas, sin embargo fue determinante a la hora de encontrar el cadáver de esa pobre desgraciada así que nos prestó un servicio al fin y al cabo. Dicto que se le reprenda por molestar a unos funcionarios innecesariamente y al mismo tiempo se le recompense por los servicios prestados, se le permitirá dar las gracias y marchar en paz y con la boca cerrada.

            -Así se hará mi señor- asintió Yoshimi.

            -En cuanto al otro problema...- el magistrado observó al bebé- supongo que habrá que dejarla al cargo de los monjes locales, ellos la cuidarán y quizá el día de mañana se vuelva una persona de provecho.

            -Señor, mi señor- contestó agitado el yoriki- en el monasterio solo hay hombres, no saben nada de cuidar niños, ¿No habría alguna otra manera?

            -¿Y que propones Yoshimi? No sabemos de donde viene, no la han reclamado, !Ni siquiera tiene un apellido!

            Yoshimi miró a la niña, ésta pataleaba en una improvisada cunita, quiso acariciarla y al acercar la mano la nenita agarró con fuerza su pulgar.

            -Lo tendrá, mi señor- dijo Yoshimi exhibiendo una gran sonrisa- Lo tendrá.




UBUME


            La muerte y el nacimiento, dos hechos traumáticos e ineludibles. La primera puede llegar a depender en cierto grado de nosotros mismos, si no en el momento y el lugar al menos si de cómo encararla, preparando nuestra alma y aplacando nuestra conciencia para dotar de cierta dignidad a tan infausto evento. Para algunos es una tragedia, para otros un deseo que no termina de llegar, para una minoría la oportunidad de alcanzar por fin la gloria.

            El nacimiento sin embargo es algo sobre lo que no tenemos control alguno, depende del todo de la voluntad del cielo y de la que nos ha de dar la vida. Exceptuando aquellas horribles bestias que optan por asesinar a la carne de su carne el instinto materno dota a la madre de una fortaleza sobrehumana, creándose a la vez que se separan sus cuerpos un vínculo eterno entre ella y su vástago, y digo bien, eterno, pues no habrá hombre o mujer sobre este mundo que no clame por su madre en su lecho de muerte.

            ¿Pero qué ocurriría si uniésemos ambos acontecimientos? El nacimiento con la muerte, la concepción con la tragedia, el fin de una vida cuando apenas ha comenzado, o la macabra ironía de perderla tratando de darla. Las muertes durante el parto y la mortandad infantil eran indudablemente abundantes en épocas pasadas pero el hecho no deja de ser infinitamente doloroso, especialmente para la mujer que ha recorrido un largo camino de nueve meses para desfallecer a escasos metros de su destino. ¿Frustración? ¿pena? ¿Quién soy yo para intentar describirlo? -Mi condición de varón me priva de padecer tal mal, al menos de una forma directa, y no es que un padre no sufra, que lo hace, por sus hijos pero admito que no es para nada lo mismo.

            Cuentan que a veces, si la voluntad de la parturienta es férrea, el amor grande o el agravio especialmente injusto la madre permanece junto a su hijo después incluso de la misma muerte, condenándose voluntariosa a vagar en este mundo para satisfacer, sobreviviera o no, a su prole.

            La más común de estas criaturas es llamada Ubume. Son espíritus de mujeres que han muerto poco antes de dar a luz o durante el parto. Su aspecto suele ser el del típico yokai  femenino, con largos cabellos sueltos, piel pálida y largas y raídas vestimentas que le cubren los pies, los cuales nunca dejan ver, con la particularidad de que suelen estar encintas, o portan en sus brazos a un bebé aunque también se las ha visto con las manos vacías persiguiendo a los transeúntes pidiendo ayuda e incluso han llegado entrar en tiendas y casas tratando de comprar o hacerse con artículos de primera necesidad.



           
Si el niño sobrevivió al parto la Ubume tratará de protegerlo o de alertar de la ubicación de la criatura, momento en el cual dejará de manifestarse. Si la criatura murió o no llegó a nacer la Ubume la acunará entre sus brazos y pedirá a algún viajero solitario que sostenga el bebé, si accede notará cómo el peso del niño va aumentando hasta hacerle desfallecer, si soporta el peso comprobará como la madre ha desaparecido y lo que sujeta con sus brazos es una enorme piedra. Si lo deja caer al suelo la Ubume proferirá un alarido que dejará una profunda huella en su víctima.

            En estos casos la única manera de liberar el alma de la Ubume es oficiar un ritual fúnebre para que el niño  pueda reencarnarse. Con este sencillo gesto el fantasma dejará de importunar a los mortales.


MU-ONNA


            Las mu-onna (literalmente mujeres huecas o vacías) son ubume consumidas por el odio y el rencor. Mientras que las primeras solo tratan de proteger a sus hijos las mu-onna persiguen la destrucción de aquellos con quienes se cruzan, también suelen arrebatar los bebés de otras mujeres e incluso matarlos si tiene la ocasión.

            Su aspecto suele ser idéntico a las ubume, diferenciándose en el aura de maldad que desprenden, la presencia de sangre y a veces la ausencia de ropa. Siempre ocultan su rostro ya que carecen de él, hecho por el cual suelen confundírseles con otra criatura llamada Noppera-bo. Se aconseja evitar los lugares donde habitan y en caso de toparse con una jamás acceder a sus peticiones y nunca tocar al niño. Apelar a los dioses suele ser suficiente para ahuyentarlas.



            El relato más antiguo sobre uno de estos seres se remonta al siglo XII siendo protagonista un gran guerrero llamado Urabe Suetake, servidor del señor  Minamoto no Yorimitsu.

            Estando acampado su ejército a la orilla de un río en la provincia de Mino. Suetake oyó que algunos de sus hombres se mostraban temerosos de cruzar por un vado cercano, famoso por ser la morada de una mu-onna que rogaba a los que pasaban por allí que la ayudaran a cruzar el río, los ilusos que accedían morían ahogados. Suetake, ansioso por calmar a sus hombres y sobre todo por demostrar su valía ante Yorimitsu quiso desafiar al espectro cruzando el río antes que nadie. al llegar al otro lado lanzaría una flecha para demostrar que el lugar era seguro.

            El valeroso guerrero nadó hasta la otra orilla, el vado no parecía peligroso y el agua apenas le llegaba hasta la altura del cuello. Se dispuso a disparar la flecha pero se vio interrumpido por la voz de una mujer que tal y como le habían contado sus soldados le rogó que sujetase a su hijo y nadara con él hasta la orilla contraria. Suetake, lejos de achantarse aceptó el reto, ató al pequeño a su cuello y de nuevo se internó en el agua. Al llegar a la mitad de su camino el peso del niño comenzó a hacerse casi insoportable pero Suetake no se dio por vencido y continuó avanzando. El espectro, al darse cuenta que el guerrero no pensaba rendirse comenzó a gritar desesperadamente. Todos aplaudieron al ver surgir del agua la figura de Uribe Suetake cargando algo a sus espaldas, una vez en tierra firme se arrodilló y con sus propias manos clavó una flecha en el suelo. Dentro del pequeño fardo no había más que un puñado de hojas secas. Al día siguiente el ejército cruzó el río y el fantasma nunca volvió a molestar a nadie.



ESPÍRITUS PROTECTORES


            En anteriores artículos  ya hablamos sobre espíritus vengativos y protectores, en sus terribles historias ha podido verse involucrado algún que otro infante y aunque de comportamiento similar no hay que confundirlas con las ubume o mu-onna.

            Según una antigua costumbre japonesa (relativamente antigua, pues se siguió realizando hasta bien entrado el siglo XVII), antes de construir un puente se realizaba un sacrificio humano, se enterraba viva a una persona. Estos pobres desdichados eran llamados hitobashira . Los japoneses consideraban a los puentes un nexo entre el mundo de los vivos y los muertos y para evitar que nadie cruzase al extremo equivocado se tomaban dos medidas, la primera jamás construir un puente recto ya que los espíritus siempre avanzan en línea recta y jamás muestran sus pies, simbolizando con ello su no conexión con la tierra, así si intentaran atravesar un puente curvo quedarían rápidamente en evidencia. La segunda era atar a un guardián, esa era la función del hitobashira. Si por casualidad el sacrificado era una mujer embarazada podría llegar a manifestarse de la misma manera que lo hace una ubume.

            Otro famoso caso es el de Umetsu Chubei, samurai al servicio de Satake Yoshinobu. Mientras realizaba una guardia nocturna en la puerta principal del antiguo castillo de Yotoke, Chubei fue protagonista de uno de los hechos más asombrosos que se recuerdan en toda la provincia de Dewa.

            Pasada ya la media noche, una misteriosa joven que cubría su cara se acercó hasta las cercanías de la fortaleza con lo que parecía ser un recién nacido en sus brazos. Chubei, advertido de las criaturas que durante la noche solían embaucar a los hombres hizo caso omiso de la mujer. Al verse ignorada la misteriosa figura se aproximó un poco más y llamó al guardia por su nombre y le rogó que sujetara al niño mientras atendía un asunto de extremada urgencia. Confuso, Chubei dejó a un lado su lanza y lo acunó torpemente a la vez que la mujer se alejaba a gran velocidad.



           
Conforme iba pasando el tiempo Chubei empezó a sentirse cada vez más cansado, sentía como si el pequeño estuviera creciendo por momentos pero tras examinarlo comprobó que no era su tamaño lo que aumentaba sino su peso. Agudas punzadas de dolor picoteaban sus brazos e hilillos de sudor comenzaban ya a surcar su frente. Sabía que ese niño no podía ser humano, pero había hecho una promesa y por su honor que la vería cumplida aunque de ello dependiera su vida. A punto estuvo de rendirse cuando rompiendo el silencio de la noche imploró a Buda el misericordioso que le concediera fuerzas para no dejar caer a la criatura. Casi de inmediato el niño desapareció y hubiera caído desvanecido si no fuera por la misteriosa mujer que sin saber cómo apareció a su lado y le abrazó justo antes de tocar el suelo.

            Chubei pudo admirar por primera vez la extremada belleza de su misteriosa salvadora.

            -Mi querido Umetsu- dijo - Hoy me habéis prestado un gran servicio. Has de saber que en realidad soy el espíritu que habita en el santuario del pueblo donde vives. Esta noche una mujer se puso de parto, la cosa se complicó y sus padres, fieles devotos imploraron mi ayuda pero mi poder no iba a ser suficiente para salvar a la madre y a su hijo así que no tuve más remedio que acudir a vos, os conozco y sé que sois un hombre fuerte y de buen corazón. El niño que os entregué era el hijo no nato y el peso que soportasteis era el peligro que corría su vida. Por un momento pensé que no lo conseguiríais y las puertas del nacimiento se cerrarían para él pero invocasteis la ayuda del cielo y esta os fue concedida. Vuestra acción no quedará sin recompensa, parte de la fuerza que recibisteis permanecerá para siempre en tu familia, así tú mismo, tus hijos y los hijos de tus hijos la heredarán.

            Con estas palabras el espíritu desapareció.

            Al llegar a su hogar Chubei preguntó a su esposa si conocía de alguna vecina que hubiera dado a luz esa pasada noche. De ese modo averiguó que justo a la misma hora que él estaba soportando su pesada carga nació no lejos de allí un precioso niño.

            Desde entonces fue capaz de partir maderos y rocas de un solo golpe, de levantar grandes pesos casi sin esfuerzo y de recorrer largas distancias sin casi notarlo. Umetsu Chubei cayó durante la batalla de Sekigahara  cuando su señor optó por cambiar de bando y traicionar a su daimyo. Chubei le siguió hasta el final y en el campo del honor le dieron muerte alcanzando a su vez reconocimiento y gloria eternas. Tal y como se le prometió todos sus descendientes disfrutaron de una fuerza sobrehumana así fue y así es hasta el día de hoy. Eso cuentan en la provincia de Dewa.


HONRARÁS A TU PADRE Y A TU MADRE



            Eso dice el cuarto mandamiento de la ley de Dios. No es un mandato vano y casi todas las religiones así lo ordenan. Los que aún podáis abrazad fuertemente a vuestra madre, los que no recordad lo que hizo por vosotros, sabed que siempre estará a vuestro lado, no como una ubume, sino como un espíritu protector que vela por vosotros. Cuando necesitéis su ayuda pedidla sin dudar, ella encontrará la manera de llegar hasta vosotros.

13 nov 2016

TAXIS FANTASMA


TATSUYA O EL MODERNO CARONTE

                           
            Era una noche más en Ishinomaki. Apoyado en su taxi el viejo Tatsuya apuraba un cigarro mientras aguardaba con un mal disimulado tedio en la estación central. Odiaba el turno de noche, casi no había carreras y le deprimía recorrer las zonas afectadas por el terremoto. Habían sido reconstruidas en su mayoría, no ocurría como esos otros países que veía en las noticias los cuales tardaban años en recuperarse. Muchas calles contaban ya con edificios aún mejores que los anteriores, el pavimento fue repintado y hasta los viejos semáforos los habían sustituido por otros mucho más modernos. Pero lo malo de haber sobrepasado la cincuentena es que arrastras contigo demasiados recuerdos: “ahí antes estaba el bar de Taro, esto era una academia de idiomas, mi primera novia vivía allí, Aquí nací yo” Cada cambio suponía una pequeña muerte y en el silencio de la noche, casi sin personas que le dieran vida a la pequeña población  parecía que transitara en algún lugar indeterminado entre la vida y la muerte.

            De repente algo, o más bien alguien interrumpió sus lúgubres pensamientos. Una señora se aproximó lentamente a su vehículo. Tatsuya dio un respingo, no la había visto venir, pero al ser el único taxi que había intuyó que la mujer precisaba de sus servicios, así que entró en el coche, se ajustó sus guantes y accionó el mecanismo de apertura de la puerta trasera.

            Ella subió y sin dar las buenas noches le espetó “Al distrito Minamihama”.

            Tatsuya supuso que la mujer se había confundido, o tal vez estaba bebida, a esa hora y sola... Mas los años de servicio y la educación propia de la vieja escuela le otorgaban al viejo esa sutilidad de la que carecen hoy día los novatos.

            “Mil perdones señora, estaba distraído y no le he oído bien”.

            “Al distrito Minamihama por favor”.


            
Apenas podía dar crédito a sus oídos, el distrito Minamihama era una de las pocas zonas que quedaban por reedificar, estaba llena de solares y máquinas de construcción.


            “Disculpe mi curiosidad señora, ¿Está usted segura de su destino?, en esa parte no hay nada, solo ruinas”

            La mujer clavó sus ojos en el espejo retrovisor, cruzando así la mirada con el intrigado Tatsuya. Su rostro estaba extrañamente pálido, y su pelo parecía mojado, como quien se acaba de duchar o no ha podido librarse de un chaparrón repentino.

            Transcurrieron cinco tensos segundos antes de que la señora hablara.

            “Entonces” – un súbito escalofrío recorrió la espalda del viejo taxista- entonces yo” – la mujer se llevó las manos a las mejillas y abrió ampliamente sus ojos a la par que bajaba sus pupilas – entonces yo estoy MUERTA”.

            Tatsuya se giró como impulsado por un resorte invisible. El asiento trasero estaba vacío.

            “Cada cambio es una pequeña muerte” – se repitió mentalmente. Quizá la muerte también se había fijado en él. Empezó a plantearse desde cuando realizaba el turno de noche, o cual fue la última vez que discutió con un compañero o de qué hablaron. Es posible que si hay muertos que no son conscientes de  que están muertos también haya vivos que tampoco sepan que están vivos.

            Enfrascado en sus pensamientos salió de su taxi, suspiró y sin ninguna prisa encendió otro cigarro.


LOS MUERTOS VIAJAN DEPRISA
Y EN TAXI


            O al menos así lo afirma el siete por ciento de los taxistas en Japón. Según un estudio realizado durante dos años por Yuka Kudo, profesora de sociología de la universidad Tohoku Gakuín muchos de estos profesionales afirman haber vivido algún tipo de experiencia paranormal desde el desastre de marzo del 2011.

La doctora Yuka Kudo, autora estudiosa del fenómeno en la zona de Ishinomaki.

            Uno de estos profesionales relató cómo una chica de unos veinte años subió a su vehículo y sin mediar palabra apuntó con el dedo hacia el frente. Tras insistir mucho el taxista logró arrancarle una sola palabra ´Hiyoriyama´. Raudo, el conductor se encaminó hacia ese lugar, al llegar a su destino se percató de que la mujer se había desvanecido.

            En otra ocasión, no muy cerca de allí otro taxista pudo ver a una niña de corta edad completamente sola, ataviada con ropas inadecuadas para la época del año en la que se encontraba. Creyendo que se había extraviado detuvo el coche y le preguntó dónde se encontraban sus padres, al principio no recibió respuesta, luego el hombre la invitó a entrar en el taxi y llevarla a su casa. La chiquilla accedió, de nuevo el destino era Hiyoriyama. Esta vez y antes de desaparecer la pequeña le dijo ´Gracias señor´ . El taxista comprobó que a un lado de la carretera descansaban las ruinas de una casa destruida por el tsunami. Siendo consciente de lo que había ocurrido se detuvo, caminó hasta la fachada e hizo una profunda reverencia.

            Estos testimonios  suelen tenerse muy en cuenta, ya que las carreras no pagadas deben ser sufragadas por el conductor y los taxis no son precisamente baratos en este país. Muchos de ellos conservan las facturas de servicios impagados así como el respectivo cargo en sus nóminas.

Testigo de lo insólito
           
            Aunque el fenómeno parece haberse disparado dese esa fatídica fecha no se trata de ninguna novedad o moda pasajera, se conocen casos de pasajeros fantasmas desde mucho antes. Se cuenta que  cerca del cementerio de Aoyama,  en Tokio, durante una lluviosa noche de otoño un taxista recogió a una jovencita de aspecto desolado y completamente empapada. La dirección a la que pretendía llegar quedaba un poco lejos y ninguno de los dos cruzó palabra alguna. El hombre quiso así respetar con su silencio a alguien que probablemente regresaba de visitar a algún pariente recientemente fallecido.

            Cuando llegaron a su destino la chica pidió que la esperara, bajó del coche y permaneció de pié bajo la lluvia mirando fijamente la ventana del segundo piso de un modesto bloque de apartamentos, la única que a esas horas de la noche aún permanecía encendida. Diez minutos más tarde dio al taxista una nueva dirección, una casa de un barrio de clase alta en las afueras de la ciudad. Como en los casos anteriores la pasajera desapareció , dejando tras de sí un asiento vacío y muchísimas preguntas.

            Al percatarse de la presencia del taxi un señor de mediana edad salió de la casa y se acercó al sorprendido conductor y le entregó un sobre que contenía en su interior el importe exacto de la carrera. Le explicó que la chica había sido su hija, la cual falleció en un accidente de tráfico y recibió sepultura en el cementerio de Aoyama. De vez en cuando pide a alguien que la lleve a la casa de su antiguo novio y después a esta dirección, la que fue su casa.

            Los casos son tan abundantes como variopintos: pasajeros que aparecen de la nada asustando a sus ocupantes, mujeres acosadas por unas manos invisibles, chóferes que ven en el espejo retrovisor a un niño en el asiento trasero...


            Si alguna vez paseáis por Japón y se os hace tarde no lo dudéis, levantad la mano y llamad a un taxi, os lo pasaréis de muerte.

CARROS ESPECTRALES

                  
         En la ciudad de Gotemba, prefectura de Shizuoka, los más viejos del lugar recuerdan historias sobre un carrito fantasma que recorría las calles próximas al cementerio local, era de un inusual color blanco, lucía un crespón familiar muy antiguo, sus ruedas no emitían ningún sonido tampoco llevaba pasajero alguno ni sirviente que tirara de él. Su destino sigue siendo un misterio, no se sabe de nadie que lo parara o subiese en él, y si alguien lo hizo  nunca quiso o pudo contarlo.

            Ya apenas se ven carritos (o rikisha) por las calles de la capital. Estos han sido sustituidos por elegantes vehículos a motor. Como ya hemos visto vivos y muertos por igual hacen uso de ellos y no solo como meros clientes.

            Y es que ya desde el periodo de entreguerras se han producido avistamientos de vehículos fantasmales, normalmente taxis de color blanco (el color de la muerte en este país), circulando a altas velocidades y sin nadie al volante.

Un presunto vehículo fantasma a punto de provocar un accidente.

          
  Suelen aparecer por las zonas aledañas al palacio imperial, en Tokio aunque también se han dado casos en Nagoya y Namba (Osaka).

            ¿Por qué querría un muerto mostrarse ante alguien y subirse a un taxi? ¿Qué motivaría a alguien que se supone que ha superado el mundo material? Creo que muchos de ellos siguen perdidos, en esa zona gris entre la vida y la muerte. Se les haría tarde, demasiado tal vez. Piden que se les lleve a su hogar, anhelan cruzar ese portal y poder al fin descansar para siempre.


                





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15 ago 2016

ELLAS SIEMPRE VUELVEN


ELLAS SIEMPRE VUELVEN


                No es extraño que una mujer te abandone, en la mayoría de las ocasiones la causa proviene de un desengaño, una unión en la que el amor por su parte nunca existió o simplemente que no obtuvo de ti lo que ambicionaba.

            Suele ser triste pero en el fondo la vida sigue y podría ser peor. Cabría darse el caso en el que la desunión no fuera posible, entonces tu vida y la de los tuyos se convertirá en un infierno y las consecuencias podrían ser fatales.

            El amor verdadero y el despecho o la traición, un juego peligroso si es una mujer la que está implicada en él, ya lo vimos anteriormente con Kiyohime y Oiwa. Si pierdes volverá, tenlo por seguro, regresará una y otra vez, no importa si es de día o de noche, si hace calor o frío, si está viva o muerta. Ellas siempre vuelven y no siempre lo hacen con buenas intenciones.


EL FANTASMA DE AIZUWAKAMATSU


                 Se cuenta que hace mucho tiempo vivía un matrimonio en las tierras que hoy se conocen como Fukushima, lugar de infausto recuerdo para aquellos que tienen corazón y memoria. Era una pareja como cualquier otra, el marido, de nombre Iyo  trabajaba y su mujer atendía las labores del hogar. Nada malo se decía de ellos, su existencia se hubiera diluido en el tiempo si no fuera por un incidente que tuvo lugar en su residencia y que aún hoy día cuentan los lugareños en voz baja, quizá temerosos de que alguien, o algo, les esté escuchando indebidamente.

            Encontrábanse descansando cuando una noche la esposa de Iyo escuchó cómo alguien llamaba a la puerta, Muy extrañada ya que era muy tarde se acercó con sigilo y sin abrir preguntó quién era y qué buscaba.

            Una ronca voz femenina pronunció una única palabra: Iyo, el nombre de su marido. Le estaba buscando y a pesar de que la mujer le instó a que se marchara la intrusa no paró de invocar a Iyo, el cual extrañamente parecía haber caído en un profundo sueño.

            La esposa que era muy devota solía guardar cerca de la cama un ofuda, un amuleto de protección escrito en papel de arroz que solía usarse para ahuyentar a los malos espíritus.

            Armándose de todo el valor que pudo reunir abrió la puerta y evitando mirar directamente mostró el manuscrito a lo que quiera que estuviese allí.

            Con un suave lamento, la forma fantasmal de una mujer fue desdibujándose como una nube de humo que se disipa ante la brisa.

            No fue ese el fin de la historia, pues el espíritu volvió a atormentar a la mujer justo al día siguiente, y ni tan siquiera era de noche, ocurrió mientras preparaba la comida. De entre las brasas en las que lentamente se calentaba la olla una silueta comenzó a formarse y con la misma insistencia de la jornada anterior volvió a llamar a Iyo.

            Y así un día tras otro hasta contar cuatro, la mujer espectral aparecía en los alrededores de la casa, golpeando una pequeña campana con un martillito, exigiendo la presencia del hombre de la casa, del cual conocía muy bien su nombre.



            El marido, testigo de una de estas manifestaciones juró por lo más sagrado que no reconocía a esa mujer y no recordaba haber hecho algo tan terrible como para merecer ningún castigo venido de ultratumba.

            El séptimo día la esposa, cansada ya del asedio que venían sufriendo acudió al templo local y se encomendó a varios kami  protectores, rezó intensamente, tanto es así que por fin esa noche la pareja pudo dormir tranquila, pues la dama fantasmal no hizo acto de presencia.

            Mas pensando confiada en que la pesadilla había acabado, la mujer reanudó su vida normal.  Creyéndose a salvo omitió sus rezos diarios habituales y tras un largo día de trabajo  se dispuso a descansar.

            Un escalofrío la despertó, su marido dormía plácidamente junto a ella, podía sentir su calor, pero al otro lado

            Al otro lado una sombra sin cuerpo se movía por las paredes de la habitación, y de las paredes pasó al suelo, una mancha negra que se desplazaba directamente hacia su cama, hacia ella.

            La oscuridad comenzó a cobrar forma, y de ella surgió lentamente la mujer fantasma que mostraba una sonrisa macabra a la vez que susurraba “Iyooo” Luego estiró sus manos y comenzó a masajear los pies de la esposa, que pudo notar claramente el tacto del espectro, era real, físico, notaba sus dedos duros, huesudos pero lo que más la horrorizó, la que casi la volvió loca fue sentir cómo le recorría por sus piernas un sentimiento helador, el intenso frío de la muerte misma.

            Un grito desgarrador rompió el hechizo, su marido se despertó sobresaltado y contempló a su mujer empapada en sudor y temblando descontroladamente.

            Esto fue demasiado para ella, al día siguiente decidió abandonar para siempre la casa y no volver jamás.

            Desde entonces las apariciones se detuvieron, Iyo se recluyó cada día más en sí mismo. No se volvió a casar y tras varios años murió solo.

            Nadie averiguó nunca la identidad del fantasma, tampoco las razones que la movieron a hacer lo que hizo. Hubo muchos rumores, muchas preguntas sin respuesta, se llegó a afirmar que pudiera haber sido una amante que al verse rechazada se suicidó, o tal vez fue asesinada, se dijo que amaba tanto a Iyo que no permitiría que ninguna mujer se le acercase, que le vigilaría hasta el fin de sus días y luego le acompañaría por toda la eternidad. Sea cual fuere la verdad se la llevó consigo a la tumba y lo único que dejó atrás fue una vieja casa y un gran misterio.



PERJURIO


            La palabra de un samurái es inquebrantable, no hay mayor pecado para ellos que romperla, no hay castigo en este mundo o en el otro que pueda compensarlo.

            En esta segunda historia veremos varias similitudes con la primera, pero mientras que en la anterior el suceso acontecía en el seno de una familia plebeya y los motivos se desconocen esta ocurre en una casa noble y, o bien por estar mejor documentada o por pretender servir de lección para todos, queda bien claro la identidad del aparecido y las acciones que conducen a un funesto desenlace.

            La protagonista sigue siendo una mujer.  Animal emocional por excelencia es la candidata perfecta para encarnar los pecados más profundos del budismo, así como para ser la víctima perfecta de los males causados por otros. La debilidad que el amor romántico trae, el sufrimiento causado por la venganza, la angustia con la que nos castiga el miedo, todas ellas pasiones muy negativas y perjudiciales.

            En esta historia se da una particular dualidad y es que la “aparecida” es a la vez víctima y verdugo, y lo mismo puede afirmarse de los otros personajes ya que el marido es a la vez causa y efecto, y la segunda esposa provoca inconscientemente las iras del fantasma e igualmente es otra víctima inocente que cierra el círculo fatal, uniendo su condición a la de la primera esposa en una terrible escena final.

            Sacad vuestras propias conclusiones pero recordad, las palabras son como las huellas dejadas en la nieve, no importa cuán rápido corras, te seguirán a donde quiera que vayas.


ÚLTIMAS VOLUNTADES


            -“Te lo juro”- dijo el desconsolado marido- “Nunca hubo otra en mi vida más que tú ni tampoco la habrá”.

            -“Amor mío”- respondió una temblorosa voz –“¿Lo dices en serio?”.

            -“Absolutamente, no volveré a casarme, y esto es tan verdad como que daría mi vida a cambio de la tuya si los dioses así me lo permitieran”- Se reafirmó él mientras trataba de evitar las lágrimas que amenazaban con inundar su rostro.

            -“En ese caso quisiera hacerte una última petición. Deseo que entierres mi cuerpo en el jardín trasero, así siempre podré estar cerca de ti. No era mi intención pedírtelo pero como dices que nunca te volverás a casar no puedo permitir que pases solo el resto de tu vida, sin embargo si piensas rehacer tu vida no te lo tendré en cuenta, solo entiérrame lejos para que pueda marchar en paz”.

            -“Se hará como dices esposa mía, te enterraré en el jardín y cuidaré tu tumba personalmente todos los días”.

            -“Oh, en medio de todo este dolor me siento dichosa de nuevo, igual que el día en que nos conocimos. ¿Podrías sepultarme junto con una campanilla, como esas que llevan los peregrinos?”.

            -“Por supuesto”.

            -“Gracias amado mío, muchas gracias”.

Con estas palabras tocó a su fin la corta vida de la mujer y el joven viudo erigió un gran monumento funerario en el jardín, a la sombra de los hermosos cerezos que a ella tanto le gustaban, allí la enterró sin olvidarse de la campanilla de peregrino.

Lamentablemente el samurái se volvió a casar, y hay que decir en su defensa que no fue por voluntad propia sino más bien por falta de la misma ya que la presión ejercida por su familia fue decisiva a la hora de decidir el  contraer segundas nupcias. Él era hijo único, no era demasiado mayor y su deber como miembro de la casta samurái era la de perpetuar su apellido y a la vez honrar a sus antepasados, la situación se le presentó harto complicada pero bien es cierto que el ver a la candidata, una jovencísima muchacha de diecisiete años ayudó sobremanera a la hora de cumplir con sus obligaciones.



No fue hasta el séptimo día que el esposo no tuvo que abandonar el hogar y acudir al castillo, donde su señor le había reclamado para ciertas tareas de escasa importancia. Esa noche, la primera que la mujer pasaba sola en la casa, no le resultó en modo alguno apacible.

Sobre la hora del buey (las tres de la mañana), sintió cómo el aire se volvía espeso y opresivo, presentía que algo no andaba bien y de repente el sonido de una campanilla rompió el silencio de la noche. Aterrada reclamó la ayuda de los criados, mas por mucho que los agitaba y gritaba no lograba despertarlos. El tintineo de la campanilla se aproximaba cada vez más y más, directo hacia su casa, ¿Qué clase de peregrino, se preguntó, podría dedicarse a pasear a esas horas tan intempestivas? Y sobre todo ¿Porqué lo hacía por la parte trasera de la casa donde no hay camino alguno?

Los perros comenzaron a aullar lastimeramente, el tintineo se oía muy cerca, y la presencia del peregrino se adivinaba ya dentro de los muros de la casa. ¿Pero cómo era aquello posible?

No lo era, no se trataba de ningún peregrino, una mujer, o debería decir los despojos de lo que una vez fue una mujer entraron en la habitación de la muchacha, con las cuencas de los ojos vacías y unas manos esqueléticas que rítmicamente hacían sonar una campanilla esparciendo por la estancia el olor dulzón de aquello que lleva largo tiempo muerto. Flotaba más que andaba y entre los lamentos de los canes habló la difunta:

! En  mi casa no! ¡En mi casa no! Este sigue siendo mi hogar y aquí tú eres una intrusa, abandona este lugar y olvídate de él para siempre, márchate mañana al alba y no le cuentes a nadie lo que has visto. Si lo haces yo misma te despedazare”

La joven esposa habiendo llegado al límite de lo que su frágil mente podía soportar cayó desvanecida y así permaneció hasta que a la mañana siguiente unos criados la encontraron tumbada en el suelo como una muñeca a la que hubieran arrojado después de jugar con ella.



El frescor de las primeras horas de la mañana junto con un glorioso sol que brillaba intensamente en un precioso cielo azul despejaron sus pensamientos y se convenció a sí misma que la experiencia sufrida la noche pasada no fue más que un mal sueño, una vívida pesadilla provocada por la ausencia de su marido y la soledad en una casa para ella aún extraña.

La noche siguiente no le dejó lugar a dudas, a la misma hora, la del buey, los perros la despertaron con sus llantos pero en esta ocasión unas manos invisibles asían sus brazos y sus piernas y por mucho que se agitara no había fuerza en el mundo que pudiera librarla de sus invisibles ataduras. La difunta volvió a entrar en la habitación, anunciándose a sí misma mediante el tintineo de su campanilla, una espesa niebla cubría sus piernas, la muerta se arrodilló y acercó su pútrida faz a la de la joven esposa y con un nauseabundo aliento volvió a advertirle:

-“Márchate y no vuelvas, no hables con nadie, no mires atrás, de lo contrario te destrozaré”.



El samurái encontró a su esposa guardando algunas de sus pertenencias en un hatillo de viaje, parecía muy agitada, al verla la agarró de un brazo y con los ojos muy abiertos le preguntó qué estaba haciendo.

-“Perdóname esposo mío, soy una ingrata y no merezco tu atención, quiero volver a mi casa con mis padres, no me preguntes porqué”-  gritó ella lastimeramente.

-“Debo hacerlo, debo saberlo, ¿Acaso no eres feliz aquí?, ¿Te ha hecho alguien algo de lo que te avergüences? Si es así dímelo sin miedo y yo haré justicia.”- dijo el marido

-“No es eso, todos me han tratado con gran amabilidad pero si de verdad te importo debes concederme el divorcio y dejarme marchar ¡Te lo ruego!”

-“Repudiarte sin más sería un insulto para tu familia, y hacerlo sin dar una explicación plausible haría recaer las sospechas sobre mí, la reputación de esta casa sufriría, por no decir la tuya. Si me presentas una excusa razonable escribiré sin más una carta de divorcio y podrás marcharte pero no permitiré que se mancille el honor de mi apellido por algo que no logro entender”.- sentenció el samurái.

Tras llorar un largo rato la muchacha se recompuso y de forma atropellada las palabras brotaron de su boca y contó a su esposo todo lo que había vivido durante su ausencia, se culpó de estúpida y supersticiosa pero a la vez ahora que había confesado temía más por su vida, comenzó a temblar y a sollozar.

-“Ahora ella me matará, va a matarme, vendrá a por mí y me matará”

El samurái, con el semblante serio la observó reflexivo y luego habló:

“Esposa mía, comprendo que mi ausencia te haya causado sufrimiento y lamento el no poder estar a tu lado esta noche, pero ante todo sirvo a mi señor y debo volver al castillo pero no has de preocuparte, dejaré aquí a dos de mis mejores sirvientes. Son buenas personas, ellos te acompañarán en todo momento y cuidarán de ti”

De mala gana, por no negar nada a su marido, ella aceptó.

Los hombres que la acompañaban eran de buen carácter, darían su vida por ella si fuera necesario, ella lo sabía y le reconfortaba. A la hora habitual se retiró a dormir y sus guardianes se ocultaron tras un biombo en el cual iniciaron una partida de go para hacer más llevadera la velada que les esperaba.

La campanilla sonó a la hora del buey, el tintineo de la muerte, el escalofriante repiqueteo de metal contra metal. La joven se incorporó, corrió desesperada hacia sus custodios. Ambos parecían como congelados, la campanilla sonó cada vez con más intensidad, el horror se dibujó en su cara mientras una sombra parecía engullirla. Nadie la oyó gritar

No fue hasta la mañana siguiente que el marido regresó del castillo, ninguno de los sirvientes salió a recibirlo. Sospechando que algo no iba bien recorrió a grandes zancadas el corredor que le llevaba a los aposentos privados de su esposa. Allí encontró su cuerpo, tumbada indecorosamente entre un enorme charco de sangre, y digo bien, encontró su cuerpo, pero no su cabeza.

Apartó de un golpe el biombo y los guardias se despertaron con un sobresalto. Apenas tuvieron tiempo de horrorizarse pues tuvieron que ir tras su señor que como un poseso salió de la habitación siguiendo un rastro de sangre que recorría la casa en dirección al jardín trasero.



Allí se toparon con la “cosa”, una criatura infernal que con espasmódicos movimientos se giró lentamente, aún vestía la mortaja que él mismo eligió para ella, el resto solo era un amasijo de pelo, huesos y carne reseca y putrefacta. Uno de los guardias desenvainó su arma y encomendándose a los dioses asestó un mandoble que descompuso de una vez por todas al ser el cual quedó por fin inerte, exceptuando esa araña blanca que formaba su mano, que seguía agitándose, negándose a entregar su trofeo: la cabeza arrancada de cuajo de la joven esposa que aún mantenía los ojos abiertos con las pupilas clavadas en el cielo y la boca medio abierta con una expresión de profundo terror. De su cuello aún pendían tendones y colgajos de carne de los que todavía goteaba la sangre


EPÍLOGO


            Espero que os hayan gustado estas historias amigos, o que al menos os hayan hecho pasar un “mal rato” mientras las leíais. Pensáoslo bien cuando en vuestro próximo aniversario le compréis a vuestras compañeras ese osito tan mono que lleva escrito en su barriguita “Tuyo para siempre”, no sea que se tomen el asunto “demasiado en serio”.