13 nov 2016

TAXIS FANTASMA


TATSUYA O EL MODERNO CARONTE

                           
            Era una noche más en Ishinomaki. Apoyado en su taxi el viejo Tatsuya apuraba un cigarro mientras aguardaba con un mal disimulado tedio en la estación central. Odiaba el turno de noche, casi no había carreras y le deprimía recorrer las zonas afectadas por el terremoto. Habían sido reconstruidas en su mayoría, no ocurría como esos otros países que veía en las noticias los cuales tardaban años en recuperarse. Muchas calles contaban ya con edificios aún mejores que los anteriores, el pavimento fue repintado y hasta los viejos semáforos los habían sustituido por otros mucho más modernos. Pero lo malo de haber sobrepasado la cincuentena es que arrastras contigo demasiados recuerdos: “ahí antes estaba el bar de Taro, esto era una academia de idiomas, mi primera novia vivía allí, Aquí nací yo” Cada cambio suponía una pequeña muerte y en el silencio de la noche, casi sin personas que le dieran vida a la pequeña población  parecía que transitara en algún lugar indeterminado entre la vida y la muerte.

            De repente algo, o más bien alguien interrumpió sus lúgubres pensamientos. Una señora se aproximó lentamente a su vehículo. Tatsuya dio un respingo, no la había visto venir, pero al ser el único taxi que había intuyó que la mujer precisaba de sus servicios, así que entró en el coche, se ajustó sus guantes y accionó el mecanismo de apertura de la puerta trasera.

            Ella subió y sin dar las buenas noches le espetó “Al distrito Minamihama”.

            Tatsuya supuso que la mujer se había confundido, o tal vez estaba bebida, a esa hora y sola... Mas los años de servicio y la educación propia de la vieja escuela le otorgaban al viejo esa sutilidad de la que carecen hoy día los novatos.

            “Mil perdones señora, estaba distraído y no le he oído bien”.

            “Al distrito Minamihama por favor”.


            
Apenas podía dar crédito a sus oídos, el distrito Minamihama era una de las pocas zonas que quedaban por reedificar, estaba llena de solares y máquinas de construcción.


            “Disculpe mi curiosidad señora, ¿Está usted segura de su destino?, en esa parte no hay nada, solo ruinas”

            La mujer clavó sus ojos en el espejo retrovisor, cruzando así la mirada con el intrigado Tatsuya. Su rostro estaba extrañamente pálido, y su pelo parecía mojado, como quien se acaba de duchar o no ha podido librarse de un chaparrón repentino.

            Transcurrieron cinco tensos segundos antes de que la señora hablara.

            “Entonces” – un súbito escalofrío recorrió la espalda del viejo taxista- entonces yo” – la mujer se llevó las manos a las mejillas y abrió ampliamente sus ojos a la par que bajaba sus pupilas – entonces yo estoy MUERTA”.

            Tatsuya se giró como impulsado por un resorte invisible. El asiento trasero estaba vacío.

            “Cada cambio es una pequeña muerte” – se repitió mentalmente. Quizá la muerte también se había fijado en él. Empezó a plantearse desde cuando realizaba el turno de noche, o cual fue la última vez que discutió con un compañero o de qué hablaron. Es posible que si hay muertos que no son conscientes de  que están muertos también haya vivos que tampoco sepan que están vivos.

            Enfrascado en sus pensamientos salió de su taxi, suspiró y sin ninguna prisa encendió otro cigarro.


LOS MUERTOS VIAJAN DEPRISA
Y EN TAXI


            O al menos así lo afirma el siete por ciento de los taxistas en Japón. Según un estudio realizado durante dos años por Yuka Kudo, profesora de sociología de la universidad Tohoku Gakuín muchos de estos profesionales afirman haber vivido algún tipo de experiencia paranormal desde el desastre de marzo del 2011.

La doctora Yuka Kudo, autora estudiosa del fenómeno en la zona de Ishinomaki.

            Uno de estos profesionales relató cómo una chica de unos veinte años subió a su vehículo y sin mediar palabra apuntó con el dedo hacia el frente. Tras insistir mucho el taxista logró arrancarle una sola palabra ´Hiyoriyama´. Raudo, el conductor se encaminó hacia ese lugar, al llegar a su destino se percató de que la mujer se había desvanecido.

            En otra ocasión, no muy cerca de allí otro taxista pudo ver a una niña de corta edad completamente sola, ataviada con ropas inadecuadas para la época del año en la que se encontraba. Creyendo que se había extraviado detuvo el coche y le preguntó dónde se encontraban sus padres, al principio no recibió respuesta, luego el hombre la invitó a entrar en el taxi y llevarla a su casa. La chiquilla accedió, de nuevo el destino era Hiyoriyama. Esta vez y antes de desaparecer la pequeña le dijo ´Gracias señor´ . El taxista comprobó que a un lado de la carretera descansaban las ruinas de una casa destruida por el tsunami. Siendo consciente de lo que había ocurrido se detuvo, caminó hasta la fachada e hizo una profunda reverencia.

            Estos testimonios  suelen tenerse muy en cuenta, ya que las carreras no pagadas deben ser sufragadas por el conductor y los taxis no son precisamente baratos en este país. Muchos de ellos conservan las facturas de servicios impagados así como el respectivo cargo en sus nóminas.

Testigo de lo insólito
           
            Aunque el fenómeno parece haberse disparado dese esa fatídica fecha no se trata de ninguna novedad o moda pasajera, se conocen casos de pasajeros fantasmas desde mucho antes. Se cuenta que  cerca del cementerio de Aoyama,  en Tokio, durante una lluviosa noche de otoño un taxista recogió a una jovencita de aspecto desolado y completamente empapada. La dirección a la que pretendía llegar quedaba un poco lejos y ninguno de los dos cruzó palabra alguna. El hombre quiso así respetar con su silencio a alguien que probablemente regresaba de visitar a algún pariente recientemente fallecido.

            Cuando llegaron a su destino la chica pidió que la esperara, bajó del coche y permaneció de pié bajo la lluvia mirando fijamente la ventana del segundo piso de un modesto bloque de apartamentos, la única que a esas horas de la noche aún permanecía encendida. Diez minutos más tarde dio al taxista una nueva dirección, una casa de un barrio de clase alta en las afueras de la ciudad. Como en los casos anteriores la pasajera desapareció , dejando tras de sí un asiento vacío y muchísimas preguntas.

            Al percatarse de la presencia del taxi un señor de mediana edad salió de la casa y se acercó al sorprendido conductor y le entregó un sobre que contenía en su interior el importe exacto de la carrera. Le explicó que la chica había sido su hija, la cual falleció en un accidente de tráfico y recibió sepultura en el cementerio de Aoyama. De vez en cuando pide a alguien que la lleve a la casa de su antiguo novio y después a esta dirección, la que fue su casa.

            Los casos son tan abundantes como variopintos: pasajeros que aparecen de la nada asustando a sus ocupantes, mujeres acosadas por unas manos invisibles, chóferes que ven en el espejo retrovisor a un niño en el asiento trasero...


            Si alguna vez paseáis por Japón y se os hace tarde no lo dudéis, levantad la mano y llamad a un taxi, os lo pasaréis de muerte.

CARROS ESPECTRALES

                  
         En la ciudad de Gotemba, prefectura de Shizuoka, los más viejos del lugar recuerdan historias sobre un carrito fantasma que recorría las calles próximas al cementerio local, era de un inusual color blanco, lucía un crespón familiar muy antiguo, sus ruedas no emitían ningún sonido tampoco llevaba pasajero alguno ni sirviente que tirara de él. Su destino sigue siendo un misterio, no se sabe de nadie que lo parara o subiese en él, y si alguien lo hizo  nunca quiso o pudo contarlo.

            Ya apenas se ven carritos (o rikisha) por las calles de la capital. Estos han sido sustituidos por elegantes vehículos a motor. Como ya hemos visto vivos y muertos por igual hacen uso de ellos y no solo como meros clientes.

            Y es que ya desde el periodo de entreguerras se han producido avistamientos de vehículos fantasmales, normalmente taxis de color blanco (el color de la muerte en este país), circulando a altas velocidades y sin nadie al volante.

Un presunto vehículo fantasma a punto de provocar un accidente.

          
  Suelen aparecer por las zonas aledañas al palacio imperial, en Tokio aunque también se han dado casos en Nagoya y Namba (Osaka).

            ¿Por qué querría un muerto mostrarse ante alguien y subirse a un taxi? ¿Qué motivaría a alguien que se supone que ha superado el mundo material? Creo que muchos de ellos siguen perdidos, en esa zona gris entre la vida y la muerte. Se les haría tarde, demasiado tal vez. Piden que se les lleve a su hogar, anhelan cruzar ese portal y poder al fin descansar para siempre.


                





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15 ago 2016

ELLAS SIEMPRE VUELVEN


ELLAS SIEMPRE VUELVEN


                No es extraño que una mujer te abandone, en la mayoría de las ocasiones la causa proviene de un desengaño, una unión en la que el amor por su parte nunca existió o simplemente que no obtuvo de ti lo que ambicionaba.

            Suele ser triste pero en el fondo la vida sigue y podría ser peor. Cabría darse el caso en el que la desunión no fuera posible, entonces tu vida y la de los tuyos se convertirá en un infierno y las consecuencias podrían ser fatales.

            El amor verdadero y el despecho o la traición, un juego peligroso si es una mujer la que está implicada en él, ya lo vimos anteriormente con Kiyohime y Oiwa. Si pierdes volverá, tenlo por seguro, regresará una y otra vez, no importa si es de día o de noche, si hace calor o frío, si está viva o muerta. Ellas siempre vuelven y no siempre lo hacen con buenas intenciones.


EL FANTASMA DE AIZUWAKAMATSU


                 Se cuenta que hace mucho tiempo vivía un matrimonio en las tierras que hoy se conocen como Fukushima, lugar de infausto recuerdo para aquellos que tienen corazón y memoria. Era una pareja como cualquier otra, el marido, de nombre Iyo  trabajaba y su mujer atendía las labores del hogar. Nada malo se decía de ellos, su existencia se hubiera diluido en el tiempo si no fuera por un incidente que tuvo lugar en su residencia y que aún hoy día cuentan los lugareños en voz baja, quizá temerosos de que alguien, o algo, les esté escuchando indebidamente.

            Encontrábanse descansando cuando una noche la esposa de Iyo escuchó cómo alguien llamaba a la puerta, Muy extrañada ya que era muy tarde se acercó con sigilo y sin abrir preguntó quién era y qué buscaba.

            Una ronca voz femenina pronunció una única palabra: Iyo, el nombre de su marido. Le estaba buscando y a pesar de que la mujer le instó a que se marchara la intrusa no paró de invocar a Iyo, el cual extrañamente parecía haber caído en un profundo sueño.

            La esposa que era muy devota solía guardar cerca de la cama un ofuda, un amuleto de protección escrito en papel de arroz que solía usarse para ahuyentar a los malos espíritus.

            Armándose de todo el valor que pudo reunir abrió la puerta y evitando mirar directamente mostró el manuscrito a lo que quiera que estuviese allí.

            Con un suave lamento, la forma fantasmal de una mujer fue desdibujándose como una nube de humo que se disipa ante la brisa.

            No fue ese el fin de la historia, pues el espíritu volvió a atormentar a la mujer justo al día siguiente, y ni tan siquiera era de noche, ocurrió mientras preparaba la comida. De entre las brasas en las que lentamente se calentaba la olla una silueta comenzó a formarse y con la misma insistencia de la jornada anterior volvió a llamar a Iyo.

            Y así un día tras otro hasta contar cuatro, la mujer espectral aparecía en los alrededores de la casa, golpeando una pequeña campana con un martillito, exigiendo la presencia del hombre de la casa, del cual conocía muy bien su nombre.



            El marido, testigo de una de estas manifestaciones juró por lo más sagrado que no reconocía a esa mujer y no recordaba haber hecho algo tan terrible como para merecer ningún castigo venido de ultratumba.

            El séptimo día la esposa, cansada ya del asedio que venían sufriendo acudió al templo local y se encomendó a varios kami  protectores, rezó intensamente, tanto es así que por fin esa noche la pareja pudo dormir tranquila, pues la dama fantasmal no hizo acto de presencia.

            Mas pensando confiada en que la pesadilla había acabado, la mujer reanudó su vida normal.  Creyéndose a salvo omitió sus rezos diarios habituales y tras un largo día de trabajo  se dispuso a descansar.

            Un escalofrío la despertó, su marido dormía plácidamente junto a ella, podía sentir su calor, pero al otro lado

            Al otro lado una sombra sin cuerpo se movía por las paredes de la habitación, y de las paredes pasó al suelo, una mancha negra que se desplazaba directamente hacia su cama, hacia ella.

            La oscuridad comenzó a cobrar forma, y de ella surgió lentamente la mujer fantasma que mostraba una sonrisa macabra a la vez que susurraba “Iyooo” Luego estiró sus manos y comenzó a masajear los pies de la esposa, que pudo notar claramente el tacto del espectro, era real, físico, notaba sus dedos duros, huesudos pero lo que más la horrorizó, la que casi la volvió loca fue sentir cómo le recorría por sus piernas un sentimiento helador, el intenso frío de la muerte misma.

            Un grito desgarrador rompió el hechizo, su marido se despertó sobresaltado y contempló a su mujer empapada en sudor y temblando descontroladamente.

            Esto fue demasiado para ella, al día siguiente decidió abandonar para siempre la casa y no volver jamás.

            Desde entonces las apariciones se detuvieron, Iyo se recluyó cada día más en sí mismo. No se volvió a casar y tras varios años murió solo.

            Nadie averiguó nunca la identidad del fantasma, tampoco las razones que la movieron a hacer lo que hizo. Hubo muchos rumores, muchas preguntas sin respuesta, se llegó a afirmar que pudiera haber sido una amante que al verse rechazada se suicidó, o tal vez fue asesinada, se dijo que amaba tanto a Iyo que no permitiría que ninguna mujer se le acercase, que le vigilaría hasta el fin de sus días y luego le acompañaría por toda la eternidad. Sea cual fuere la verdad se la llevó consigo a la tumba y lo único que dejó atrás fue una vieja casa y un gran misterio.



PERJURIO


            La palabra de un samurái es inquebrantable, no hay mayor pecado para ellos que romperla, no hay castigo en este mundo o en el otro que pueda compensarlo.

            En esta segunda historia veremos varias similitudes con la primera, pero mientras que en la anterior el suceso acontecía en el seno de una familia plebeya y los motivos se desconocen esta ocurre en una casa noble y, o bien por estar mejor documentada o por pretender servir de lección para todos, queda bien claro la identidad del aparecido y las acciones que conducen a un funesto desenlace.

            La protagonista sigue siendo una mujer.  Animal emocional por excelencia es la candidata perfecta para encarnar los pecados más profundos del budismo, así como para ser la víctima perfecta de los males causados por otros. La debilidad que el amor romántico trae, el sufrimiento causado por la venganza, la angustia con la que nos castiga el miedo, todas ellas pasiones muy negativas y perjudiciales.

            En esta historia se da una particular dualidad y es que la “aparecida” es a la vez víctima y verdugo, y lo mismo puede afirmarse de los otros personajes ya que el marido es a la vez causa y efecto, y la segunda esposa provoca inconscientemente las iras del fantasma e igualmente es otra víctima inocente que cierra el círculo fatal, uniendo su condición a la de la primera esposa en una terrible escena final.

            Sacad vuestras propias conclusiones pero recordad, las palabras son como las huellas dejadas en la nieve, no importa cuán rápido corras, te seguirán a donde quiera que vayas.


ÚLTIMAS VOLUNTADES


            -“Te lo juro”- dijo el desconsolado marido- “Nunca hubo otra en mi vida más que tú ni tampoco la habrá”.

            -“Amor mío”- respondió una temblorosa voz –“¿Lo dices en serio?”.

            -“Absolutamente, no volveré a casarme, y esto es tan verdad como que daría mi vida a cambio de la tuya si los dioses así me lo permitieran”- Se reafirmó él mientras trataba de evitar las lágrimas que amenazaban con inundar su rostro.

            -“En ese caso quisiera hacerte una última petición. Deseo que entierres mi cuerpo en el jardín trasero, así siempre podré estar cerca de ti. No era mi intención pedírtelo pero como dices que nunca te volverás a casar no puedo permitir que pases solo el resto de tu vida, sin embargo si piensas rehacer tu vida no te lo tendré en cuenta, solo entiérrame lejos para que pueda marchar en paz”.

            -“Se hará como dices esposa mía, te enterraré en el jardín y cuidaré tu tumba personalmente todos los días”.

            -“Oh, en medio de todo este dolor me siento dichosa de nuevo, igual que el día en que nos conocimos. ¿Podrías sepultarme junto con una campanilla, como esas que llevan los peregrinos?”.

            -“Por supuesto”.

            -“Gracias amado mío, muchas gracias”.

Con estas palabras tocó a su fin la corta vida de la mujer y el joven viudo erigió un gran monumento funerario en el jardín, a la sombra de los hermosos cerezos que a ella tanto le gustaban, allí la enterró sin olvidarse de la campanilla de peregrino.

Lamentablemente el samurái se volvió a casar, y hay que decir en su defensa que no fue por voluntad propia sino más bien por falta de la misma ya que la presión ejercida por su familia fue decisiva a la hora de decidir el  contraer segundas nupcias. Él era hijo único, no era demasiado mayor y su deber como miembro de la casta samurái era la de perpetuar su apellido y a la vez honrar a sus antepasados, la situación se le presentó harto complicada pero bien es cierto que el ver a la candidata, una jovencísima muchacha de diecisiete años ayudó sobremanera a la hora de cumplir con sus obligaciones.



No fue hasta el séptimo día que el esposo no tuvo que abandonar el hogar y acudir al castillo, donde su señor le había reclamado para ciertas tareas de escasa importancia. Esa noche, la primera que la mujer pasaba sola en la casa, no le resultó en modo alguno apacible.

Sobre la hora del buey (las tres de la mañana), sintió cómo el aire se volvía espeso y opresivo, presentía que algo no andaba bien y de repente el sonido de una campanilla rompió el silencio de la noche. Aterrada reclamó la ayuda de los criados, mas por mucho que los agitaba y gritaba no lograba despertarlos. El tintineo de la campanilla se aproximaba cada vez más y más, directo hacia su casa, ¿Qué clase de peregrino, se preguntó, podría dedicarse a pasear a esas horas tan intempestivas? Y sobre todo ¿Porqué lo hacía por la parte trasera de la casa donde no hay camino alguno?

Los perros comenzaron a aullar lastimeramente, el tintineo se oía muy cerca, y la presencia del peregrino se adivinaba ya dentro de los muros de la casa. ¿Pero cómo era aquello posible?

No lo era, no se trataba de ningún peregrino, una mujer, o debería decir los despojos de lo que una vez fue una mujer entraron en la habitación de la muchacha, con las cuencas de los ojos vacías y unas manos esqueléticas que rítmicamente hacían sonar una campanilla esparciendo por la estancia el olor dulzón de aquello que lleva largo tiempo muerto. Flotaba más que andaba y entre los lamentos de los canes habló la difunta:

! En  mi casa no! ¡En mi casa no! Este sigue siendo mi hogar y aquí tú eres una intrusa, abandona este lugar y olvídate de él para siempre, márchate mañana al alba y no le cuentes a nadie lo que has visto. Si lo haces yo misma te despedazare”

La joven esposa habiendo llegado al límite de lo que su frágil mente podía soportar cayó desvanecida y así permaneció hasta que a la mañana siguiente unos criados la encontraron tumbada en el suelo como una muñeca a la que hubieran arrojado después de jugar con ella.



El frescor de las primeras horas de la mañana junto con un glorioso sol que brillaba intensamente en un precioso cielo azul despejaron sus pensamientos y se convenció a sí misma que la experiencia sufrida la noche pasada no fue más que un mal sueño, una vívida pesadilla provocada por la ausencia de su marido y la soledad en una casa para ella aún extraña.

La noche siguiente no le dejó lugar a dudas, a la misma hora, la del buey, los perros la despertaron con sus llantos pero en esta ocasión unas manos invisibles asían sus brazos y sus piernas y por mucho que se agitara no había fuerza en el mundo que pudiera librarla de sus invisibles ataduras. La difunta volvió a entrar en la habitación, anunciándose a sí misma mediante el tintineo de su campanilla, una espesa niebla cubría sus piernas, la muerta se arrodilló y acercó su pútrida faz a la de la joven esposa y con un nauseabundo aliento volvió a advertirle:

-“Márchate y no vuelvas, no hables con nadie, no mires atrás, de lo contrario te destrozaré”.



El samurái encontró a su esposa guardando algunas de sus pertenencias en un hatillo de viaje, parecía muy agitada, al verla la agarró de un brazo y con los ojos muy abiertos le preguntó qué estaba haciendo.

-“Perdóname esposo mío, soy una ingrata y no merezco tu atención, quiero volver a mi casa con mis padres, no me preguntes porqué”-  gritó ella lastimeramente.

-“Debo hacerlo, debo saberlo, ¿Acaso no eres feliz aquí?, ¿Te ha hecho alguien algo de lo que te avergüences? Si es así dímelo sin miedo y yo haré justicia.”- dijo el marido

-“No es eso, todos me han tratado con gran amabilidad pero si de verdad te importo debes concederme el divorcio y dejarme marchar ¡Te lo ruego!”

-“Repudiarte sin más sería un insulto para tu familia, y hacerlo sin dar una explicación plausible haría recaer las sospechas sobre mí, la reputación de esta casa sufriría, por no decir la tuya. Si me presentas una excusa razonable escribiré sin más una carta de divorcio y podrás marcharte pero no permitiré que se mancille el honor de mi apellido por algo que no logro entender”.- sentenció el samurái.

Tras llorar un largo rato la muchacha se recompuso y de forma atropellada las palabras brotaron de su boca y contó a su esposo todo lo que había vivido durante su ausencia, se culpó de estúpida y supersticiosa pero a la vez ahora que había confesado temía más por su vida, comenzó a temblar y a sollozar.

-“Ahora ella me matará, va a matarme, vendrá a por mí y me matará”

El samurái, con el semblante serio la observó reflexivo y luego habló:

“Esposa mía, comprendo que mi ausencia te haya causado sufrimiento y lamento el no poder estar a tu lado esta noche, pero ante todo sirvo a mi señor y debo volver al castillo pero no has de preocuparte, dejaré aquí a dos de mis mejores sirvientes. Son buenas personas, ellos te acompañarán en todo momento y cuidarán de ti”

De mala gana, por no negar nada a su marido, ella aceptó.

Los hombres que la acompañaban eran de buen carácter, darían su vida por ella si fuera necesario, ella lo sabía y le reconfortaba. A la hora habitual se retiró a dormir y sus guardianes se ocultaron tras un biombo en el cual iniciaron una partida de go para hacer más llevadera la velada que les esperaba.

La campanilla sonó a la hora del buey, el tintineo de la muerte, el escalofriante repiqueteo de metal contra metal. La joven se incorporó, corrió desesperada hacia sus custodios. Ambos parecían como congelados, la campanilla sonó cada vez con más intensidad, el horror se dibujó en su cara mientras una sombra parecía engullirla. Nadie la oyó gritar

No fue hasta la mañana siguiente que el marido regresó del castillo, ninguno de los sirvientes salió a recibirlo. Sospechando que algo no iba bien recorrió a grandes zancadas el corredor que le llevaba a los aposentos privados de su esposa. Allí encontró su cuerpo, tumbada indecorosamente entre un enorme charco de sangre, y digo bien, encontró su cuerpo, pero no su cabeza.

Apartó de un golpe el biombo y los guardias se despertaron con un sobresalto. Apenas tuvieron tiempo de horrorizarse pues tuvieron que ir tras su señor que como un poseso salió de la habitación siguiendo un rastro de sangre que recorría la casa en dirección al jardín trasero.



Allí se toparon con la “cosa”, una criatura infernal que con espasmódicos movimientos se giró lentamente, aún vestía la mortaja que él mismo eligió para ella, el resto solo era un amasijo de pelo, huesos y carne reseca y putrefacta. Uno de los guardias desenvainó su arma y encomendándose a los dioses asestó un mandoble que descompuso de una vez por todas al ser el cual quedó por fin inerte, exceptuando esa araña blanca que formaba su mano, que seguía agitándose, negándose a entregar su trofeo: la cabeza arrancada de cuajo de la joven esposa que aún mantenía los ojos abiertos con las pupilas clavadas en el cielo y la boca medio abierta con una expresión de profundo terror. De su cuello aún pendían tendones y colgajos de carne de los que todavía goteaba la sangre


EPÍLOGO


            Espero que os hayan gustado estas historias amigos, o que al menos os hayan hecho pasar un “mal rato” mientras las leíais. Pensáoslo bien cuando en vuestro próximo aniversario le compréis a vuestras compañeras ese osito tan mono que lleva escrito en su barriguita “Tuyo para siempre”, no sea que se tomen el asunto “demasiado en serio”.


5 ago 2016

LA PROMESA


UNA TARDE CUALQUIERA


                Era una tarde de verano, igual que hoy, había salido no sé muy bien a qué. No había ni un alma en la calle. Ensimismado estaba en mis pensamientos hasta que de repente una atronadora voz me arrancó de mi peculiar mezcla de agonía y éxtasis mental.
           
            Intercalando alguna que otra palabra malsonante una rechoncha figura abrió sus brazos cuan oso cazando a su presa y de pronto me vi atrapado en una ola de cariño desmedido.
           
Tras una abrumadora demostración de afecto constrictor pude contemplar con detalle su cara, apenas había cambiado el muy Seguía teniendo el mismo rostro bonachón y sonriente, un poco más gordo, con menos pelo tal vez , nada que no pudiese apreciar yo mismo cada mañana en el espejo de mi casa. Aunque siempre tuvo esa, bueno  esa forma de, ya sabes, de mirar las cosas, así como “a tres bandas” jejeje.

Me alegré de verlo, mucho, sonreí sin apenas esforzarme, cosa que últimamente es todo un logro para mí. Me asaltaron recuerdos de otros tiempos, no diré mejores, pues todo momento pasado  me fue siempre dulce a la vez que amargo, con algunos intervalos de predominancia del uno sobre el otro.

De entre los dulces me quedé con los vividos con este panetone hecho persona al que parecían irle maravillosamente las cosas, no pude menos que mostrarle mi mejor aspecto y soltar algún chascarrillo que solo él y yo pudimos entender.

Luego una carcajada a coro y una palmada en el brazo.

“Bueno tío ya te llamo”

Y se fue.

Y allí me quedé, con el sol recordándole a mi cabeza lo que era el color “rojo quemadura” y a pesar del ardiente calor la sonrisa se me quedó allí congelada durante una eternidad o dos. Para cuando mis piernas tomaron la decisión de proseguir la marcha ya estaba de regreso a mi mundo, como el que se va quedando dormido poco a poco sin darse cuenta aunque no pude evitarme un último pensamiento: no te he dado mi número de teléfono


HISTORIA DE UNA PROMESA


                 No siempre fue así, hubo una época en la que la palabra dada era ley y una tierra en donde el “decir” tenía el mismo peso que el “hacer”, así cuando los hombres hablaban era como si el hecho ya se diese por cumplido, siendo los frutos de sus declaraciones cuestión de tiempo.

            La historia de Hasebe Samon  y AkanaSoyemon, dos medio-hermanos que vivían en la aldea de Katou  es un perfecto ejemplo de ello.

            El cariño y la lealtad que se profesaban eran famosos en todo el lugar, y aún perteneciendo a distintas familias, su deber filial superaba con mucho a otros que alardeaban de sangre y linaje. Soyemon era rehén de la familia Hasebe, y aunque fuese un incómodo recordatorio de un triste pasado los niños habían crecido juntos y sin dudarlo darían su vida el uno por el otro si fuera necesario.



            Todo ello no eximía al joven Soyemon de sus deberes para con su verdadera familia, teniendo que acudir a presentar sus respetos de tanto en cuanto. Así ese año tuvo que preparar su equipaje y emprender un largo viaje hasta Izumo, su tierra natal, y pasar allí la mitad del año.

            -“Volveré a principios del otoño”- dijo

            -“Tu pueblo está demasiado lejos hermano” - le reprochó Samón – “ante camino tan largo es imposible afirmar qué día vas a regresar, así que no nos hagas prepararte un gran recibimiento para que luego no aparezcas”.

            -“! No te preocupes! Me conozco tan bien el camino, cada detalle de su trayecto que estoy en condiciones de indicarte exactamente el día de mi vuelta. ¿Qué tal, digamos, justo antes del festival de los Crisantemos? El noveno día del noveno mes.”

            -“Eso sería maravilloso, ¿Lo prometes entonces?”

            -“Te doy mi palabra”.



            Y así fue que Soyemon se marchó, el tiempo transcurrió despacio, impasible, las agradables brisas de la primavera y luego las lluvias torrenciales del verano. El amarillo y el colorado del otoño pronto tiñeron el suelo, dándole al paisaje un aspecto ígneo. Samón contaba ya los días que restaban para volver a ver a su hermano, no quedaba mucho para el noveno mes, ni para su noveno día.

            Todos en el pueblo hacían los preparativos para el festival de los crisantemos, Samón encargó las más deliciosas viandas y mandó adornar la casa como si fueran a recibir a un noble de alta cuna.

            Llegó el día, el joven aguardaba ansioso en la puerta principal de la casa, observando ansioso a todos los viajeros. La madre lo contemplaba con preocupación, un viaje tan largo no puede estar exento de problemas y qué más daba un día u otro con tal de que Soyemon llegara sano y salvo, pero nada de esto le dijo a su hijo, pues no quería empañar la sonrisa que iluminaba la cara del chico. La ilusión es algo que se pierde poco a poco con los años y los ancianos saben reconocerla, apreciarla y respetarla cuando la observan en otros.

            Pasó medio día y la madre no pudo más que sugerir que sería aconsejable guardar las viandas y decoraciones más delicadas y ponerlas una vez que llegara, a lo que su hijo respondió enojado que si su hermano les viera colocar los adornos después de su regreso significaría que habrían dudado de su promesa de volver exactamente en esa fecha y no permitiría que tal vergüenza recayera sobre la familia.

            El sol se puso y algunas luces comenzaron a iluminar las viviendas del lugar, Samón no se movió de la puerta en todo el día, no descansó ni comió, su amigo llegaría, estaba seguro de ello. Su madre se excusó y se retiró a la cama, cansada ya de esa jornada, rezó a los dioses por el bien de Soyemon y por su hijo, pidió que su espera no fuera demasiado larga ni la desilusión demasiado fuerte.

            La noche era arrebatadoramente hermosa, el río celestial brillaba con fuerza en el cielo, y el silencio de la noche apenas era roto por algún que otro animalillo nocturno que anunciaba su presencia al mundo. Fue entonces cuando le asaltaron las dudas, allí en el umbral, entre la luz de su hogar y la oscuridad del exterior.

            -“Soyemon, hermano. ¿Por qué no vienes? ¿Dónde estás? Te he estado esperando todo el día, me dijiste que vendrías.

            La luna comenzó a ocultarse delicadamente tras unas colinas cercanas y ello permitió a Samón atisbar una silueta en la lejanía que se acercaba lentamente hacia su dirección.



            Aguantó la respiración hasta que estuvo seguro, entonces profirió un grito de júbilo. ¡Era Soyemon que había vuelto! ¡Al final cumplió su promesa! ¡Su hermano estaba en casa!

            Samón  condujo a su hermano al salón principal, ahora vacío.
            -“Mira hermano, preparé todo esto para ti, te estuve esperando todo el día, Madre se ha retirado ya a descansar, la despertaré de inmediato.”
           
Soyemon negó con un leve gesto de desaprobación.
           
Samón  sirvió personalmente algunas viandas que se habían preparado para él y aunque las aceptó, el invitado no probó bocado.
           
            Fue entonces cuando con un hilo de voz, como temiendo despertar a la madre Akana Soyemon habló:


LA FUGA


            -“Lo primero de todo querido hermano tengo que pedirte disculpas por haberte hecho esperar durante todo el día y te debo una explicación: A mi regreso a Izumo un nuevo daimyo de nombre Tsunehisa usurpó el puesto de nuestro buen señor, había ocupado el castillo de Tonda y le dio muerte, mas yo debía visitar a mi primo Akana Tanji, que había jurado lealtad a Tsunehisa y pasado a ser su vasallo.

            Al llegar allí insistió en presentarme al nuevo señor con la intención de que le jurase lealtad y ocupara un puesto como samurái a su lado. Acepté la audiencia, sobre todo porque deseaba conocer a un hombre cuyo rostro o nombre jamás había oído antes.

            Tsunehisa era un guerrero hábil, un hombre de armas de gran valía, conocedor del bushido pero a la vez perverso y cruel. Al ofrecérseme el servir bajo su bandera decliné su oferta, con lo que ordenó a mi primo que me retuviera en su casa hasta que cambiase de opinión, pues era astuto y no quería enemistarse tan pronto con la familia Akana. Pedí permiso para regresar a Harima sólo un día, el que te prometí, pero me lo negaron.



            
               Intenté escaparme varias veces pero estaba estrechamente vigilado, por lo que me fue imposible. Hasta que esta misma noche encontré la manera de fugarme.”

            -“¿¿Esta noche??”- preguntó sorprendido Samón, “!! Pero si el castillo se encuentra a varios días de camino de aquí !!”

            -“Shhh, cálmate hermano. Lo que dices es cierto, no hay hombre vivo que pueda recorrer esa distancia en tan poco tiempo. Recordé un viejo proverbio que decía que el alma de un hombre puede recorrer cualquier distancia. Afortunadamente en mi cautiverio me permitieron conservar mi espada, a través de ella estoy hoy aquí contigo. Por favor sé bueno con nuestra madre”

           
            Tras pronunciar estas palabras se incorporó, saludó y su imagen fue desvaneciéndose lentamente ante la atónita mirada de Samón.

            A primera hora de la mañana Hasebe Samón partió al galope hacia el castillo de Tonda. Al llegar verificó que Akana Soyemon cometió seppukku la novena noche del noveno mes.

            Airado se dirigió a la residencia de Akana Tanji  e irrumpió en ella, delante de su familia le acusó directamente de su traición, hacia su señor y hacia su pariente, desenfundó su espada y allí mismo le decapitó.

            Nadie hizo nada por detenerle, ni siquiera el señor Tsunehisa quien, a pesar de ser un hombre implacable también respetaba las cuestiones de honor y admiraba profundamente el sentido del deber y la valentía mostrada por Samon.




TE LLAMO MAÑANA


                 Tras el paseo estival volví a mirar el teléfono, al día siguiente no me separé de él, lo comprobaba cada hora, quizá el volumen estuviera bajo, o la batería descargada. Nada, ningún mensaje, ninguna llamada.

            A ti, empresario de corazón de piedra, que en tus manos tienes el futuro de mi casa, no me llamas.

            A ti, hermosa de negros cabellos que me acompañas en cada sueño, peno por un mensaje con una carita sonriente que me inyecte una dosis de ganas de vivir, tampoco me llamas.

            Y a ti, que un día me consideraste tu amigo, que me trataste como a un hermano, a ti más que a nadie te espero, en el umbral de mi puerta hasta que el sol se pone y llega la noche.


            Espero una llamada que me recuerde que alguna vez fui alguien.