2 abr 2016

YOTSUYA KAIDAN


NOTA ACLARATORIA: Antes de comenzar a escribir este texto quisiera pedir su permiso al espíritu de OIWA-SAMA, espero  estar a la altura y poder relatar una vez más su historia como muchísimos otros hicieron antes que yo. Rezo por que su alma encuentre la paz y para que su ira no recaiga sobre mí.

            Pido también disculpas a los lectores por la sobriedad del texto pero debo tratar el tema con la máxima delicadeza.


MALAS COMPAÑIAS


          Siempre me han gustado las historias de fantasmas, en Japón las llaman kaidan. Existen cientos de ellas, las hay de todo tipo, fantasmas desdichados, vengativos, demonios. Aún no entiendo muy bien qué me impulsó a elegir ésta precisamente, quizá porque es la más famosa de todas, o porque el terror asiático tal y como lo entendemos (o creemos entenderlo) bebe de esta fuente primordial, o porque es para el terror oriental lo que los relatos de Poe, Lovecraft o de Maupassant son al occidental. Es posible que me esté metiendo en un buen lío pero algo me impulsa a contarlo. Fuera es de noche, a pesar de ser primavera hace un poco de frío y oigo al viento silbar. Estoy en mi habitación, no hay nadie conmigo aunque no me siento del todo solo, quizá no lo esté. La verdad es que no quisiera tener que hacerme estas preguntas...


            Estamos en el verano del año 1825, el teatro de kabuki Nakamuraza está abarrotado, hoy presentan una nueva obra, se titula Tokaido Yotsuya kaidan. Ha causado un gran revuelo en la capital y durante días no se habla de otra cosa. Es difícil encontrar entradas, el aforo está completo y el espectáculo se ha prolongado indefinidamente. Se atenúan las luces, hay un silencio expectante, la función va a comenzar.

ACTO PRIMERO

                 Tamiya iemón es un samurái de baja estofa, las guerras intestinas acabaron hace décadas y malvive recibiendo un mísero estipendio del bakufu (gobierno militar instaurado por los shogun Tokugawa). Es bebedor, pendenciero y le gusta jugar. En ocasiones se gana algunas monedas haciendo de matón para cualquiera que se atreva a ofrecerle “trabajo”.

            Está casado con Oiwa, hija de Yotsuya Samón, otro samurái arruinado que trata de salir adelante sin perder la dignidad. Iemón y su suegro no se llevan bien, Samón es conocedor de la mala vida de su yerno y se lo reprocha siempre que tiene la ocasión sugiriendo amargamente que él y su hija deberían separarse pues no merece tan mal marido. Estas disputas solían acabar en agrias discusiones pero una noche en la que Iemón había bebido de más mata a su suegro.


Tamiya iemón
         
            Por otra parte tenemos a Naotsuke, compañero de correrías de Iemón, está enamorado de Osode, hermana de Oiwa. Una noche de juerga en el prostíbulo local discute con el dueño del negocio debido a las deudas acumuladas. Naotsuke es expulsado y se le prohíbe la entrada, lleno de rencor y muy bebido aguarda oculto en un oscuro callejón a que el proxeneta regrese a su casa. Se lanza sobre él y lo apuñala por la espalda con tan mala fortuna que la víctima es nada menos que su propio maestro. Espantado corre en busca de Iemón y le pide ayuda, ambos comparten su doble crimen y traman un plan para protegerse mutuamente: contarán que unos desconocidos atacaron y asesinaron a Yotsuya Samón y al maestro y jurarán encontrar a los culpables y vengarse, a cambio Iemón propondrá que Osode se marche a vivir con Naotsuke para que éste la proteja. Ella se niega puesto que está prometida con un samurái que se encuentra sirviendo a su señor y a la espera de recibir el permiso para casarse. Iemón monta en cólera y Osode acepta a regañadientes.


ACTO SEGUNDO

             Tras un año Oiwa da a luz, un niño sano y fuerte, ella no se recupera del parto y su salud empieza a deteriorarse aunque su hijo y la promesa de venganza de su marido le dan fuerzas para continuar. Iemón sin embargo comienza a distanciarse de su mujer, siente remordimientos por haber hecho una promesa que no puede cumplir.

            Durante sus ausencias conoce a Ito Oume, una muchacha mucho más joven que él y la toma como amante. Los padres de Oume, acaudalados mercaderes, descubren la relación y proponen a Iemón que se case con su hija para evitar el escándalo, le ofrecen una vida acomodada a cambio de un apellido noble como el suyo.        La oferta es demasiado tentadora como para que un hombre ambicioso como él la desaproveche pero antes tendrá que deshacerse de su mujer y su hijo.

iemón y Oume, su amante

            Un maquiavélico plan comienza a gestarse, la familia Ito facilita a Iemón un veneno para que se lo administre a su esposa. La pobre Oiwa comienza a tomar la nueva medicina que le ha traído Iemón.

            Día a día Oiwa va sintiéndose cada vez más débil, sufre una parálisis en el lado derecho de la cara y pierde la visión de un ojo.  Horrorizado el sirviente encargado de la casa observa cómo el rostro de Oiwa se va deformando. Por piedad hacia la señora no le cuenta nada pero ésta no tarda en darse cuenta de la realidad cuando comienza a perder grandes cantidades de pelo. Pide un espejo al criado y contempla al monstruo en el que se ha convertido, el sirviente conmovido por la dama revela sus sospechas y le habla de la misteriosa medicina que le entregaba su marido. Oiwa comienza a gritar de forma histérica.

            Iemón acude alarmado y acaba con el criado, con una sonrisa maliciosa afirma que ahora podrá acusarla de adulterio y así obtener el divorcio, el sirviente cargará con la culpa y ella con la vergüenza.

iemón ataca a su familia

            Una enloquecida Oiwa se abalanza sobre Iemón quien por accidente levanta el brazo con el que sostenía la espada y le atraviesa la garganta.

            Ahogándose en su propia sangre y entre una terrible agonía maldice a su marido, después el cuerpo de Oiwa se desploma sin vida.

            Iemón decide no dejar ningún cabo suelto, de manera despiadada asesta un tajo mortal a su hijo pequeño, luego hace desaparecer los cuerpos clavándolos en unas tablas y arrojándolos al río. Un silencio total inunda la escena.

los cadáveres son clavados a unas maderas y arrojados al río
             


ACTO TERCERO


                Oume e Iemón pueden celebrar su boda, ya no hay necesidad de esconderse. Triunfantes se disponen a pasar su primera noche como marido y mujer.

            Al retirar el velo de su nueva esposa Iemón contempla horrorizado cómo la cara bajo la seda no es la de la joven Oume sino la escalofriante faz de Oiwa , con sus grotescas cicatrices y su ojo ciego, un río de sangre manando de su boca y acunando a un bebé que ni llora ni se mueve.
   
            Iemón, presa del pánico se hace con su espada y decapita al fantasma, una fuente roja empapa su rostro, y una cabeza de mujer rueda por el suelo. El corte fue preciso, Oume murió sin apenas darse cuenta

Oiwa engaña a iemón para que mate a Oume

             Consciente del terrible acto que acaba de cometer Iemón se dirige precipitadamente a ver a su nuevo suegro y contarle lo que ha sucedido. Al llegar a su casa es recibido por la renqueante figura de su antiguo criado que con las heridas aún abiertas le demanda más medicina. Otro golpe de espada, el señor Ito cae muerto tiñendo el tatami de rojo carmesí.

            Oiwa, por todas partes, Iemón la mataba una y otra vez pero volvía a parecer, los cuerpos iban amontonándose a la vez que continuaba la carnicería.

            Iemón escapa a las montañas dejando tras de sí un sendero de destrucción y muerte.   
 

ACTO CUARTO

                 Oculto en su refugio en la región montañosa de Hebiyama, Iemón recibe la visita de Naotsuke quien sabedor de lo acontecido no duda en chantajearle, con el poco dinero que le quedaba se ve obligado a comprar su silencio.
           
            Al volver a casa Naotsuke se encuentra con un inesperado invitado, se trata de Sato Yomoshichi, el prometido de Osode, hermana de Oiwa. El samurái exige una explicación a Naotsuke y amenaza con matarle a la vez que muestra un vestido descolorido por la humedad con el blasón de la familia Yotsuya. Osode reconoce inmediatamente la prenda como la que solía vestir su hermana.

Yomoshichi reprende a Naotsuke

            Naotsuke revela el triste destino de Oiwa, así como el paradero de Iemón. Confiesa también estar perdidamente enamorado de Osode y que a pesar de haberla retenido jamás la ha forzado, luego pide a Yomoshichi que acabe con su vida.

            Osode intenta suicidarse para evitar que ninguno de los hombres muera por su culpa. Ambos la detienen y llegan a un acuerdo: juntos lucharán contra Iemón, si alguno de ellos muere el otro se comprometerá a cuidar a Osode para siempre. Una vez preparados los dos parten para enfrentarse a Iemón y así vengar a Oiwa.


ULTIMO ACTO

                 Iemón sigue atormentado por el fantasma de Oiwa. Está condenado a permanecer en una total oscuridad. El desfigurado rostro de su antigua mujer se le aparece cada vez que se acerca a una luz, su figura surge de dentro de las lámparas rodeadas de fuego y serpientes que amenazan con envenenarle.

Oiwa atormenta a iemón

            Se refugia en un pequeño templo donde los monjes mantienen a raya al fantasma pero la locura ha hecho mella en la mente de Iemón, durante la noche es víctima de terribles pesadillas y durante el día de profundos remordimientos.

            Yomoshichi y Naotsuke encuentran el templo. Al ver a su antiguo amigo levantar su espada contra él Iemón pierde la poca cordura que aún conservaba. Blande su espada invadido por una demoníaca sed de sangre asestando golpes a los monjes que le acogían. Durante la lucha Naotsuke e Iemón se hieren mortalmente.

iemón, Yomoshichi y Naotsuke se enfrentan

            Osode trata de consolar a Naotsuke, quien le pide perdón y le dice que sin ella la vida ya no tiene nada bueno, le entrega su espada y muere en paz.

            Osode hunde el arma de Naotsuke en el cuerpo de Iemón cumpliendo así su venganza.


            Poco a poco el público va saliendo del trance en el que parecía estar sumido, se oyen rumores, alguien aplaude tímidamente, en un palco se oye otro aplauso, y como una inesperada tormenta todo el teatro estalla, el clamor de la audiencia es unánime. La función ha sido un éxito.


ONRYO

                 Los espíritus vengativos son comunes en cualquier cultura que venere a los muertos. Bien sea por no darles un entierro acorde con las prácticas religiosas dominantes, por una muerte injusta o traumática e incluso para proteger a un tercero de una amenaza inminente, las almas de los fallecidos pueden negarse a abandonar este mundo hasta ver realizada una tarea y poder entonces descansar en paz.

            Japón también tiene los suyos, los yurei. Es fácil evitarlos, basta con no provocarlos y armarse de paciencia, harán todo lo posible por ver cumplido su objetivo y después se marcharán para siempre.

            Existe sin embargo otro tipo de entidad más terrible, más dañina, más aterradora. Son Onryo . Estos fantasmas, casi siempre femeninos, no se contentarán con la venganza, preferirán atormentar al causante de sus males, no acabarán con su vida inmediatamente tratando de alargar su sufrimiento todo lo posible hasta destruir su cordura.

            Pero a diferencia del yurei, el Onryo  NO desaparece una vez cumplida su venganza. Estas entidades están llenas de odio y se alimentan del miedo y sufrimiento ajenos. Su maldición se irá extendiendo como una enfermedad, buscará nuevas víctimas y tratará de acabar con ellas, en caso de no haber nadie disponible el Onryo  maldecirá un lugar. Cualquier incauto visitante que permanezca más tiempo del debido en estos parajes encantados se convertirá en portador de la maldición.

            Se han dado casos de objetos (normalmente antiguas posesiones de un Onryo) que se han convertido en transmisores de la maldición. Nunca hay que destruirlos, ya que desataría las iras del fantasma, se aconseja pasarlo a otra persona. Dicha acción no es garante de seguridad, pues la maldición dependerá del grado de conexión que se tenga con el objeto en cuestión.

            Un Onryo  podrá exorcizarse mediante rituales sagrados pero solo servirá para aplacarlo y retenerlo en un lugar concreto pero no expulsarlo y con el tiempo el espíritu encontrará la manera de escapar.


LA MALDICIÓN DE OIWA

                 Como vimos anteriormente Tokaido Yotsuya Kaidan  es una obra de ficción escrita en el siglo XIX y adaptada para su interpretación teatral.

            Basada en sucesos reales inconexos la historia cosechó un éxito apabullante obligando a aumentar el número de funciones programadas.

            Ha sido adaptada para todos los formatos conocidos, series de televisión, distintos géneros de teatro y casi cuarenta películas si incluimos las de animación. Puedo afirmar sin ningún temor a equivocarme que se trata de la historia de fantasmas más famosa de Japón. La imagen de Oiwa, con su descuidado y largo pelo cubriéndole parte del rostro, piel violácea y mortaja blanca se ha convertido en la imagen arquetípica del fantasma asiático.



LA PESADILLA SE HACE REAL

                 El nombre de Oiwa aún hace temblar a muchos japoneses, y mientras que en occidente se han dado casos de rodajes malditos Yotsuya Kaidan  es una obra maldita. Todo aquel que ha participado en cualquier tipo de recreación de la historia ha podido ser testigo de o sufrido la maldición. Actores de teatro, escritores, equipos de rodaje han sufrido una y otra vez accidentes, muertes repentinas e incluso manifestaciones de la misma Oiwa.

          Son muchos los que se siguen negando a participar en representaciones que tengan que ver con Yotsuya Kaidan. La paranoia alcanzó tal punto que llegó a celebrarse un funeral budista para aplacar al espíritu de Oiwa. Su tumba se encuentra en la parte más alta de un cementerio ubicado tras el templo de Myogyo-ji, en Sugamo, rodeada de tres tenebrosos árboles. Si alguna vez reunís el valor suficiente para ir a visitar la tumba y contáis con algún conocido japonés probad a pedirle que os acompañe. Tratará de convenceros para que no vayáis y en última instancia intentará poner cualquier excusa para retrasar la visita.

Tumba de Oiwa en Myogyo-ji

            La familia Tamiya (apellido de Iemón) también fue víctima de Oiwa y para calmarla ordenaron levantar un santuario al que le dieron el nombre de Oiwa Inari Tamiya jinja, donde monjes de la secta Nichiren rezan día y noche. Se considera un sitio maldito, como prueba de ello a la entrada se muestran gran cantidad de recortes de periódico con noticias de los numerosos sucesos inexplicables que han sufrido muchos de sus visitantes.

      Se recomienda encarecidamente evitar este lugar.


Santuario de Oiwa Inari Tamiya y advertencias en la entrada



            Existe la tradición de que todo aquél que decida participar en la obra Yotsuya Kaidan debe visitar la tumba de Oiwa y pedir permiso. En especial la actriz protagonista. En caso de no hacerlo la obra se considerará maldita.

            En noviembre de 1966 el actor conocido como Ichi-ryu-zai Teisan olvidó visitar el templo de Oiwa como tantas otras veces había hecho. Al finalizar la interpretación sufrió un infarto cerebral y murió.

            En 2104 el famoso director Takashi Miike quiso dar una nueva vuelta de tuerca con el largometraje titulado Kuime (over your dead body) en la que un grupo de actores que se encuentra rodando “Yotsuya Kaidan” es atacado por el fantasma de Oiwa que trata de poseer a la actriz que la interpreta mientras que en la vida real se van dando paralelismos más que casuales con la historia original.


Y como no, algunos actores pagaron el precio. El actor Ichikawa Ebizo, protagonista de Kuime casi pierde la vida el primer día del rodaje. Una furgoneta conducida por un hombre de unos cuarenta años y perfectamente sano se estrelló directamente contra la puerta de su casa justo cuando él iba a salir. Afortunadamente no hubo heridos, el conductor afirmó que súbitamente perdió el control del vehículo. Ichikawa sufrió una crisis nerviosa.

Compartid si lo deseáis esta entrada, al hacerlo dejará de pertenecerme y quedaré libre de mi maldición. No lo hago por maldad, rezaré para que la venganza de Oiwa-sama no os alcance.

30 mar 2016

KIYOHIME


IRA


                Cuentan que no hay fuerza más destructiva en la naturaleza que una mujer despechada. Al menos así lo creen en la provincia de Kii, donde un asombroso suceso tuvo lugar.

         Transcurría el séptimo año de la era Encho  (929 d.c.) cuando un joven monje llamado Anchin se encontraba realizando una peregrinación al santuario de Kumano Hongu. Quiso el destino que decidiera descansar en la casa del señor Masago, muy popular en la zona por sus costumbres ascéticas y por dar cobijo a peregrinos, monjes o no, que pasaran por el lugar.

            Cuentan también que el señor Masago tenía una hija, de nombre Kiyo, que no hace mucho había enviudado.

            Anchin era un joven apuesto y la dama Kiyo no tardó en sentirse atraído por él. El monje sucumbió a los encantos de la mujer y pasaron la noche juntos.



            A su partida Anchin aseguró a Kiyo que volvería a visitarla a la vuelta de su viaje y ella prometió esperarle.

            Los remordimientos atormentaban al peregrino. Había roto sus votos y en un viaje que debía de ser santo había mancillado todo lo que para él era sagrado. Había pecado, condenado su alma y sido preso de las pasiones humanas. Deseaba a esa mujer, la  poseyó y lo que le pareció más terrible, cuando le dijo que la visitaría no le estaba mintiendo, quería verla y con cada paso más desdichado se sentía.

            A la dama Kiyo los días le parecían semanas y las noches eternas, soñaba despierta con volver a ver a Anchin. Escribía poemas, cantaba y bailaba cuando nadie la veía, adolecía de un hambre que ningún manjar podía saciar. ¿Dónde estará su amado monje? ¿Cuánto faltará para el feliz reencuentro?

            Anchin tomó la decisión de no volver jamás a la casa de Masago, pasó de largo, cruzó el pueblo tan rápidamente como pudo y se propuso no regresar.

            Kiyo se sentía cada vez más desesperada, su amado no volvía, al principio se preguntó si le habría ocurrido algo pero no se oyeron noticias de ninguna persona desaparecida por aquellos lares, luego le atenazó la idea de que tal vez se hubiera olvidado de ella. Ansiosa preguntó a todo aquel que pasaba por el pueblo si había visto al monje Anchin. Alguien le dijo que la persona que estaba buscando ya había pasado por ahí e iba en dirección al río Hidaka y que si se daba prisa es posible que lograse alcanzarlo. Si dudar ni un momento corrió hasta casi desfallecer tratando de contener las lágrimas. No podía ser, su amado Anchin no, él le prometió que volvería con ella, no podría haber pasado de largo.

            Al llegar al embarcadero del río logró ver a Anchin, el cual huyó al verla, subió a una barca y le pagó una buena cantidad de dinero a Chikanobu, el barquero, para que le llevase a la otra orilla y no dejase cruzar a la mujer.

 


            Kiyo le suplicó que volviera pero Anchin le contestó que él no era el hombre que buscaba y le instó a que regresase a su casa.

            Un sentimiento de ira invadió a la desconsolada mujer, un rabia intensa, profunda ardía en su interior y gritando hasta casi desfallecer rogó a los dioses que la ayudaran. La dama Kiyo se encaminó hacia la orilla del río con intención de cruzarlo, nada en el mundo la podría detener, sus rasgos comenzaron a cambiar, una mueca de odio le deformaba la cara, su cuerpo se transformó en una gigantesca serpiente y con esta forma surcó las aguas con un solo objetivo en su mente: AnchinAnchinAnchin

         Agotado, el joven monje llegó al templo Dojoji. Allí solicitó asilo, afirmó que una extraña mujer la perseguía y que ni siquiera los rezos al dios de Kumano habían podido librarle de ella.
           
El abad le ofreció refugio y le indicó que en caso de aparecer su acosadora podría ocultarse bajo una gran campana de bronce que se encontraba en mitad del patio principal.

            La dama Kiyo, con su pavoroso aspecto hizo acto de presencia en el templo mas los monjes allí presentes no se inmutaron. Al preguntar ésta por el joven Anchin ninguno contestó lo que provocó que la rabia de la mujer se acrecentara aún más. Desesperada comenzó a buscar por cada rincón del templo. Estaba allí, lo sabía, ese olor, su olor. ¡Era Anchin! Ese maldito embaucador no iba a escapar, no esta vez.

            La campana, si, eso es. El miedo desprende una dulce fragancia, las serpientes lo conocen, ella lo conocía.

            “Anchin traidor” – dijo mientras se acercaba a la campana


                “Solo quiero abrazarte”- comenzó a enroscarse alrededor.

                “Anchin mi amor”- susurró mientras tomaba aire.

                “! Solo quiero matarte!”.

            La dama-serpiente  exhaló un torrente de llamas, tan intensas que el metal de la campana comenzó a fundirse. Los aterrados monjes pudieron contemplar cómo un mar de fuego inundaba el lugar y entre el crepitar de la madera y el denso humo oyeron los gritos del desdichado Anchin y las desquiciadas carcajadas de Kiyo.



            Dicen que la dama no encontró consuelo en su venganza y a pesar de recuperar su forma humana algo había cambiado en ella para siempre. Chikanobu el barquero encontró su cuerpo inerte días después en la orilla del río Hidaka. Kiyo se quitó la vida tal vez intentando apagar el fuego que aún ardía en su interior.

Ubicación de la campana en la que murió Anchin


            No pasó mucho tiempo  cuando un par de ángeles se aparecieron a los monjes del templo Dojoji, dijeron ser los espíritus de Kiyo y Anchin , ambos partieron en direcciones opuestas para no encontrarse jamás.

            Así me lo enseñaron y así os lo cuento.


HANNYA


                En Japón las mujeres suelen ser abnegadas, fieles y sumisas compañeras pero exigen el mismo nivel de respeto y dedicación por la cuenta que les trae a aquellos que hayan decidido unir sus vidas a las de ellas.

            Cuando son víctimas de los celos corren el peligro de sufrir una transformación interna y a veces también externa con consecuencias fatales para el causante de sus males. La criatura resultante es denominada hannya .

            Aunque es considerada como un demonio esto no quiere decir que la mujer esté poseída u hospede a ningún espíritu, su alma ha sido consumida por un profundo rencor y actuará descontroladamente pero seguirá siendo ella misma.

            Existen tres grados de transformación, siendo el primero y  más leve el denominado hannari, en el que la mujer desarrolla unos pequeños cuernos y es capaz de proyectar su odio apareciéndose a quienes la hayan agraviado, especialmente durante el sueño.

El segundo grado es conocido como chuunari, los cuernos crecen hasta tener un tamaño considerable y los incisivos crecen hasta sobresalirles de la boca. Podrá atormentar física o espiritualmente a su víctima.

El tercer y último grado es el llamado honnari. Llegada a este punto el cuerpo de la mujer sufre cambios drásticos, su cuerpo se llena de escamas y es capaz de vomitar fuego. Ni los mamori (amuletos) ni los rezos podrán detenerla. El cambio es irreversible, su espíritu se consume en el proceso y entra a formar parte del reino de los muertos.


Las hannya son un tema recurrente dentro del teatro  , siendo sus máscaras de las más reconocidas por todos.
     
  


“La furia tranquila
Fraguándose bajo la superficie
Para nunca desvanecerse

27 mar 2016

KAMAITACHI

EL INTRUSO DEL VIENTO


“! Tan solo era un chiquillo!”- pensó Genda mientras otra punzada de dolor le azotaba la espalda. Sujetó con fuerza la empuñadura de su sable.


            “Además, ¿Qué hacía un sucio campesino con una espada?  Seguro que se la robó a algúncadáveren…”-volvió a mirar su sable y exclamó con cierto aire de culpabilidad- “Bueno eso da igual”.

            Tagomi Genda no fue muy afortunado en esta vida. En lugar de reencarnarse en sapo o en kabutomushi (escarabajo pelotero japonés) fue condenado a una nueva vida mortal acorde a su karma.

            Malvivía como ronin alquilando su espada en una época donde las gloriosas batallas eran recuerdos del pasado y alegando un linaje largo y pomposo se jactaba de pueblo en pueblo impresionando a todo aquel que no se dejaba engañar por su descuidada barba, sus bruscos modales y sus remendados ropajes.

            Ese día no tuvo mucha suerte y tras ordenar una comida caliente y abundante bebida en una posada local no logró escabullirse alegando como en otras ocasiones una supuesta “urgente tarea” encargada por su señor. El posadero, un hombre de avanzada edad, le exigió el pago de las viandas a lo que un envalentonado Genda respondió con un empujón seguido de gruesas palabras apelando a su herido honor.

            Obtuvo su merecido cuando los asiduos del lugar, lejos de achantarse con sus bravatas, se le enfrentaron encolerizados y horrorizado vio cómo uno de ellos, un corpulento joven que por sus rasgos debía ser el hijo del posadero, sacó un wakizashi (espada corta) de debajo de un tablón.

            Genda logró salvar el pellejo, no sin antes pagar su justo tributo, una herida en la espalda, larga pero no muy profunda, lo suficiente como para empapar de sangre su ahora desgarrada ropa.

            La noche le sorprendió en mitad del camino, en estos inhóspitos parajes montañosos apenas podían encontrarse lugares en los que pernoctar, nada parecido a la carretera de Tokai, donde cada media jornada se podía encontrar cobijo, por no decir de las guapísimas mujeres de Kyo con sus coloridos kimono y embriagadores perfumes.

            El ronin suspiró aliviado cuando al bajar una pendiente pareció vislumbrar lo que parecía un edificio que aunque con evidentes signos de estar abandonado hace tiempo. No dejaba de ser un techo, y eso era algo que un superviviente como él supo apreciar de inmediato.

            No tardó mucho tiempo en instalarse en el lugar, que parecía un viejo templo, muy antiguo pues tenía la base construida en piedra y ya no se hacen sitios así, pero eran detalles que a Genda bien poco le importaban. Una pared que se mantenía firme le sirvió de parapeto contra el gélido viento montañés. Con unos tablones secos de la estructura encendió una pequeña hoguera, miró hacia uno y otro lado y tras percatarse de que nadie le observaba sacó de una de sus mangas una botella de sake (vino de arroz) , la miró triunfante. “estúpidos campesinos” pensó. Dio buena cuenta de ella en apenas un par de tragos y su repentino calor reconfortó su ahora vacío estómago. Lamentó no poder recostarse sobre el muro pues cada vez que lo hacía un terrible escozor le recordaba la vergonzante herida de la espalda. Se tumbó sobre un costado e intentó dormir aunque apenas sí logró echar una ligera cabezada.

            Algo le sobresaltó, un par de ojillos le observaban curiosos. Genda se incorporó llevándose la mano a la cintura tratando de encontrar su espada, la cual yacía descuidadamente a un lado de la hoguera. Se arrastró hasta alcanzarla y se percató de que se trataba de una comadreja. Gritó para espantarla pero obtuvo el efecto contrario, otro par de ojillos aparecieron, y luego otro.

            Las tres criaturillas lo miraban fijamente, preguntándose quizá quién había invadido su hogar y perturbado su descanso.

            “! Fuera de aquí malditas alimañas!”- exclamó mientras arrojaba piedras a los animales.

            En un abrir y cerrar de ojos las comadrejas desaparecieron entre los escombros, y Genda siseó triunfante, luego se dispuso de nuevo a dormir.

            No lo consiguió, cuando estaba a punto de sumirse en el sueño notó cómo un viento helado apagó la llama de la hoguera. Se incorporó de un salto sin saber muy bien qué había ocurrido.

            Sintió otro golpe de viento e inmediatamente un dolor agudo en sus pantorrillas. Al bajar la mirada vio horrorizado como la sangre manaba de una herida cortante, pequeña pero profunda.

            Genda empezó a sentir pánico, trató de huir pero cayó de bruces al chocar con el muro, sobre él la figura alargada de una comadreja se recortaba sobre el cielo nocturno aunque en esta ocasión Genda reconoció en sus patas delanteras una antinatural característica: Unas afiladísimas garras, largas como cuchillos, una en cada pata y pudo escuchar el gorgoteo burlón de la comadreja que la miraba desde lo alto.

            Desesperado emprendió la escapada, a rastras al principio, corriendo después camino abajo, pero a pesar de las grandes zancadas y del dolor de las heridas siguió oyendo los gorgoteos, a izquierda y derecha, arriba y abajo. Vio volar las últimas hojas del otoño y una nube de polvo, alzó el brazo para protegerse los ojos cuando sintió otro corte muy cerca del codo que le hizo gritar, en parte por el dolor en parte por el miedo.

            
            
Siguió corriendo dando alaridos casi perdiendo la razón cuando otro golpe de viento pasó entre sus piernas. En esta ocasión no sintió dolor alguno pero una de sus sandalias se desprendió de sus pies, lo que le dio cierto patetismo a su huida.

         
               Correr semidescalzo y de noche no es algo muy recomendable, especialmente si se hace en un terreno tan accidentado como ése, y accidentado fue el final de tan singular carrera. Genda trastabilló y cayó rodando por una ladera dando su magullado cuerpo con una enorme roca. Antes de perder el conocimiento pudo sentir un peso sobre su pecho y un gorgoteo jocoso.




            El magistrado local escuchó  de nuevo al ronin.

            “Tagomi Genda, señor, oriundo de la provincia de Mutsu, hijo de Tagomi Goemon, vasallo de la casa de Hosokawa, nieto y sobrino de

            “Si, si, si ya basta, ¿Y se puede saber qué hace un ´valiente´vasallo tan lejos de su hogar y por lo tanto de sus obligaciones?”- Inquirió el magistrado.

            “Señor, una urgente tarea me lleva de camino a la capital, asuntos de la máxima importancia, un tema imperial vital para
           
            “Ya, entiendo”- volvió a interrumpir el magistrado  “¿Y podría saberse porqué una personalidad tan relevante no utiliza el camino imperial? ¿Y por qué no lleva consigo su tegata  (permiso de viaje)?”

            “Pues verá señor, al ser asuntos confidenciales decidí dar un pequeño rodeo, pero estas montañas son muy traicioneras y mi tegata, bueno, es posible que me la sisaran en alguna posada del camino”

            “Comprendo, ¿Demasiado sake tal vez?”

            “Oh no, señor, eso jamás, durante el cump

            “!!Entonces a qué se debe semejante olor por todos los kami!!!” bramó el magistrado.

            -“Sseñor eeso fue culpa de un estúpido campesino con el que tropecé, se rompió una botella y acabé empapado, le di su merecido. ¡Se lo juro señor!”- replicó mientras tocaba repetidas veces el suelo con su frente a modo de disculpa.

            “¿A eso se deben las magulladuras de los brazos y piernas?”

            “ah, bueno, lo cierto es que tuve que enfrentarme con una improvisada turba, les despaché en un momento, les di lo suyo, pero nada de sangre señor, nada de sangre”.-Dijo Genda mientras se golpeaba el pecho.
           
            “Y durante la persecución perdió una sandalia, supongo.”

            “Si, si, así es señor, los muy cobardes escaparon, desgraciadamente caí por el terrible esfuerzo y perdí el conocimiento”

            “Y qué hay de esa herida en su espalda, es indudablemente el corte de una hoja, ¿No estaba usted siguiendo a unos campesinos y por lo tanto detrás de ellos?”

            “E..eso”- tartamudeó Genda. “Eso me lo hizo un Kamaitachi


EL PRETEXTO DE LA COMADREJA

          
            Muchas veces hemos oído decir “hace un frío que corta” o sentido al volver a casa dolores inexplicables bien sea en el cuello, la espalda, las piernas. Y es que en la tierra del sol naciente es posible que el viento realmente corte

         El kamaitachi es una criatura legendaria que presenta la forma de una comadreja con las extremidades superiores acabadas en punta similares a las de una mantis religiosa.

            Los “kama” son herramientas con forma de hoz utilizadas ampliamente por los granjeros para sus faenas agrarias y también como improvisadas armas las cuales aprendían a manejar con bastante pericia, dando a los plebeyos una oportunidad de defenderse en un mundo peligroso y llegando incluso a desarrollar unas técnicas de combate propias llamadas nofujutsu.


Los kama eran una de las numerosas herramientas utilizadas como arma por los campesinos


            A pesar de considerársele yokai los kamatachi son criaturas físicas, eso sí, con poderes extraordinarios. Cuentan con una agilidad y velocidad asombrosas, pudiendo con ella llegar a provocar fuertes vientos e incluso pequeños tornados cuando hay más de un ejemplar junto. También pueden aprovechar los vientos ya existentes para cabalgar sobre ellos. Su celeridad también les hace ser casi invisibles al ojo humano, a quienes les gusta sorprender y emboscar.

            Los kamaitachi se limitan a atacar a personas, nunca a otros animales, exceptuando para alimentarse o defenderse. Aún con todo no se puede decir que sean espíritus malignos, ya que las comadrejas nunca han sido muy populares en Japón por lo dañino de su comportamiento y los estragos causados en las granjas. Es por ello que si nos aferramos a cierto romanticismo el kamaitachi sería poco más que una especie de “espíritu vengador” de su propia especie, pues si bien odia profundamente al ser humano y le atacará sin dudarlo también es cierto que este tipo de espíritu suele vivir en lugares abandonados y parajes apartados. Si alguien invade su territorio actuará de inmediato, observará y juzgará al intruso y si no lo considera una amenaza se limitará a “avisarle” cortando sus zapatillas o si se trata de algún leñador o comerciante cortando las ataduras de su carga. En otras ocasiones llegará a aplicar un ungüento, de modo que sus heridas no empiecen a doler hasta que el infortunado no llegue a su casa y pueda atenderse por sí mismo. Si no se abandona inmediatamente sus dominios el kamaitachi se enfurecerá y provocará profundas heridas que no tienen por qué sangrar pero causarán un gran dolor y sufrimiento a quienes las reciban. No se sabe de nadie que haya muerto por un ataque de estas criaturas.

            Debido a la picaresca de la gente los kamaitachi han sido chivos expiatorios para cualquier dolencia inexplicable, heridas embarazosas e incluso retrasos o pérdidas económicas injustificadas. Siempre que no se podía presentar una excusa creíble la fórmula era: “kamaitachi ni kirareta”  (lo cortó un kamaitachi) y el asunto quedaba zanjado.

            Aunque se suele decir que actúan en grupos de tres esto no es del todo cierto, ya que se trata de una fusión con una antigua creencia de la provincia de Hida en la que se afirmaba que en la cuenca del río Niu vivían tres espíritus malignos que habitaban en el viento, uno de los cuales distraía a su víctima, el segundo la hería y el tercero tapaba la herida para que no sangrara.

            En el año 1890 un grupo de hombres de la provincia de Yamanouchi en la montañosa Nagano sufrieron el ataque de un grupo de estas criaturas.  Fueron derribados por un fuerte viento. Al incorporarse todos ellos presentaban heridas de hasta 35 centímetros de largo y dos de profundidad.

            Científicos de la época analizaron las lesiones sin poder dar explicación alguna. Fue el primer ataque de presuntos kamaitachi publicado en un periódico. 

            El suceso sigue considerándose hoy un misterio.

¿Auténtico kamaitachi o excelente trabajo de taxidermia?

23 mar 2016

TAKEDA NO KOMORIUTA

AÑORO MI HOGAR


              No me gustaría cuidar de este niño hasta el festival Bon.


                Empieza a nevar y está llorando.

                ¿Cómo podré estar contenta cuando empiece la fiesta?

                No tengo ropas bonitas ni lazo que ponerme.

                El niño sigue llorando y es malo conmigo

                Cada día estoy más delgada.

                Deseo irme de aquí y volver

                Allá donde viven mis padres

                Allá donde viven mis padres.


LA NANA DE TAKEDA 


            La nana de Takeda es una conmovedora canción tradicional japonesa que nos cuenta la historia de una niña pequeña que es obligada a servir en la casa de unos señores en una provincia vecina. La chica extraña su hogar y su familia, donde a pesar de su pobreza era feliz. Para consolarse solía cantar esta canción la cual se hizo tremendamente popular, especialmente en el distrito de Kansai.

Originalmente esta composición no tenía nombre, la pequeña autora sólo tenía el eco de las montañas y el cantar de los pájaros para acompañarla en su cantar. Se interpreta con una voz acompañante a modo de eco y un instrumento de cuerda imitando el canto de las aves.

            La niña pertenecía a la casta de los burakumin o eta, en la que estaban integrados todos aquellos con profesiones “impuras” que eran todas aquellas relacionadas con la sangre y la muerte, así los carniceros, verdugos, enterradores, curtidores, etc . eran apartados de la sociedad llegándoseles a considerar hinin (no-personas). No sólo quien realizase dichas labores, si no toda su familia y descendientes cargaban con tal estigma y por tanto estaban destinados a la pobreza y el mayor de los ostracismos.



LOS INTOCABLES


                En Japón las castas se dividían en buke (la alta nobleza y la familia imperial), kuge (la baja nobleza y los guerreros), heimin  (literalmente medio-personas), siendo los más respetados los médicos que podían en muchos casos portar espada corta, granjeros que producen, luego los artesanos que transforman lo que otros producen (especialmente carpinteros) y por último los comerciantes que se lucran con lo que otros producen y transforman. Fuera de este orden social quedaba la casta eta, que se ocupaban de todo aquellos trabajos sucios y denigrantes, no eran considerados “personas” y sus vidas carecían de valor excepto las tareas que pudiesen realizar no considerándose crimen el acabar con alguno de ellos. Su mera presencia podía considerarse por algunas clases elevadas como un insulto y por regla general se actuaba de inmediato. Los criminales y los extranjeros también estaban englobados en esta categoría.

Miembros de la casta eta.

            Hoy día, en pleno siglo XXI perviven dos de las castas, la más alta (limitándose a la familia imperial) y todos los burakumin.  Aunque la situación se fué relajando este grupo social sigue siendo objeto de desprecio y se les suele evitar, aunque les permiten ir a la escuela e incluso a la universidad raras veces consiguen trabajo fuera de sus tareas habituales y el matrimonio con alguno de ellos está socialmente muy mal visto.

            No obstante algunos integrantes de esta comunidad han sabido superar todas estas adversidades y gracias a su fuerza de voluntad y espíritu emprendedor han alcanzado un gran éxito, como ejemplo tenemos a Tadashi Yanai, propietario de la empresa textil UNIQLO. Es uno de los hombres más ricos de Japón y el trigésimo quinto del mundo.


LA CANCIÓN PROHIBIDA


            En 1971 el grupo Aka tori  (pájaros rojos) grabó un sencillo con un único tema “Canción de cuna de Takeda” el cual se consiguió ventas millonarias.

            Rápidamente el Movimiento de liberación Buraku , organización socio-política encargada de reivindicar derechos sociales para los burakumin, la adoptó como himno, lo que hizo que el gobierno japonés ordenara su censura, obligando así a los medios de comunicación a cancelar su emisión.


            La canción estuvo prohibida hasta el año 1990.




(para poder disfrutar del vídeo antes pulsa en la esquina inferior izquierda para pausar la música de la página, disculpad las molestias)