8 abr 2016

MIMINASHI HOICHI

EL LLANTO DE LOS MUERTOS


-“!Eh, tú!, ¿Eres Hoichi?”- inquirió una dura voz

            El escuálido monje se sobresaltó pues no solía recibir visitas a tan altas horas de la noche. Giró la cabeza a uno y otro lado, a pesar de estar ciego había adquirido la habilidad de localizar a sus interlocutores por el sonido de sus voces pero en esta ocasión parecía proceder de todas partes a la vez.

-“¿Eres Hoichi el músico?”- repitió el misterioso visitante.

            El monje tanteó con la mano derecha hasta alcanzar su biwa (instrumento de cuatro cuerdas similar a un laúd) y lo abrazó como una madre a su hijo recién nacido.

-“Si señor, así me llamo. ¿Qué desea de mí a estas horas?”

-“! Silencio!, tienes que acompañarme inmediatamente, llévate tu instrumento, yo te guiaré.

La voz sonaba autoritaria, fría y dura como un bloque de acero, contenida pero imperativa. El extraño le asió del brazo y  fue abriendo camino. Su tacto era como el de un halcón cuando abate a su presa, podría partirle el brazo con un solo movimiento si quisiera. El entrechocar de diversos abalorios y el crujir de algún tipo de cuero, junto con todos los detalles anteriores indicó a Hoichi que debía de ser un guerrero con toda su panoplia quien le conducía a su desconocido destino.




Un escalofrío le recorrió la espalda, quizá alguien importante habría podido sentirse ofendido por alguna de sus canciones y mandaba a uno de sus servidores para ejecutarlo ante él.

-“Tranquilo Hoichi, mi señor no te desea ningún mal”- dijo el guerrero, como si de alguna manera hubiese podido escuchar sus pensamientos.

Al poco llegaron a algún lugar cerca de la costa, la brisa marina y el romper de las olas hacían las noches veraniegas de Akamagaseki muy agradables y llevaderas, muy distintas de la infatigable humedad que sufrían media jornada de camino más hacia el interior.

El guerrero pidió permiso y unas enormes y pesadas puertas se abrieron ante ellos, el chirriar de los goznes indicaron a Hoichi que se trataba de una edificación imponente, un palacio o tal vez un castillo, pero no sabía de ninguno por esa zona.

-“!OOOii... Acudid todos, he traído a Hoichi, daos prisa, haced los preparativos!”- exclamó el guerrero.

Un sonido de frotar de seda contrastaba con el tosco rechinar de su escolta, leves risas de mujer le rodearon y el monje no pudo evitar sentir una profunda vergüenza. No hace mucho que llegó a esa zona, era un simple peregrino mendicante al que se le dio asilo en el templo de Amida-ji  y ahora se encontraba ante nobles del más alto rango, cubierto de harapos y con la cabeza sin afeitar.

Una mano de porcelana asió su muñeca, suave, fría, delicada, como si fuera a quebrarse en cualquier momento, su tacto se diferenciaba tanto de la zarpa de hierro que hasta hace poco le atrapaba como el invierno es al verano y el mar es a la tierra.

-“Querido Hoichi, hemos estado esperándote.”- Dijo una melodiosa voz.

-“¿Quién mi señora?”- contestó Hoichi.

-“Nosotros, simplemente nosotros, no hagas muchas preguntas buen monje, solo has de saber que mi señor es una persona muy importante y que estamos de paso. La fama de tus habilidades con el biwa ha llegado hasta sus oídos y es su deseo que nos deleites con tu música. ¿Querrías hacer eso por nosotros Hoichi-san?”- dijo la voz

Sabedor que desobedecer la petición de un samurái no era una buena idea no tenía otra opción que acceder, aunque la dulzura en la voz de su interlocutora unida a la extrema cortesía mostrada para con él hicieron que Hoichi realmente quisiera compartir su arte ante tan ilustre audiencia.

-“¿Tiene su señor algún tema predilecto?”- preguntó.

-“Las crónicas de Heike”.- dijo ella.

-“Mi señora, es una saga muy extensa, podría llevar días, ¿Qué pasaje debo interpretar?”

-“Dan-no-ura”- contestó lacónicamente.




Hoichi hizo una profunda reverencia y preparó el biwa. La voz del monje comenzó a relatar los hechos, tañía su laúd y de él brotaron solemnes notas,  decidió llevar el relato un poco más atrás y así relató a todos la gloriosa carga en Ichi-no-Tani, la heróica muerte del joven Atsumori  y así hasta llegar hasta el fatídico día en el que la poderosa flota Minamoto  acorraló a los restos del clan Taira, que a pesar de escasos eran la flor y nata de su tiempo. Los guerreros más cultos y valientes, las damas más corteses y bellas.

El canto se hizo más frenético a la vez el oleaje se dejaba sentir por toda la estancia, los dedos de Hoichi pellizcaban las cuerdas imitando el disparo de los arcos. Habló de bravos sirvientes que se hundían en las oscuras aguas de Dan-no-ura para no emerger jamás. De temibles guerreros que aún estando sus petos cargados de sangrantes saetas se negaban a caer y de nobles doncellas que se resistían a ser capturadas y apuñalaban sus largos cuellos.

Y habló de la muerte del emperador niño Antoku, de cómo su abuela lo preparó con su vestidito de guerrero y su pequeña espada ceremonial. Los cuerpos de las damas de más alta alcurnia le sirvieron de escudo final. El barco comenzó a arder y poco a poco, junto con todos sus ocupantes se sumergieron para siempre.

La estancia se llenó de lamentos y llantos, hombres y mujeres por igual se golpeaban el pecho y maldecían aquel fatídico día. Las mujeres invocaban entre lágrimas el nombre de Antoku. La pena inundaba el lugar.





Hoichi se sorprendió del impacto que provocó su actuación y guardó un respetuoso silencio. Al poco la dama que habló por primera vez dijo:

-“Hoichi-san, agradecemos profundamente que hayas cantado para nosotros esta noche, mas nuestro señor se sentiría muy agradecido si accedieras a volver a actuar para nosotros mañana, solo permaneceremos aquí seis días y luego nos marcharemos, vuestra música haría nuestra estancia mucho más agradable”.

-“Lo haré sin dudarlo mi señora, ¿Pero a quien debo el honor?” –replicó

-“Viajamos de incógnito Hoichi-san, no necesitas saber más”

Y así terminó la primera noche, Hoichi volvió al alba y nadie en el templo pareció darse cuenta de su ausencia.

El guerrero volvió la noche siguiente a buscarle, encontró al monje preparado, esperándole, cosa que pareció satisfacer al guía quien profirió un gruñido a modo de risa.

Alguien en el monasterio se percató de la ausencia de Hoichi y no tardó en comunicárselo al abad, quien con un gesto de preocupación aguardó su regreso.

Un poco antes del amanecer y como ya hiciera el día anterior Hoichi volvió al monasterio. Allí le esperaba el abad:

-“Querido Hoichi ¿Puedo preguntar dónde has estado toda la noche?”

-“Señor abad, alguien reclamó mis servicios y tuve que antenderles”- respondió un sorprendido Hoichi.

-“¿Podría saber qué servicios eran esos que te mantuvieron dos noches fuera de este lugar?”- insistió el abad.

-“Lo siento, no puedo hablar de ello, ruego me perdonéis”.- sentenció Hoichi.

Dando por terminada la conversación el abad dio media vuelta sin mostrar ninguna emoción pero resuelto a averiguar qué ocultaba el monje. Ordeno a uno de sus subordinados que se mantuviese alerta y vigilara a Hoichi y en caso de abandonar el monasterio le siguiera.

Siguiendo el acordado ritual el monje y el guerrero se alejaron hacia la costa. Un sacerdote siguió a Hoichi aunque no tardó mucho en perderle de vista, una inoportuna lluvia y una noche sin luna impidieron seguirle el rastro.

No dándose por vencido y dejándose llevar por su oído el sacerdote prosiguió su búsqueda. Su perseverancia se vio recompensada al distinguir entre el repiqueteo de la lluvia el melancólico sonido de un biwa.

Encontró a Hoichi en un viejo cementerio cerca de un acantilado que daba al mar, estaba arrodillado entonando una antigua canción, La batalla de Dan-no-ura. Parecía ajeno a la lluvia que poco a poco se había vuelto torrencial. El sacerdote volvió lentamente su cuello y con horror comprobó que se encontraba frente a las tumbas del clan Taira.

Tumbas de guerreros Heike en el santuario de Akama

“!Hoichi, Hoichi, despierta por favor!”- le gritó el sacerdote mientras con una mano agitaba el hombro del músico.

Hoichi, lejos de parar, redobló sus notas y prosiguió con su cantar acentuando cada una de las notas. El sacerdote intentó arrebatarle el laúd pero al hacerlo Hoichi abrió sus ojos de par en par dejando ver dos marmoleas esferas blancas. Cuan demoníaco látigo un trueno iluminó el cielo y durante una fracción de segundo el sacerdote creyó ver cómo las gotas de lluvia, recortaban siluetas de soldados invisibles que le rodeaban, y su mente quiso hacerle creer que las figuras formaban un silencioso ejército cuyas filas llegaban hasta la orilla del indómito mar.



. . .

El sol estaba ya bastante alto  cuando Hoichi recuperó el conocimiento, El abad le observaba con severidad, y no dejó de hacerlo mientras con un leve movimiento de su mano pidió que les dejaran solos.

“Hoichi, mírame, estás en Amida-ji. Te encuentras a salvo, de momento al menos”- le dijo lentamente.

Hoichi no contestó, abrió la boca como si quisiera decir algo, pero no pudo articular palabra alguna.

“Hoichi, estás embrujado , has cruzado el umbral y ahora los muertos te reclaman para que formes parte de su séquito por toda la eternidad”.

El monje abría y cerraba la boca sin cesar, como un pez fuera del agua, abriendo sus inertes ojos y dibujando con sus cejas una mueca de absoluto temor.

“Pero aún hay esperanza para ti, debemos apresurarnos, la noche se acerca”.

Un acólito reavivó el fuego y el olor a incienso llenó la estancia, empequeñecida por una gran estatua dorada de buda. Una fila de disciplinados monjes entonaban sutras en continua sucesión. Hoichi se encontraba desnudo en el centro de la habitación, el abad estaba detrás, mojaba con cuidado un pincel en tinta china y trazaba gruesos  caracteres en su espalda.



“Este es el sagrado Sutra Hannya Shin Kyo.  La forma es el vacío y el vacío es la forma. El vacío no difiere de la forma; la forma no difiere del vacío. Aquello que es forma es vacío. Aquello que es vacío es forma. Percepción, nombre, concepto y conocimiento son vacío. No hay ojo, ni nariz, lengua, ni cuerpo ni mente

El abad siguió dibujando por todo el cuerpo de Hoichi mientras recitaba la oración.

“Ahora los muertos no podrán verte, permanece inmóvil, concéntrate y repite mentalmente el sutra, no hagas ruido, no te muevas, no tengas miedo. “- dijo el abad tras acabar.

Poco a poco los monjes fueron abandonando el lugar y al caer el sol Hoichi se quedó solo.





Al igual que las pasadas noches el guerrero entró en sus aposentos, le estaba llamando, al no contestar examinó el resto del edificio. Un pesado caminar le hizo saber que no andaba cerca.

“!Hoichi, no te escondas, Hoichi, tienes que venir conmigo no me hagas enfadar, Hoichi maldita sea, presentate ante mí, ahora!”- gritaba el guerrero.


Los pasos se aproximaron directos hacia él. Hoichi contuvo el aliento.

-“Vaya, ¿Pero qué clase de portento es este? Dos orejas flotando en el aire. Está bien Hoichi, me las llevaré y así podré demostrar a mi señor que estuve aquí”.

Las metálicas zarpas agarraron las orejas de Hoichi y de un violento tirón se las arrancó. El monje aguantó estoicamente el dolor hasta que creyó que el guerrero había abandonado el lugar, luego perdió el conocimiento.

Una vez repuesto de sus heridas el abad pidió perdón a Hoichi por olvidar dibujar los sagrados ideogramas en las orejas.

Desde entonces fue famoso en toda la región cierto monje ciego cuya música hacía llorar hasta a los muertos. Fue apodado “Hoichi miminashi” –(sin orejas).

Santuario dedicado a Hoichi en Akama, donde hizo llorar a los muertos.


SANGRE Y SAL


                El veinticinco de abril de 1185 el sur de Japón se vio sacudido por una de las más violentas batallas de su historia. En el estrecho de Kannon  una gran flota de casi mil barcos pertenecientes al clan Minamoto  (o Genji)  derrotó a lo que quedaba del clan Taira(o Heike) que apenas sumaban quinientas naves y que transportaban no solo a guerreros si no también a las familias de éstos así como el emperador Antoku de seis años de edad.




            La ferocidad de los atacantes junto con la voluntad de proteger a su emperador convirtió el enfrentamiento en una matanza. Ni uno solo de los Taira sobrevivió a la batalla. Incluso aquellos en tierra con vínculos familiares fueron ejecutados.

            Según cuenta la leyenda los espíritus de los guerreros Taira se reencarnaron en cangrejos en cuyos caparazones puede distinguirse el fiero rostro de un guerrero samurái. Son los conocidos como Heikegani . Si los pescadores se topan con alguno de estos ejemplares en sus redes se apresuran a pedir disculpas y devolverlo al mar.

Uno de los heikegani

            
Uno de los tres tesoros imperiales, la espada kusanagi, se perdió para siempre.

            El pueblo japonés siente un profundo respeto hacia el clan Taira, y a diferencia de otros países no se ceban en el enemigo caído y reverencian el valor mostrado en combate.

            La obra Heike monotagari narra la guerra que sostuvieron ambos clanes y es el relato épico japonés por excelencia.


            En cuanto a Hoichi perdió lo que simbólicamente resultaba más valioso para un músico pero según dicen las malas lenguas no fueron sus orejas lo que se llevó el bravo guerrero Heike sino otro apéndice que al viejo abad se le olvidó pintar, ¿Qué fue entonces? No me pregunten, solo les digo una cosa y quien quiera que lo entienda:


Señores va por ustedes. 




2 abr 2016

YOTSUYA KAIDAN


NOTA ACLARATORIA: Antes de comenzar a escribir este texto quisiera pedir su permiso al espíritu de OIWA-SAMA, espero  estar a la altura y poder relatar una vez más su historia como muchísimos otros hicieron antes que yo. Rezo por que su alma encuentre la paz y para que su ira no recaiga sobre mí.

            Pido también disculpas a los lectores por la sobriedad del texto pero debo tratar el tema con la máxima delicadeza.


MALAS COMPAÑIAS


          Siempre me han gustado las historias de fantasmas, en Japón las llaman kaidan. Existen cientos de ellas, las hay de todo tipo, fantasmas desdichados, vengativos, demonios. Aún no entiendo muy bien qué me impulsó a elegir ésta precisamente, quizá porque es la más famosa de todas, o porque el terror asiático tal y como lo entendemos (o creemos entenderlo) bebe de esta fuente primordial, o porque es para el terror oriental lo que los relatos de Poe, Lovecraft o de Maupassant son al occidental. Es posible que me esté metiendo en un buen lío pero algo me impulsa a contarlo. Fuera es de noche, a pesar de ser primavera hace un poco de frío y oigo al viento silbar. Estoy en mi habitación, no hay nadie conmigo aunque no me siento del todo solo, quizá no lo esté. La verdad es que no quisiera tener que hacerme estas preguntas...


            Estamos en el verano del año 1825, el teatro de kabuki Nakamuraza está abarrotado, hoy presentan una nueva obra, se titula Tokaido Yotsuya kaidan. Ha causado un gran revuelo en la capital y durante días no se habla de otra cosa. Es difícil encontrar entradas, el aforo está completo y el espectáculo se ha prolongado indefinidamente. Se atenúan las luces, hay un silencio expectante, la función va a comenzar.

ACTO PRIMERO

                 Tamiya iemón es un samurái de baja estofa, las guerras intestinas acabaron hace décadas y malvive recibiendo un mísero estipendio del bakufu (gobierno militar instaurado por los shogun Tokugawa). Es bebedor, pendenciero y le gusta jugar. En ocasiones se gana algunas monedas haciendo de matón para cualquiera que se atreva a ofrecerle “trabajo”.

            Está casado con Oiwa, hija de Yotsuya Samón, otro samurái arruinado que trata de salir adelante sin perder la dignidad. Iemón y su suegro no se llevan bien, Samón es conocedor de la mala vida de su yerno y se lo reprocha siempre que tiene la ocasión sugiriendo amargamente que él y su hija deberían separarse pues no merece tan mal marido. Estas disputas solían acabar en agrias discusiones pero una noche en la que Iemón había bebido de más mata a su suegro.


Tamiya iemón
         
            Por otra parte tenemos a Naotsuke, compañero de correrías de Iemón, está enamorado de Osode, hermana de Oiwa. Una noche de juerga en el prostíbulo local discute con el dueño del negocio debido a las deudas acumuladas. Naotsuke es expulsado y se le prohíbe la entrada, lleno de rencor y muy bebido aguarda oculto en un oscuro callejón a que el proxeneta regrese a su casa. Se lanza sobre él y lo apuñala por la espalda con tan mala fortuna que la víctima es nada menos que su propio maestro. Espantado corre en busca de Iemón y le pide ayuda, ambos comparten su doble crimen y traman un plan para protegerse mutuamente: contarán que unos desconocidos atacaron y asesinaron a Yotsuya Samón y al maestro y jurarán encontrar a los culpables y vengarse, a cambio Iemón propondrá que Osode se marche a vivir con Naotsuke para que éste la proteja. Ella se niega puesto que está prometida con un samurái que se encuentra sirviendo a su señor y a la espera de recibir el permiso para casarse. Iemón monta en cólera y Osode acepta a regañadientes.


ACTO SEGUNDO

             Tras un año Oiwa da a luz, un niño sano y fuerte, ella no se recupera del parto y su salud empieza a deteriorarse aunque su hijo y la promesa de venganza de su marido le dan fuerzas para continuar. Iemón sin embargo comienza a distanciarse de su mujer, siente remordimientos por haber hecho una promesa que no puede cumplir.

            Durante sus ausencias conoce a Ito Oume, una muchacha mucho más joven que él y la toma como amante. Los padres de Oume, acaudalados mercaderes, descubren la relación y proponen a Iemón que se case con su hija para evitar el escándalo, le ofrecen una vida acomodada a cambio de un apellido noble como el suyo.        La oferta es demasiado tentadora como para que un hombre ambicioso como él la desaproveche pero antes tendrá que deshacerse de su mujer y su hijo.

iemón y Oume, su amante

            Un maquiavélico plan comienza a gestarse, la familia Ito facilita a Iemón un veneno para que se lo administre a su esposa. La pobre Oiwa comienza a tomar la nueva medicina que le ha traído Iemón.

            Día a día Oiwa va sintiéndose cada vez más débil, sufre una parálisis en el lado derecho de la cara y pierde la visión de un ojo.  Horrorizado el sirviente encargado de la casa observa cómo el rostro de Oiwa se va deformando. Por piedad hacia la señora no le cuenta nada pero ésta no tarda en darse cuenta de la realidad cuando comienza a perder grandes cantidades de pelo. Pide un espejo al criado y contempla al monstruo en el que se ha convertido, el sirviente conmovido por la dama revela sus sospechas y le habla de la misteriosa medicina que le entregaba su marido. Oiwa comienza a gritar de forma histérica.

            Iemón acude alarmado y acaba con el criado, con una sonrisa maliciosa afirma que ahora podrá acusarla de adulterio y así obtener el divorcio, el sirviente cargará con la culpa y ella con la vergüenza.

iemón ataca a su familia

            Una enloquecida Oiwa se abalanza sobre Iemón quien por accidente levanta el brazo con el que sostenía la espada y le atraviesa la garganta.

            Ahogándose en su propia sangre y entre una terrible agonía maldice a su marido, después el cuerpo de Oiwa se desploma sin vida.

            Iemón decide no dejar ningún cabo suelto, de manera despiadada asesta un tajo mortal a su hijo pequeño, luego hace desaparecer los cuerpos clavándolos en unas tablas y arrojándolos al río. Un silencio total inunda la escena.

los cadáveres son clavados a unas maderas y arrojados al río
             


ACTO TERCERO


                Oume e Iemón pueden celebrar su boda, ya no hay necesidad de esconderse. Triunfantes se disponen a pasar su primera noche como marido y mujer.

            Al retirar el velo de su nueva esposa Iemón contempla horrorizado cómo la cara bajo la seda no es la de la joven Oume sino la escalofriante faz de Oiwa , con sus grotescas cicatrices y su ojo ciego, un río de sangre manando de su boca y acunando a un bebé que ni llora ni se mueve.
   
            Iemón, presa del pánico se hace con su espada y decapita al fantasma, una fuente roja empapa su rostro, y una cabeza de mujer rueda por el suelo. El corte fue preciso, Oume murió sin apenas darse cuenta

Oiwa engaña a iemón para que mate a Oume

             Consciente del terrible acto que acaba de cometer Iemón se dirige precipitadamente a ver a su nuevo suegro y contarle lo que ha sucedido. Al llegar a su casa es recibido por la renqueante figura de su antiguo criado que con las heridas aún abiertas le demanda más medicina. Otro golpe de espada, el señor Ito cae muerto tiñendo el tatami de rojo carmesí.

            Oiwa, por todas partes, Iemón la mataba una y otra vez pero volvía a parecer, los cuerpos iban amontonándose a la vez que continuaba la carnicería.

            Iemón escapa a las montañas dejando tras de sí un sendero de destrucción y muerte.   
 

ACTO CUARTO

                 Oculto en su refugio en la región montañosa de Hebiyama, Iemón recibe la visita de Naotsuke quien sabedor de lo acontecido no duda en chantajearle, con el poco dinero que le quedaba se ve obligado a comprar su silencio.
           
            Al volver a casa Naotsuke se encuentra con un inesperado invitado, se trata de Sato Yomoshichi, el prometido de Osode, hermana de Oiwa. El samurái exige una explicación a Naotsuke y amenaza con matarle a la vez que muestra un vestido descolorido por la humedad con el blasón de la familia Yotsuya. Osode reconoce inmediatamente la prenda como la que solía vestir su hermana.

Yomoshichi reprende a Naotsuke

            Naotsuke revela el triste destino de Oiwa, así como el paradero de Iemón. Confiesa también estar perdidamente enamorado de Osode y que a pesar de haberla retenido jamás la ha forzado, luego pide a Yomoshichi que acabe con su vida.

            Osode intenta suicidarse para evitar que ninguno de los hombres muera por su culpa. Ambos la detienen y llegan a un acuerdo: juntos lucharán contra Iemón, si alguno de ellos muere el otro se comprometerá a cuidar a Osode para siempre. Una vez preparados los dos parten para enfrentarse a Iemón y así vengar a Oiwa.


ULTIMO ACTO

                 Iemón sigue atormentado por el fantasma de Oiwa. Está condenado a permanecer en una total oscuridad. El desfigurado rostro de su antigua mujer se le aparece cada vez que se acerca a una luz, su figura surge de dentro de las lámparas rodeadas de fuego y serpientes que amenazan con envenenarle.

Oiwa atormenta a iemón

            Se refugia en un pequeño templo donde los monjes mantienen a raya al fantasma pero la locura ha hecho mella en la mente de Iemón, durante la noche es víctima de terribles pesadillas y durante el día de profundos remordimientos.

            Yomoshichi y Naotsuke encuentran el templo. Al ver a su antiguo amigo levantar su espada contra él Iemón pierde la poca cordura que aún conservaba. Blande su espada invadido por una demoníaca sed de sangre asestando golpes a los monjes que le acogían. Durante la lucha Naotsuke e Iemón se hieren mortalmente.

iemón, Yomoshichi y Naotsuke se enfrentan

            Osode trata de consolar a Naotsuke, quien le pide perdón y le dice que sin ella la vida ya no tiene nada bueno, le entrega su espada y muere en paz.

            Osode hunde el arma de Naotsuke en el cuerpo de Iemón cumpliendo así su venganza.


            Poco a poco el público va saliendo del trance en el que parecía estar sumido, se oyen rumores, alguien aplaude tímidamente, en un palco se oye otro aplauso, y como una inesperada tormenta todo el teatro estalla, el clamor de la audiencia es unánime. La función ha sido un éxito.


ONRYO

                 Los espíritus vengativos son comunes en cualquier cultura que venere a los muertos. Bien sea por no darles un entierro acorde con las prácticas religiosas dominantes, por una muerte injusta o traumática e incluso para proteger a un tercero de una amenaza inminente, las almas de los fallecidos pueden negarse a abandonar este mundo hasta ver realizada una tarea y poder entonces descansar en paz.

            Japón también tiene los suyos, los yurei. Es fácil evitarlos, basta con no provocarlos y armarse de paciencia, harán todo lo posible por ver cumplido su objetivo y después se marcharán para siempre.

            Existe sin embargo otro tipo de entidad más terrible, más dañina, más aterradora. Son Onryo . Estos fantasmas, casi siempre femeninos, no se contentarán con la venganza, preferirán atormentar al causante de sus males, no acabarán con su vida inmediatamente tratando de alargar su sufrimiento todo lo posible hasta destruir su cordura.

            Pero a diferencia del yurei, el Onryo  NO desaparece una vez cumplida su venganza. Estas entidades están llenas de odio y se alimentan del miedo y sufrimiento ajenos. Su maldición se irá extendiendo como una enfermedad, buscará nuevas víctimas y tratará de acabar con ellas, en caso de no haber nadie disponible el Onryo  maldecirá un lugar. Cualquier incauto visitante que permanezca más tiempo del debido en estos parajes encantados se convertirá en portador de la maldición.

            Se han dado casos de objetos (normalmente antiguas posesiones de un Onryo) que se han convertido en transmisores de la maldición. Nunca hay que destruirlos, ya que desataría las iras del fantasma, se aconseja pasarlo a otra persona. Dicha acción no es garante de seguridad, pues la maldición dependerá del grado de conexión que se tenga con el objeto en cuestión.

            Un Onryo  podrá exorcizarse mediante rituales sagrados pero solo servirá para aplacarlo y retenerlo en un lugar concreto pero no expulsarlo y con el tiempo el espíritu encontrará la manera de escapar.


LA MALDICIÓN DE OIWA

                 Como vimos anteriormente Tokaido Yotsuya Kaidan  es una obra de ficción escrita en el siglo XIX y adaptada para su interpretación teatral.

            Basada en sucesos reales inconexos la historia cosechó un éxito apabullante obligando a aumentar el número de funciones programadas.

            Ha sido adaptada para todos los formatos conocidos, series de televisión, distintos géneros de teatro y casi cuarenta películas si incluimos las de animación. Puedo afirmar sin ningún temor a equivocarme que se trata de la historia de fantasmas más famosa de Japón. La imagen de Oiwa, con su descuidado y largo pelo cubriéndole parte del rostro, piel violácea y mortaja blanca se ha convertido en la imagen arquetípica del fantasma asiático.



LA PESADILLA SE HACE REAL

                 El nombre de Oiwa aún hace temblar a muchos japoneses, y mientras que en occidente se han dado casos de rodajes malditos Yotsuya Kaidan  es una obra maldita. Todo aquel que ha participado en cualquier tipo de recreación de la historia ha podido ser testigo de o sufrido la maldición. Actores de teatro, escritores, equipos de rodaje han sufrido una y otra vez accidentes, muertes repentinas e incluso manifestaciones de la misma Oiwa.

          Son muchos los que se siguen negando a participar en representaciones que tengan que ver con Yotsuya Kaidan. La paranoia alcanzó tal punto que llegó a celebrarse un funeral budista para aplacar al espíritu de Oiwa. Su tumba se encuentra en la parte más alta de un cementerio ubicado tras el templo de Myogyo-ji, en Sugamo, rodeada de tres tenebrosos árboles. Si alguna vez reunís el valor suficiente para ir a visitar la tumba y contáis con algún conocido japonés probad a pedirle que os acompañe. Tratará de convenceros para que no vayáis y en última instancia intentará poner cualquier excusa para retrasar la visita.

Tumba de Oiwa en Myogyo-ji

            La familia Tamiya (apellido de Iemón) también fue víctima de Oiwa y para calmarla ordenaron levantar un santuario al que le dieron el nombre de Oiwa Inari Tamiya jinja, donde monjes de la secta Nichiren rezan día y noche. Se considera un sitio maldito, como prueba de ello a la entrada se muestran gran cantidad de recortes de periódico con noticias de los numerosos sucesos inexplicables que han sufrido muchos de sus visitantes.

      Se recomienda encarecidamente evitar este lugar.


Santuario de Oiwa Inari Tamiya y advertencias en la entrada



            Existe la tradición de que todo aquél que decida participar en la obra Yotsuya Kaidan debe visitar la tumba de Oiwa y pedir permiso. En especial la actriz protagonista. En caso de no hacerlo la obra se considerará maldita.

            En noviembre de 1966 el actor conocido como Ichi-ryu-zai Teisan olvidó visitar el templo de Oiwa como tantas otras veces había hecho. Al finalizar la interpretación sufrió un infarto cerebral y murió.

            En 2104 el famoso director Takashi Miike quiso dar una nueva vuelta de tuerca con el largometraje titulado Kuime (over your dead body) en la que un grupo de actores que se encuentra rodando “Yotsuya Kaidan” es atacado por el fantasma de Oiwa que trata de poseer a la actriz que la interpreta mientras que en la vida real se van dando paralelismos más que casuales con la historia original.


Y como no, algunos actores pagaron el precio. El actor Ichikawa Ebizo, protagonista de Kuime casi pierde la vida el primer día del rodaje. Una furgoneta conducida por un hombre de unos cuarenta años y perfectamente sano se estrelló directamente contra la puerta de su casa justo cuando él iba a salir. Afortunadamente no hubo heridos, el conductor afirmó que súbitamente perdió el control del vehículo. Ichikawa sufrió una crisis nerviosa.

Compartid si lo deseáis esta entrada, al hacerlo dejará de pertenecerme y quedaré libre de mi maldición. No lo hago por maldad, rezaré para que la venganza de Oiwa-sama no os alcance.