1 may 2016

TAKETORI MONOGATARI


-“Abuelo mira que grande está la luna, y cómo brilla sobre el Fuji-zan”
           
-“Ahh, que maravilla, hoy la princesa debe estar contenta”
            
-“¿La princesa? ¿Qué princesa abuelo?”
            
-“! La princesa de la luna chiquillo! ¿Acaso no sabes la historia?”
            
-“Uhhh, pues no ¡Cuéntamela abuelo, cuéntamela!”
            
-“Esta bien, pero presta atención porque no pienso repetírtela”
            
-“Siii, siii”
           
-“De acuerdo, hace mucho, mucho tiempo


UNA BENDICIÓN INESPERADA


            En un lugar lejano en la memoria y el tiempo vivía una pareja muy pobre. Para subsistir el hombre tenía que cortar bambú en un bosque cercano y aún así apenas les daba para llenar sus estómagos. Como no fueron bendecidos con hijos la vida les resultaba tan dura que incluso la esperanza era un lujo para ellos inasumible.

            Pero he ahí que un día el cortador de bambú encontró un extraño objeto, parecía una caña cualquiera pero emitía un fulgor intermitente. Rápido se decidió a cortarla con su hacha. Asombrado comprobó que en su interior dormía un bebé, era una niña y le pareció que su piel era demasiado blanca. Con mucho cuidado la sujetó entre sus brazos y se la llevó. Decidieron adoptarla y le dieron el nombre de Kaguya, que en la lengua antigua significa ocaso radiante pues desde entonces ninguna de sus noches fue jamás oscura.




            
             Mas la dicha de la pareja no terminó ahí, ya que cada cierto tiempo el hombre encontraba “cañas brillantes” como las que se topó la primera vez, pero en esta ocasión en lugar de una niña venían cargadas de oro.

            Kaguya creció rápidamente y se convirtió en una muchacha cuya belleza dejaba sin aliento, con una piel tan clara que parecía sacada de una pintura china y los ojos de un azul profundo como nunca antes se habían visto en esas tierras. La pareja era ya anciana pues eran viejos cuando encontraron a la niña y ahora eran reputados mercaderes aunque la verdadera fama provenía de la incontestable presencia, de la hermosura sin par de su joven hija. Nunca hubo en el mundo ni persona ni animal, ni montaña ni bosque, ni en el cielo ni en el mar nada tan bonito como el rostro de Kaguya.

            De todos los rincones de la nación acudieron príncipes y plebeyos para cortejarla, casi todos fueron rechazados. Muchos se sorprendieron, otros incluso se escandalizaron pues no fueron los padres de la muchacha los encargados de recibirlos y discutir las condiciones matrimoniales como dictaba la costumbre sino un servidor de la familia que sin mediar palabra comunicaba la decisión de Kaguya que oculta tras un biombo observaba cuidadosamente a los candidatos. Nadie que no fuera ella misma sería dueña de su destino. Y así fue que solo cinco de ellos fueron convocados para una única reunión en la que la dama expondría a los pretendientes sus exigencias que de verse cumplidas daría ella su mano en matrimonio.




            
             Kaguya se las ingenió para que la empresa les resultara prácticamente imposible y para ello encomendó a cada uno de los pretendientes una tarea. Al primero de ellos pidió que trajera el cuenco que utilizó Buda durante su época mendicante allá en la lejana India. Al segundo una rama del fantástico árbol de oro y cuyos frutos son gemas que crece en el monte flotante Horai. Al tercero una capa elaborada con piel de las míticas ratas de fuego. Al cuarto el cascarón de un huevo de oro que a veces se encuentra en los nidos de golondrina. Y al quinto la joya que les crece en el cuello a los dragones del mar. Todos partieron y prometieron enérgicamente satisfacer los deseos de la hermosa Kaguya pero en el fondo atribulados ante la titánica misión que suponía cada uno de aquellos trabajos.

EL CUENCO


            El primero de los pretendientes era terriblemente perezoso. Se desesperó al enterarse que se tardaban tres años en viajar a la India y volver. Como todo buen holgazán el hombre era bastante ingenioso y no tardó en llegar a la conclusión de que jamás nadie había visto el tazón. Tan solo tenía que ocultarse durante el tiempo suficiente y regresar con un cuenco de mendigo procedente de cualquier templo budista.

            Transcurridos tres años el primer príncipe regresó seguro de su éxito y entregó a Kaguya un cuenco de piedra con aspecto de ser muy antiguo y envuelto en un paño de exquisita seda. Al verlo la dama miró fijamente a los ojos de su pretendiente y le dijo:

            “Agradezco tu ofrenda, pero aunque lo que me has traído podría pasar por el cuenco que portó Buda no veo en él ninguna santidad. Os pregunto amable señor ¿no será vuestro amor un engaño si pretendéis ganarlo con una mentira?”

            El hombre bajó la mirada y se sintió humillado y enfadado consigo mismo. Rogó a Kaguya que le perdonara y pidió que le permitiera llevarse el cuenco para recordar siempre lo que cuesta obtener aquello que se quiere de verdad.

            Ella le creyó.

LA RAMA


            El segundo pretendiente era astuto y muy rico. No creía que existiese ningún monte flotante ni arboles cuyos frutos fueran piedras preciosas. Como ya hiciera el anterior príncipe anunció su partida y todos le vieron zarpar en un gran barco.

            Unos años después atracó en el mismo puerto y pidió ver a la dama Kaguya. Acompañado de un gran séquito se dispuso a narrar las aventuras vividas durante su ausencia:

            “Partimos hacia el oeste, izamos las velas y nos dejamos guiar por cualquier viento, encontramos maravillosas ciudades en países desconocidos. Sufrimos numerosas tormentas, vimos a los dragones de agua levantar olas tan altas como castillos. Un día el viento desapareció no pudimos ni avanzar ni retroceder. Permanecimos así durante semanas, pasamos hambre y sed. Cuando creíamos que ese sería nuestro fin divisamos una isla con una montaña en el centro y remamos hacia ella. En la orilla aguardaban doncellas que me ofrecieron comida y placeres pero los rechacé todos, ansioso por explorar la montaña. Una vez la hube escalado encontré una de las ramas del árbol del monte Horai, volví al barco y mis hombres lo celebraron comiendo los manjares que nos ofrecieron los gentiles habitantes de la isla. Al día siguiente partimos y la isla desapareció entre una espesa niebla.”

            Tras la tediosa cháchara uno de los integrantes del séquito farfulló de mala gana

            “¿Vais a pagarnos ya señor?”

            Otros dos hombres se unieron a las protestas ante la airada mirada del príncipe que hizo ademán de sacar su espada. La dama Kaguya se dirigió directamente a los protagonistas de la pequeña revuelta.

            -“¿Qué deseáis caballeros?”

            -“Noble señora, durante años hemos trabajado sin descanso para este príncipe viviendo solo de promesas, hemos fabricado lo que nos pidió”- dijo señalando la enjoyada rama- “somos pobres y ahora exigimos nuestro pago.”

            -“¿Dónde habéis estado durante todo ese tiempo?”-dijo ella.

            -“En una pequeña isla muy cercana a la costa”

            -“¿Estaba el príncipe con vosotros?”

            -“Si señora”

            El presunto héroe se arrastró hacia la puerta gateando como un animal asustado y tal fue su vergüenza que pasó el resto de sus días en otro país. La dama Kaguya accedió a saldar la deuda contraída con los artesanos y estos agradecieron profundamente su generosidad.



LA CAPA


            El tercer príncipe también era un hombre rico aunque muy querido por todos sus vasallos.  Se entregó al estudio de las legendarias ratas de fuego y descubrió que eran originarias de China. Afortunadamente tenía un gran amigo en ese país y no tardó en ponerse en contacto con él. Le envió una ingente cantidad de oro y solicitó su ayuda. Sin dudarlo su antiguo compañero inició una intensa búsqueda a lo largo y ancho del continente, puso al tanto a sus mercaderes e hizo correr la voz, un poderoso señor del este ofrecía una gran recompensa por cualquier pista que le ayudase a encontrar a las ratas de fuego. Todos los esfuerzos fueron en vano, nunca nadie había oído hablar de semejante animal ni supiera de la existencia de una capa con propiedades ignífugas.

            El amigo del príncipe estuvo a punto de darse por vencido, quiso devolver a su amigo todo el oro que había recibido sin importar el coste que había supuesto su búsqueda pero justo antes de dar la orden oyó un alboroto en las calles, un grupo de artistas ambulantes había llegado a la ciudad y ofrecían cantos, bailes y entretenimiento para todo el mundo. Quiso este hombre jugar una última carta y mandó llamar a los artistas a su casa, siendo gente viajera era seguro que habían oído muchas historias, quizá una de ellas haría referencia a las ratas de fuego.

            Los artistas disfrutaron de la hospitalidad del noble pero ninguno de ellos supo darle la respuesta que ansiaba, ninguno excepto un anciano que con voz ronca explicó que en una ocasión su abuelo habló de cierto templo en una montaña que guardaba una capa que protegía de las llamas. El anfitrión se extrañó puesto que sus hombres ya habían explorado esa zona y no había ningún templo donde decía el viejo. “Lo había en tiempos de mi abuelo”-respondió. El noble pidió al encorvado artista que le acompañara al lugar. A la mañana siguiente iniciaron la búsqueda.

            Efectivamente no había ningún templo en la montaña pero si un montón de piedras que parecían haber formado parte de algún tipo de estructura.

            -“Este es el lugar”- dijo el anciano.

            De inmediato comenzaron a cavar y pronto encontraron un arcón de hierro. Dentro descubrieron varios rollos de seda y entre ellos una preciosa capa toda hecha de piel. El noble excitado por el hallazgo envió la mítica prenda a su amigo con toda urgencia, mensajeros con los más veloces caballos recorrieron día y noche la distancia que separaba su casa de la costa y allí un rápido velero cruzó el mar directo a las islas del Japón.

            La casa del príncipe alzó sus estandartes al viento al recibir la misiva de su querido amigo, radiante de felicidad extendió ante todos la maravillosa capa de piel. Todos celebraban la alegría de su señor y se prepararon caballos para dar la buena nueva a la dama.

            -“Aguardad”- dijo el príncipe- “Yo también deseo con toda el alma ver a mi amada Kaguya vestir esta prenda legendaria. Dicen que la piel de las ratas de fuego no arde y que al calentarse brilla como la plata. No seré yo quien dude de mi amigo que tanto ha hecho para que este día llegase, sin embargo quiero comprobar con mis propios ojos que tal milagro es posible”.

            Se dirigió a la hoguera que alimentaba la estancia principal y allí arrojó la capa. Una espesa columna de humo se elevó hasta el techo y el tejido fue pasto de las llamas.

            El príncipe permaneció inmóvil, cerró los ojos y tomó aire, un largo suspiro salió de su boca. Nadie se atrevió a mover un dedo.

            Días más tarde la dama Kaguya recibió una carta, en ella el príncipe le explicó todo lo ocurrido, de su estrepitoso fracaso, le contó cuánto la amaba e imploraba su perdón por no poder atender sus deseos. También le dijo que un hombre como el no merecía presentarse ante ella con las manos vacías y se excusaba por el tiempo malgastado en leer esa misiva, por último se despedía para siempre.

            Kaguya se sintió profundamente conmovida por la honestidad de ese hombre y convocó al príncipe. Quería decirle que no se preocupara pues no se sentía decepcionada y que deseaba verle una vez más. Pero ya era tarde, para cuando el mensajero llegó a su destino el príncipe ya había abandonado su hogar, donado toda su riqueza y repartido sus tierras entre sus sirvientes. Ataviado con ropas de monje, un ancho sombrero y un palo de madera dirigió sus pasos hacia el norte para nunca volver. No se supo más de él. Todos recuerdan su nombre, se llamaba Abe.




LA CÁSCARA


            El cuarto príncipe era una persona muy orgullosa, un aristócrata severo y perfeccionista. Un veterano guerrero hijo de las más nobles familias. Preguntó a todos en su casa dónde podía encontrar la cáscara dorada pero nadie había oído hablar de ella, ni el mayordomo, ni el aguador, ni el jardinero ni el cocinero.

            Un niño pequeño que lejos de tener miedo se divertía mucho con las rabietas del príncipe le dijo que había visto algunas en los nidos que las golondrinas hacen en el tejado de la cocina. El señor emocionado ordenó que los examinaran todos y para ello trajeron una gran canasta y poleas para poder subir al tejado. Los sirvientes pusieron todo el empeño y cuidado en buscar la cáscara dorada sin dañar los nidos pero no encontraron nada, lo que para regocijo del chiquillo provocó un nuevo arrebato de ira en el príncipe.

            -“! Atajo de inútiles!, ¿No sois capaces ni de registrar unos simples nidos?, ¡ Apartaos, lo haré yo mismo!”.-Bramó

            Los sirvientes intentaron detenerle pero los apartó violentamente, algunos cayeron al suelo y otros, agarrados a las mangas de su traje trataron de advertirle del peligro que suponía subir allá arriba. Una vez dentro de la canasta ordenó que le izaran y cuando llegó al techo se dedicó a escudriñar dentro de los nidos, romper los huevos y asustar a los polluelos. Las golondrinas al sentirse amenazadas se lanzaron contra él y le propinaron picotazos por todo el cuerpo. Su número era tal que el príncipe apenas podía protegerse. Algunas de las aves más grandes se abalanzaron contra su cara y lograron sacarle los ojos. El príncipe en medio de una gran agonía comenzó a balancearse bruscamente. Criados y soldados sujetaron las cuerdas lo mejor que pudieron pero al final se precipitó al vacío con tan mala suerte que atravesó parte del techo de la cocina y cayó en el interior de una enorme olla en la que en esos momentos se estaban hirviendo unas verduras.

            Tras recuperarse de sus heridas el desdichado príncipe quedó irremediablemente desfigurado, ciego y loco de atar, con sus huesudos dedos sujetaba un pedazo de cascarón de huevo, no tenía nada de especial pero sus hombres trataban de calmarlo haciéndole creer que era de oro puro y que nadie más que el podría haber logrado tal hazaña. No volvió a nombrar a Kaguya, su frágil mente la había olvidado. Aún así se sentía feliz, ahora tenía su preciado botín y jamás le apartarían de él.



LA GEMA


            El quinto príncipe era fanfarrón y rematadamente cobarde. Sobre él recayó la que parecía tarea más peligrosa, nada menos que encontrar un dragón del mar y robarle su gema.

            Lejos de rehuir de su deber hizo grandilocuentes declaraciones y pagó importantes sumas de dinero a charlatanes que prometieron encontrar pistas para él y de los que tras cobrar nada más se supo. A continuación mandó construir un palacio digno de una alta dama para demostrar ante todos que conseguiría la mano de Kaguya.

            En su favor diría que de entre todos fue el único príncipe que partió personalmente a la búsqueda del objeto que se le había solicitado y aún sudando a mares no dudó en zarpar en un flamante barco agitando hacia el frente su costoso abanico. Le aguardaba la gloria y si el resto del mundo no lo percibía así no iba a ser él, digno hijo de los cielos quien se cebase en su estrechez de miras.

            Transcurrieron tres días de navegación en dirección este, donde se supone que vivía el gran dragón del mar cuando la tripulación comenzó a quejarse y aconsejó a su patrón el regreso pues empezaban a adentrarse en aguas peligrosas. El príncipe se mostró profundamente ofendido, acusó de cobardía a los marineros y afirmó que él era el único allí que no temía enfrentarse con la bestia y que si no se dejaba ver era porque a estas alturas ya le habría llegado la noticia de que un poderoso guerrero se dirigía ya a sus dominios para darle muerte. Seguro que en ese preciso instante estaría oculto tras alguna roca en las profundidades del mar.

            Comenzó a formarse una gran tormenta en el horizonte. Una línea de oscuras nubes avanzaba hacia la solitaria embarcación. Nada que los avezados hombres de mar pudieran hacer evitaría ya que fueran presa del viento, la lluvia y las olas. La que antes pareciera una majestuosa nave no era más que un bamboleante cascarón a merced de los elementos. El príncipe, presa ya del pánico, no paraba de proferir alaridos y oculto tras un madero responsabilizaba a los marinos de haberle traído a esas peligrosas aguas adrede y de planear asesinarle. Trató en vano preparar su arco para “castigar” al capitán. Los hombres agradecieron el alivio cómico en mitad de aquella tempestad y no menos de cinco estallaron en carcajadas cuando uno de ellos dijo:

            -“Señor, os ruego que me escuchéis. El dragón ha enviado esta tormenta contra nosotros, sabe que un enfrentamiento con vos sería el fin de la bestia pero si prometéis que no le haréis daño es posible que os escuche y salvemos el pellejo”

            El príncipe agradeció el estar empapado pues hace rato que se le habían aflojado los intestinos. Se incorporó  como pudo y levantando las palmas de sus manos como si se protegiera de algo “perdonó” con voz temblorosa la vida del dragón del mar y prometió por su honor no dañarle.

            El espectáculo insufló ánimo entre los marineros, que tras unas buenas carcajadas redoblaron sus esfuerzos. Poco tiempo después divisaron una pequeña isla a la que se dirigieron sin dudar. La embarcación encalló y aunque fue engullida por las aguas no hubo que lamentar ninguna pérdida.

            Pronto descubrieron que se encontraban en un pequeño archipiélago en mitad del océano y muy lejos de su hogar. Ninguno de ellos volvería a navegar. En cuanto al palacio que mandó construir fue dejado a medias y habitado por un clan de gatos, eligieron a un rey y se pasaron sus siete vidas jugando a señores y vasallos.



LA PRINCESA DE LA LUNA


            Pasaron los años, Kaguya se hacía cada vez más hermosa, tras el fracaso de los cinco príncipes pocos se atrevieron a molestarla con propuestas matrimoniales y ella pudo dedicarse plenamente al cuidado de sus ya muy ancianos padres.

            Al fallecer la madre Kaguya cayó en una profunda melancolía, se pasaba las noches observando las estrellas y cuando la luna se hacía visible en el firmamento apenas podía contener las lágrimas.

            Al padre se le rompía el corazón al ver a su hija penar de aquella manera y preguntó si podía hacer algo por ella. Kaguya le respondió de la siguiente manera:

            -“Padre, siento que el día en que deba abandonar estas tierras esté cerca pues en realidad no soy nacida en este mundo. Mi hogar está en una ciudad llamada Tsuki-no-Miyako que es la capital de la luna. Hace una semana recibí la visita de un mensajero y me dijo que pronto me vendrían a buscar”

            El padre juró hacer todo lo posible para evitar que le arrebataran aquello que más quería en esta vida, a lo que la joven Kaguya respondió que nada podría evitarlo y que todo esfuerzo sería inútil.

            Negándose a darse por vencido el anciano acudió a la corte imperial e imploró ayuda al mismísimo emperador. Tras escuchar pacientemente toda la historia accedió a enviar un ejército para proteger a su hija. Él mismo encabezaría la marcha pues los rumores de la belleza de Kaguya hacía tiempo que habían llegado a palacio.





            Al volver a su hogar el anciano corrió a contárselo todo a su hija en lugar de alegrarse parecía aún más triste. Aceptó la visita del emperador quien quedó impactado por la hermosura de la muchacha aunque también le embargó un profundo sentimiento de pena al ver el sufrimiento reflejado en su rostro.

            Allí permanecieron todos hasta el plenilunio, los soldados aguardaban expectantes en perfecta formación. Una esfera plateada emergió de entre los árboles del bosque y se acercó flotando muy lentamente hasta la casa. El oficial ordenó abrir fuego y cientos de flechas cubrieron el cielo pero ninguna alcanzó su objetivo, sus astas ardían y las puntas se doblaban como si chocaran contra un muro invisible. A su vez la esfera comenzó a emitir una especie de rayos luminosos que paralizaban a todo aquel a quien alcanzaban. Los soldados lucharon hasta el último hombre pero poco pudieron hacer ante tan inusual oponente.

            Kaguya corrió al encuentro de su padre a quien encontró tumbado en su habitación con una mano agarrándose fuertemente las vestiduras a la altura del corazón.

            -“Hija mía, ahora entiendo porqué tienes que marcharte”- dijo con un hilo de voz.- “Es porque yo también tengo que marcharme.  Gracias por toda la felicidad y el amor que nos has traído durante todos estos años”.

            Sonrió mientras acariciaba las mejillas de Kaguya, ahora cubiertas de lágrimas, cerró los ojos y descansó para siempre.

            “Estoy preparada”- dijo la dama tras salir al exterior.



De la esfera surgió un puente plateado y sobre él una pequeña comitiva que salió al encuentro de Kaguya.


            “Has de desprenderte de todas tus pertenencias terrenales y beber esta pócima, te concederá la vida eterna pero también el olvido, no recordarás nada de tu estancia en la tierra. Ten, cúbrete con esta capa. Kaguya se desprendió de todos sus adornos, liberó su largo cabello negro y dejó caer sus ropas. Su hermoso cuerpo era una luminaria, se dejó envolver por la capa y miró melancólicamente atrás, sus ojos reflejaban más de lo que las palabras pueden describir, luego tomó la pócima y se dejó guiar. Hacia su hogar, allá entre las estrellas.

23 abr 2016

KAGOME KAGOME


JUSTO DETRÁS DE TI


            Imagina que estás totalmente a oscuras, un coro infantil da vueltas a tu alrededor, puedes oír sus voces por todas partes, están cantando una canción. Al principio no entiendes bien lo que quieren decirte, las tinieblas empiezan a dar sentido a las palabras, ahora la entiendes, habla de algo que sólo tú sabes, la comprensión llega con un escalofrío en la nuca. Las vocecitas recitan al unísono, un sonido sobrenatural parece brotar de sus pequeñas gargantas te están enviando un mensaje y al final te hacen una pregunta:

            ¿Quién está detrás de ti?



LA CANCIÓN


            “Kagome kagome”  es un juego tradicional en el que un grupo de niños forman un corro mientras uno de ellos permanece en el centro con los ojos vendados o tapados, todos comienzan a dar vueltas y a cantar una canción, al final de la misma el chico cegado deberá adivinar quién se encuentra justo a sus espaldas, no podrá salir del círculo hasta que acierte. La persona a sus espaldas ocupará su lugar y el juego volverá a comenzar. Hasta ahí parece un inofensivo entretenimiento para tiernos infantes en edad escolar pero la letra de la canción alberga un inquietante misterio: nadie sabe lo que dice exactamente.

            Su origen se remonta a la era Heian en la que los hijos de los nobles más relevantes eran enviados como rehenes a la corte imperial, allí separados de sus familias congeniaban entre ellos y se imaginaban volviendo a sus hogares, así el juego simbolizaría su encierro y el premio la posibilidad de poder escapar de él. Al provenir de una época antigua donde la lengua japonesa era más rica en ideogramas y estar próxima al chino, lengua culta en aquél entonces, y ser elaborado por chiquillos hace que su forma escrita original no esté del todo clara. La canción se ha transmitido casi siempre de forma oral de modo que los kanji  (ideogramas japoneses) que se usan en la actualidad para escribir la letra se han adaptado al sonido de la misma por lo que una traducción exacta es imposible.

            Los niños que entonan  “kagome kagome”  lo hacen de forma continua, sin respetar signos de puntuación ni formar frases concretas, en la lengua japonesa el orden de los kanji y cómo vayan estos agrupados pueden hacer variar el sentido de una oración y esto sucede claramente con esta canción.

            Aquellos que experimentan el juego creen encontrar sentidos ocultos dentro de la letra, mensajes casi siempre descorazonadores. Sumidos en la oscuridad e imbuidos por el hipnotizador sonido de jóvenes voces danzarinas pueden provocar en el participante un estado de trance en el que se verá asaltado por toda clase de pensamientos oscuros y funestos.

            La pregunta final siempre es la misma: ¿Quién está detrás de ti? En el momento adecuado lo sabrás, hay algo que hasta los niños saben: Pronuncia el nombre de quien creas que es la persona que está tras de ti, pero no abras los ojos antes de hacerlo y sobre todo no te gires, no te vuelvas, no intentes mirarle nunca...


Monumento y letra de la canción, salida oeste de la estación Koen-Shimizu, prefectura de Chiba Noda

                                                                                          LA LETRA

            El gran misterio, ¿Qué significa? ¿Esperáis que yo os lo diga? No tengo respuesta solo unas palabras enigmáticas. El sentido de las mismas habréis de buscarlo cada uno de vosotros.

            La traducción “canónica” viene a ser algo así:

Te rodeo, te rodeo
El pájaro dentro de la jaula
¿Cuándo saldrá?         
Por la mañana o por la tarde
La grulla y la tortuga resbalaron
Dime ¿Quién está detrás?


            Hay quien quiere ver un sentido algo más oscuro, habla de una mujer embarazada que pierde a su hijo y es repudiada.

La preñada, la preñada
Tiene un pajarito dentro
¿Cuándo lo soltará?
De día o de noche
La grulla (la mujer) se resbaló y la tortuga (el dinero, la riqueza) cayó
¿Ahora quién la apoyará? (quién está detrás suya)


            El lamento de un condenado a muerte.

Estoy rodeado
Dentro de un templo (torii, templo shintoista, igual que tori, pájaro)
¿Cuándo volveremos a vernos? o ¿Podré escapar de aquí?
La mañana es mi noche   o   Estoy cegado   o   No puedo ver la luz
La grulla y la tortuga ya no están (presagio de muerte)
Ahora tengo a alguien detrás (su ejecutor)


            Al preguntar a un familiar japonés me dio su versión: Una suegra celosa empuja a su nuera embarazada por las escaleras para matarla.

Gracias a los dioses (kagome es una forma de bendición)
 Lleva un pajarillo dentro (estaba embarazada)
¿Cuándo lo tendrá? (cuando saldrá)
A las cuatro de la mañana (entre la noche y la mañana, yoru ban)
La dama se ha resbalado
¿Quién estaba detrás?


            Hay una cosa que me ha quedado meridianamente clara, ninguna interpretación que he encontrado u oído es positiva y al hablar del tema el ambiente suele enrrarecerse (llegando a la discusión por tal o cual término).

            Esta canción hace aflorar tus miedos más profundos, saca lo peor de ti.

            Si tenéis la ocasión probadlo, dejaos rodear por un grupo de voces infantiles (o en su defecto femeninas), tapaos los ojos y escuchad, escuchad atentamente a ver que pasa.



EL PROYECTO KAGOME


            Aunque el nombre de esta entrada es imaginario  quizá no lo sea tanto la historia que a continuación os narraré.

            Por todos es conocido que durante la segunda guerra mundial todas las potencias involucradas (si, he dicho todas) experimentaron de algún modo con humanos aunque especialmente infames fueron las realizadas por los científicos nacionalsocialistas. Uno de los menos conocidos teorizaba con la existencia de un “interruptor universal” sito en alguna región cerebral encargado de “ordenar” la muerte del cuerpo. Si se lograba localizar y aislar para su estudio sería posible evitar el cese de las funciones vitales indefinidamente o lo que es lo mismo alcanzar la inmortalidad clínica.

            Los encargados del proyecto tardaron dos años en recibir una respuesta del gobierno y no fue hasta 1942 cuando se les permitió iniciar los experimentos con las condiciones de que no se practicaran sobre ciudadanos alemanes ni se realizaran en territorio del reich además los resultados de los mismos no deberían ser compartidos con nadie que no perteneciera al alto mando militar.

            Se formó una expedición científica a Japón, aliado por entonces de Alemania y se llevaría a cabo en un orfanato de la provincia de Shimane, el lugar ideal puesto que los “candidatos” debían ser “personas que no tuvieran nada que perder ni tuvieran quien se interesaran por su destino”.

            Las primeras intervenciones consistieron en meras lobotomías y vivisecciones con el fin de comparar el cerebro de personas de distintas edades y así localizar las variaciones derivadas del paso del tiempo y con ello detectar la ubicación del “interruptor”. A pesar de los fracasos iniciales los científicos llegaron a dos conclusiones, la primera era que el interruptor se activaba durante la pubertad  y que a partir de entonces el proceso era irreversible, la segunda, el interruptor no se encontraba en el cerebro, sino en el cerebelo.

            Los brutales experimentos tuvieron por fin sus primeros frutos y a pesar de las horribles mutilaciones sufridas por muchos de los niños parece que lograron aislar la hormona responsable del proceso de “interrupción de la vida”.

            Los niños se comportaban con normalidad, jugaban y reían y parecían ignorar sus cicatrices y heridas. Les gustaba especialmente un juego llamado “kagome kagome” al que dedicaban gran parte de su tiempo de ocio.

            La situación cambiaba radicalmente cuando alguno de los niños era separado del resto. Éste perdía toda iniciativa y no mostraba ningún tipo de emociones, seguía compulsivamente a un adulto cualquiera y se limitaba a observar sin tratar de entablar ningún tipo de comunicación, era un comportamiento que causaba gran inquietud entre los cuidadores y equipo científico.

            El juego se acentuaba mientras los niños parecían más ausentes, ignoraban casi todos los estímulos exteriores mientras entonaban compulsivamente la misma canción. En una ocasión uno de los doctores trató de romper el círculo cuando uno de los niños le realizó una pregunta: “¿Es verdad que tu abuela te regaló un reloj de oro antes de morirse?”. No hubo respuesta a excepción del tic-tac que emitían los engranajes de un precioso reloj dorado mientras el médico lo agarraba con fuerza. Los niños, desinteresadamente, reanudaron el juego.

            La guerra terminó, un mensaje de muerte llegó desde los cielos en forma de bomba, la vecina Hiroshima quedó reducida a cenizas. El de Shimane fue uno de los pocos “laboratorios de experimentación alemanes” capturados intactos tras la guerra, los descubrimientos realizados por los estadounidenses crearon tal estupor que decidieron mantenerlos en secreto.

            Del equipo científico original solo quedaban cuatro integrantes, la mayoría había regresado a su patria antes del fin del conflicto debido a “diversos problemas mentales”. Antes de partir hacia su cautiverio los niños preguntaron en un perfecto alemán si querían jugar con ellos una última vez. En un primer momento accedieron a participar pero los niños añadieron “en esta ocasión si os resistís perderéis”. Los ojos de los pequeños rezumaban absoluta maldad. Los científicos rogaron a sus captores que les sacaran de allí lo antes posible.

            Hiroshima renació, y a pesar de las cicatrices es hoy una próspera población que perdona pero no olvida. Hay sin embargo un bosque de retorcidos árboles no muy lejos, en una colina poco transitada aún se levanta un viejo edificio abandonado. Dicen que dentro hay muchas puertas pero una de ellas es de color rojo, si la cruzas es posible que te encuentres con un grupo de chiquillos, tal vez te inviten a jugar con ellos, quizá ganes, si lo haces es probable que sobrevivas El silencio ha sustituido a las risas y grititos infantiles. Ya nadie pasa por allí, los que lo hacen no quieren volver y algunos nunca regresan. Puede que se extraviaran o que perdieran el juego...

El orfanato abandonado

CONCLUSIONES


            Durante la elaboración de este artículo me encontré de bruces con esta historia y lo cierto es que me sorprendió por lo que no pude refrenar mi deseo de compartirla con todos vosotros. Inicié una pequeña investigación y la verdad es que me encontré con un hueso duro de roer y cada vez que parecía encontrar el hilito que me permitiría desentrañar la madeja acababa en un callejón sin salida. Daba vueltas y vueltas sin llegar a ninguna parte, como los niños de esta historia.

            Es cierto que la colaboración científica entre Alemania y Japón se remonta a 1934 y que existe en Shimane un antiguo orfanato al que nadie se atreve a ir. Allí hubo personal alemán sin determinar. Aparte de eso no puedo ofrecer nada más, ningún nombre, ninguna referencia, nada.

            Por tanto creo en mi humilde opinión que nos encontramos ante una leyenda urbana de manual, personalmente me cuesta creer algo que no esté mínimamente documentado o al menos que sea de conocimiento público, mis fuentes japonesas no saben nada sobre el asunto pero admito que sería un gran argumento para una película de serie B.

            ¿Que por qué lo escribo entonces? Pues porque me ha gustado la historia y además se que mientras estabas leyendo has mirado al menos una vez por encima de tu hombro ya sabes, por si había alguien detrás. Si, tú, no me engañes, se que has mirado.


             Te he visto mientras lo hacías.



            

16 abr 2016

BANCHO SARAYASHIKI


LA CUENTA INTERMINABLE O LA HISTORIA DE UNA VIDA ROTA



            No todos los fantasmas son horrendos, ni las venganzas productos del odio. Algunos son hermosos y su alma, lejos de haber sido lastradas por el rencor, han sucumbido víctimas de una profunda tristeza. Esta es la historia de Okiku, espíritu con el que todos los que vagamos penando en vida podremos sentirnos identificados.

            El castillo de Himeji es uno de los edificios más bonitos de todo Japón y seguro que todos vosotros habéis visto alguna vez sus blancas paredes elevándose majestuosas entre mares de cerezos en flor.


Castillo de Himeji

            En tan idílico lugar vivía la joven Okiku, una sirvienta proveniente de una familia pobre que como muchos en el siglo XVII se esforzaban por complacer a sus dueños a cambio de un poco de comida y un trato amable. Aún con todo, era feliz, pues tenía la inmensa fortuna de poder residir en un lugar sin duda bendecido por los kami , donde los pájaros cantaban con fuerza y la brisa se deslizaba jugando entre las hojas de los sauces, tan abundantes en la zona.

            Okiku era alegre, algo delgada pero alta para su edad y guapa, muy guapa. De la misma manera que las malas personas se sienten atraídas por las de buen corazón y el ambicioso siempre encuentra al crédulo y al honrado así un samurái llamado Aoyama Tessan, de tan elevado rango como baja era su moral no tardó en poner sus ojos en ella.

            Tessan era cruel, sanguinario y temperamental, atributos que en un guerrero curtido como él eran considerados con indulgencia por la gente, además su posición social hacía que sus deseos fueran por regla general rápidamente complacidos.

            Muchas veces abordó a Okiku con propuestas amorosas y otras tantas fue rechazado, Tomando el samurái estos desplantes primero como un desafío y luego como la testarudez típica de las mujeres que se saben hermosas.

            Un día le fue encomendada a Okiku una sencilla pero a la vez delicada tarea, siendo como era una sierva de confianza le encargaron transportar una vajilla compuesta por diez platos de porcelana regalo del mismo shogun al señor del castillo y que iban a presidir la cena a la que un importantísimo daimio estaba invitado.

            Los utensilios fueron cuidadosamente embalados y guardados en cajas lacadas y así entregados a Okiku quien se apresuró a dirigirse al lugar donde le habían indicado protegiendo con gran celo su valiosa carga.

            Mas la perversa mente de Tessan quiso idear un plan que haría que la joven Okiku se entregara por fin a él. Distrayéndola con una orden banal decorada con una voz enérgica la alejó de su obligación y abandonó las cajas durante un momento, justo lo que el malvado samurái necesitaba. Con cuidado extrajo uno de los platos y lo ocultó entre sus ropas, luego trató de disimular su acción de modo que nadie se diera cuenta.

            La inocente Okiku nada sospechó y se dispuso a despachar los platos en su destino. Quiso asegurarse de que todos los platos habían llegado intactos y de ser así adecentarlos de modo que quedaran agradables a la vista de sus severos superiores.

            La cara de Okiku palideció cuando al contar la vajilla echó en falta uno de los platos, los contó una y otra vez mientras la desesperación iba recorriendo sus venas como el frío torrente de un río en invierno, uno, dosasí hasta nueve, siempre nueve. ¡Y a ella le entregaron diez! Estaba segura que había tenido cuidado y no le estaba permitido ni siquiera pensar en que tal vez le hubieran entregado la cantidad equivocada, ¡Eso sería una gran ofensa!

              La joven lloraba desconsolada cuando el astuto Tessan se acercó a ella. Preguntó si todo estaba yendo bien e intencionadamente hizo incapié en la importancia de la visita y que al tratarse de familiares del shogun era vital cuidar hasta el más mínimo detalle y ello pasaba por los blasones grabados en los platos donde se iba a servir la cena
.
            Okiku cayó de rodillas ante el samurái y confesó que faltaba una de las piezas que se le encomendaron, las lágrimas recorrieron sus mejillas a la vez que Tessan sintió un escalofrío de satisfacción, había caído en la trampa como un pajarillo y ahora la tenía a sus pies.

            -“¿Cómo te atreves a ser tan descuidada con asuntos tan delicados?”- Gritó Tessan.

            Okiku apenas lograba balbucear algo parecido a una débil disculpa.

            -“! Sabes muy bien cuál es el castigo por semejante afrenta, y yo mismo lo llevaré a cabo si no haces algo por remediar esta situación!”- Aullaba mientras echaba mano a su espada de manera amenazante.



            “Pero soy una persona indulgente”-dijo mientras se aproximaba lentamente- “la quinta virtud del bushido es la compasión y no me es ajena niña, se que los de tu clase no reúnen las dotes necesarias para seguir la vía pero hasta un perro sabe mostrarse agradecido”- Siguió acercándose hasta poder tocarla con su aliento- “¿Qué me dices pequeña, podrías mostrarme un poco de tu agradecimiento a cambio de mi digamos comprensión?”.

            Tessan extendió su mano y rozó la cara de Okiku quien la apartó bruscamente.

            “!Zorra!”- escupió.

            El samurái la abofeteó con tal fuerza que Okiku casi perdió el conocimiento.

            “!!Desearás que tu muerte sea rápida pero juro por mis antepasados que yo haré que no sea así!!”.

            Bramó y su cuello se tornó hinchado y rojo como el de un toro, antes de abandonar la estancia dio un puntapié a Okiku que la hizo doblarse por el  dolor y la dejó allí tumbada.


            Lamentablemente el tormento de Okiku no hizo más que empezar, sirvientes y vasallos de menor rango se apartaban ante un Tessan enloquecido, recorrió los pasillos de un lado a otro y más de una doncella afirmó más tarde que no era una persona si no un oni  rabioso que había invadido el castillo.

            Regresó a la estancia donde Okiku aún permanecía sollozando y le exigió a gritos que confesara, sólo obtuvo un leve gemido como respuesta y con los ojos inyectados en sangre la agarró de la cabellera y así, a rastras la sacó al patio trasero de la fortaleza.

            -“!!Dime donde está el plato que falta sucia perra!!”.

            Tessan entró en un trance asesino. Con una gruesa cuerda ató a Okiku, los nudos le causaban gran dolor y con un profundo lamento rogó por su vida. Un fuerte golpe de puño en el estómago. No hubo más quejas.

            El samurái la izó sobre el pozo que proveía de agua al castillo, observó su obra, un hilillo de sangre recorría la comisura de los labios de la mujer, con una gran agonía alzó la vista, sus miradas se cruzaron, los ojos de Okiku suplicaban un porqué, Tessán soltó la cuerda.

            Todo acabó, el samurái se arrodilló como si hubiese librado una larga y cruenta batalla, resoplaba como un caballo tras una jornada de marcha.

            “Okiku”- susurro- “Maldita seas Okiku”.


           
            Transcurrió todo un año y el turbio asunto de los platos fue olvidándose hasta que una noche algo interrumpió el plácido sueño de cierto samurái de infausto nombre. La suave voz de una dama parecía contar, Tessan abrió su shoji (puerta corredera), a pesar de ostentar un cargo importante su habitación seguía dando al patio trasero, reservándose las estancias delanteras a las visitas y vasallos directos del clan Tokugawa.

            La voz siguió contando, Tessan contempló con espanto cómo una figura resplandeciente surgía de dentro del pozo, la cuenta seguía y mientras atenuaba su brillo la silueta de Okiku  seguía contando y con mirada acusadora se encaminó hacia el castillo, hacia su asesino, hacia Tessan. “.sieteocho”. El samurái se arrastró y retrocedió como un cangrejo atrapado en la arena. Nuevela figura comenzó a abrir los ojos…”NUEVEEE” La cara de Okiku, blanca como la nieve, el rostro de los muertos mostraba ahora una desesperación supina. “N..NUE..VEEE”. El espíritu abrió lentamente su boca hasta desencajar su mandíbula en un gesto antinatural. Los labios de Tessan comenzaron a temblar descontroladamente. Okiku voló hacia él y dos escalofriantes gritos se fundieron en la noche.

EL FANTASMA DEL CASTILLO


                ¿Qué sería de un viejo castillo occidental sin su correspondiente fantasma recorriendo eternamente sus estancias, ajeno  al mundo en el que una vez vivió?

            Oriente también los tiene y el de Okiku en Himeji es un buen ejemplo. Se la suele ver emergiendo del mismo pozo donde fue asesinada, comienza a contar unos platos (que aparecen como círculos luminosos que la rodean) y al llegar al número nueve busca frenéticamente la pieza que le falta y al no encontrarla llora y profiere una serie de alaridos que hielan la sangre de aquellos que contemplan la escena.

            Okiku no es un yurei al uso, esto es, no estamos ante un espíritu vengativo, solo pretende encontrar el plato que le falta y como lamentablemente éste se perdió hace tiempo está condenada a buscarlo eternamente. Una forma bastante conocida y sencilla de calmarla es terminar la cuenta por ella, si alguien grita en su presencia ¡diez! se tranquilizará y se desvanecerá no volviendo a molestar a los testigos.

Sepultura de Okiku, nótense los platos en sus manos y en la base de la tumba.

            Algunos os preguntaréis porqué Okiku no busca venganza. La respuesta es simple: Según las creencias japonesas un yurei es producto de su último pensamiento en vida, así si alguien es víctima de una gran injusticia y muere con un profundo deseo de revancha probablemente volverá para atormentar a los culpables. Okiku sin embargo murió convencida de que había recibido sus diez platos y únicamente quería encontrar el que faltaba. Quizá fue debido a su inocencia o a la idealización por parte de los diversos narradores de esta historia pero Okiku no albergaba ningún odio hacia Aoyama Tessan y se atribuye a sus remordimientos el que enloqueciera al ver al espíritu de la joven emergiendo del pozo.

Pozo de Okiku y castillo de Himeji

DIPLOMACIA


            Otro ejemplo es el vivido por un kaishakunin que se vio obligado a acabar con un samurái acusado injustamente de un crimen mayor. Antes de la ejecución y en presencia de los testigos el condenado amenazó a su verdugo con volver de entre los muertos y vengarse por matar a alguien aún a sabiendas de su inocencia. Todos palidecieron, pues para un samurái no hay diferencia entre palabras y hechos.

            El astuto kaishakunin hizo una curiosa propuesta al condenado: Si de verdad era inocente era en ese momento y delante de todos los testigos que podía demostrarlo y de esa manera le retó a morder la piedra sagrada que presidía el patio después de ser decapitado.

            El samurái perdió su cabeza pero antes de que el kaishakunin se la llevara comenzó a rodar hasta llegar a la piedra y para asombro de la audiencia abrió su boca y la mordió. Algunos nobles manifestaron su preocupación por las amenazas del muerto, a lo que el ejecutor explicó que no era la primera vez que se topaba con casos similares, el samurái murió tratando de demostrar su inocencia y con una sola idea en mente: morder la piedra, para corroborarlo recogió la cabeza del suelo y se la mostró a todos, en su rostro se evidenciaba una expresión de paz. “Ha muerto bien”, dijo, se excusó y abandonó el lugar sin ningún temor.

                       

PUES YO HE OÍDO QUE...


            La historia de Okiku ha sido reinterpretada en infinidad de ocasiones llevándose incluso al teatro donde el argumento fue cambiado convirtiéndose en una trágica historia de amor que transcurría en la casa señorial de los Aoyama en Tokio.

            En algunas versiones Tessan rompe el plato, en otras ni siquiera se llama así, también se habla de una valiosa vajilla holandesa y no un regalo del shogun.

Parte de la vajilla de Okiku

            El destino de Tessan también es incierto aunque se le quiso dar un final poético y como añadido a la leyenda se cuenta que enloqueció y se le expulsó del castillo abortando de paso un intento de asesinato contra el daimio de Himeji planeado previamente por el malvado samurai.

            Por último se sabe que una plaga de gusanos de seda de origen extranjero azotó la provincia de Himeji, solían abundar en lugares húmedos como antiguos pozos, los habitantes del lugar comenzaron a llamarlos Okiku-mushi ya que les recordaba a la doncella atada.

DIEZ


            Quisiera dedicar este artículo a todos aquellos que al igual que la protagonista de la historia se encuentran en un profundo agujero y tratan desesperadamente que alguien les brinde un poco de ayuda y por fin les salgan las cuentas.


            A veces solo es necesaria una palabra.